Vinos añejos: ¿todo lo que brilla es oro?

Vinos añejos: qué hay que saber para probarlos y cuáles beber

Todos soñamos alguna vez con probar una vieja e inolvidable botella de vino. La realidad es que sólo un puñado envejece bien y es raro toparse con ellas. En esta nota, algunos ejemplos perfectos.

Fuente: Bien Jugoso

El vino se compra en el supermercado y se toma -al menos en términos estadísticos- dentro de las 24 horas que le siguen a la compra. El dato cuenta para el 99% de las botellas que se consumen en la Argentina y, con algunas variaciones, también para el resto del mundo.

Pero hay un 1% que no; que se los compra y guarda -o que se guarda y luego se vende- que son las responsables de haber creado toda clase de mitos en torno al vino. Como si tuvieran cierto erotismo, esas raras botellas concitan las fantasías más caprichosas de los bebedores de vino. Un poco porque para tenerlas hace falta dinero, y otro poco porque su exclusividad foguea la imaginación de todos los excluidos del descorche. (Nada que no suceda en el resto del campo erógeno).

Para poder disfrutar de botellas añejas hacen falta dos cosas: tiempo -o dinero, que es casi lo mismo- y conocimiento -o experiencia, que son cosas similares, pero no iguales-. En primer término, el tiempo es clave porque un buen vino no evoluciona en menos de cinco o diez años desde que se lo embotella. Lo que implica que el dinero invertido hoy nos devengará intereses en sabor -y si es que- después de que hayan pasado muchos otros vinos por nuestra copa. El conocimiento, por su parte, es fundamental porque en la medida en que se prueban cantidad de botellas, se reconoce la singularidad de una sola, bien envejecida y madurada.

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Sabor añejo

Sin embargo, para guardar vinos hace falta una tercer cosa además: el espacio adecuado. Ni muy frío, ni muy cálido, ni luminoso, ni vibrante. Digamos, un sótano o un placar lejos de todo. O bien, conocer dónde comprarlas ya añejadas -en nuestro país, básicamente VinotecaLigier.com- y estar dispuestos a pagar lo que se pide por ellas.

Pero también puede suceder cada tanto -como es el caso de este cronista- que algunas viejas botellas de vino se cruzen en el camino. Ya sea porque alguien las convida o porque quedaron perdidas en el archivo. Y descubrirlas es una de las experiencias más movilizadoras que entrega el vino: en colores terracota, en aromas exóticos que van del regaliz a las guindas, al cuero de los baúles, a las avellanas tostadas en invierno y a los damascos secos y a los dátiles de la sobremesa; mientas que en boca, el frufrú de la seda, su tacto veloz y exquisito, sumado a una sensación etérea y arrobante, hacen de un buen vino añejo la experiencia entre las experiencias.

Qué botellas beber

Se habla de botellas porque cada ejemplar es un mundo aparte. Puede suceder que algunas estén en malas condiciones -porque la guarda falló, o porque el corcho no contuvo su respiración durante todos esos años-, o bien que una o algunas de las botellas de un lote consiga la transformación perfecta, pero no el resto. Hay mucho de azar y mucho de buena técnica, también.

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Pero cuando aparecen, son el no va más. Nos sucedió este verano, cuando una botella de Weinert Estrella Merlot 1999 nos sacó de todos los esquemas que conocíamos, para recordarnos que aún quedan sorpresas en el vino. También Merlot, único en su especie -porque no volvieron a elaborarlo- es el Familia Schroeder 2003, que está sedoso, aromático y de largo final. O el ya agotado Nieto Senetiner Edición Limitada Bonarda 2002, que dicho sea de paso, se puede guardar unos cinco años más; o con un no tan viejo Foster Reserva Malbec 2006, que no nos había gustado cuando saliera al mercado -en 2008- pero que ahora y por el lapso del próximo quinqueño le asegurará al bebedor la elegancia de unos taninos sedosos.

Hay más: Special Blend 2003 de Bodega del Fin del Mundo, caso parecido al de Foster, que hoy está realmente delicioso; Henry Gran Guarda 2002, un caramelo de uva para paladares de nube; el imponente Perdriel del Centenario 2002, que siempre conviene beberlo con al menos cinco años de botella; Cheval des Andes 1999, imposible ya de conseguir en el mercado, pero del que hay varias botellas atesoradas en cavas privadas; o el perfecto vino del crack Ángel Mendoza, Pura Sangre 2004; también Alto 2002, que dicho sea de paso está en su punto justo y lo estará por unos pocos años más; o el imperdible Trapiche Medalla del que se pueden encontrar botellas impecables de la década del 90.

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