UN TACKLE A LA EMOCIÓN por Ariel Robert

Desde siempre me resultó muy extraño el ímpetu que ostentaban los pibes que jugaban al rugby y a la vez, esa cultura de élite, que en vez de sufrir ante una derrota aplastante, se auto consolaban diciendo que ese era el camino.

Más aún me sorprendía que luego de golpearse y dejar sus orejas disminuidas y muy pegadas al cráneo, se reunían en un ritual de camaradería que resultaba impensable en cualquier territorio de las otras competencias.

Compartir la coca y convidar o recibir un par de galletas era la exhibición solidaria por excelencia en los barrios en los que disputábamos por nada un partido de fútbol. Coca y galletas que sólo podíamos compartir con los propios, jamás con el rival.

En baldosa, en la inclinada y asfaltada calle Narciso Laprida que arrancaba justo frente a la cancha de rugby del liceo militar General Espejo o en las onduladas ex viñas, piso consolidado como cancha de bochas con lomos de burros paralelos, incluidos, eran los estadios habituales. Pero el balón siempre una esfera, a veces algo deformada pero nunca con anatomía de sandía, y mucho menos denominada “guinda”.

Cada vez que un feriado se anunciaba o un fin de semana promovía una reunión, la raleada chipica del parque General San Martín o el verde (también escaso) de la “Avenida de Acceso” servían para la disputa de un picado o partidos casi oficiales, si no fuese porque con arcos de pulóveres la FIFA no los admitía.

La hache fue para nosotros esa letra escurridiza que nunca sabíamos muy bien cuando iba y cuando no. Luego, ya con 1976 amenazando nuestra primera infancia, sí. Rugby y hasta softbol reemplazaron al fútbol en el horario de “gimnasia” pero jamás en un recreo.  En estos paréntesis de clases, la chicas con los elásticos y los varones al fútbol hasta con una tapita de gaseosa de algún afortunado que había destapado con desdén alguna botellita de 330 centímetros cúbicos.

La asistencia a dos entrenamientos, debido a la insistencia de un compañerito de séptimo me alcanzaron para comprender que nunca podría alcanzar la “guinda” en un line, y mucho menos un viaje de esos que hacían todos, aunque los papás (y las mamás) tomaran un crédito para ese paseo deportivo. Poca atracción provocó en alguien pobre (que muchos persistían en decir “de escasos recursos») esta disciplina deportiva. Muy simpático el conejito bordado en la inútil blanca casaca, que el barro, el verde del césped y la actitud de algunos se empeñaba en cambiarle el color

Demasiado tiempo transcurrió para que me quitaran la duda de por qué le llamaban guinda a un balón que bien podría ser sandía o aceituna gigante, pero jamás guinda o cereza. De lo que pocas veces tuve duda es sobre que en Argentina el rugby no se emparentaba al fútbol o a la pelota. No sólo porque en cancha cada equipo requiere de 4 jugadores más, sino porque fuera de la cancha y cerca de la noche, había un comportamiento corporativo que en el fútbol quizá solo ocurriese en los planteles profesionales, pero no en su faz amateur

Ningún aspecto físico denota que un futbolista lo es. En el rugby es una señal.

La práctica de fútbol, en todas sus facetas, es universal. Universal inclusive en las barriadas, en las ciudades y, según el terreno, también en zonas rurales. El rugby, no. Sin embargo, el juego en equipo, los requisitos colectivos, son idénticos a los del  fútbol. Razón por la que son pocos los argumentos que pueden distanciar uno de otro juego. Lo determinante es la forma del balón balón y cómo se comparte.

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Pero hubo quienes tuvieron la aspiración de que el rugby fuese un deporte “popular”. En la década de 1970, chicos de clase media acomodada, comenzaron a interpretar a la política como el acto de compromiso más relevante. Muchos de ellos practicaban rugby. Pero la asociación entre rugby y rebeldía; entre rugby y solidaridad; entre rugby y revolución no arribaron a un buen matrimonio. En algunos casos, inspirados en el médico Ernesto Guevara, y en otros, motivados para eliminar las barreras que separaban a desposeídos materiales de mantenidos en términos de confort, hubo jóvenes que se empecinaron en que era posible quitarle esa pátina clasista al rugby.

En términos deportivos podemos asegurar que más de 10 planteles completos, pagaron con su vida la idea de que el rugby podía ser un deporte apto para todo público. Público, la elegante manera de deformar el sustantivo pueblo.

Solamente de La Plata Rugby Club, los genocidas que detentaron el poder en 1976, “chuparon” a 20 pibes. Jóvenes. De esa ciudad, pero también de Córdoba, de Santa Fe, de la ciudad de Buenos Aires y de la provincia de Buenos Aires, se ha documentado la desaparición forzada de más de 150 personas que practicaban y enseñaban cómo jugar ese deporte.

El rugby es la disciplina deportiva que mayor cantidad de víctimas suma el proceso dictatorial, y fue precisamente por lo que esos jóvenes pretendían. En el fútbol no hubiesen podido.

En Mendoza es un deporte bastante difundido y no reviste características muy singulares.  Diversos acontecimientos policiales han tenido por protagonistas a rugbier. Estigmatizarlos y generalizar es injusto, omitirlos, también.

Sólo la Pandemia pudo restarle centímetros de columna en los diarios papel, tiempo en las radios y títulos e imágenes estériles en la televisión al asesinato del joven Fernando Baéz Sosa en manos de un grupo de rugbier en Villa Gesell el 18 de enero de este, sí , de este 2020 aunque parezca que ocurrió hace décadas. Pero en Mendoza, ha habido más de un caso en el que la violencia grupal produjo acontecimientos policiales, aunque los apellidos hayan sido buen escudo para que la difusión no haya gozado de la misma “popularidad” que en otros casos.

Tal vez Maradona y sólo Maradona pudo ser quien desnudó –sin intención especulativa- el ropaje que esconde y escondió las miserias inaceptables de muchos los que practican rugby, de manera profesional, en nuestro país

Después de que en varias ocasiones Diego Armando Maradona se mostrara un entusiasta, un genuino alentador de la selección nacional de rugby, a la hora de su deceso y en tiempo de homenajes, los máximos representantes de este deporte a nivel nacional quedaron atrapados en sus fracasos y en su irrelevancia a la hora de ser intérpretes de los sentires argentinos.

 

Tenían enfrente a la selección más exitosa en la historia de este deporte. Los All Black. La selección de esa gran isla tan lejana a nosotros y en la que el rugby sí es el deporte popular. Ellos sí, cumplieron con su ceremonia, su danza originaria y conmovieron la memoria del mundo depositando una camiseta con el 10 y el apellido MARADONA decorando tanta emoción.

El seleccionado de la Argentina no atinó siquiera a recoger la ofrenda. Como ajenos al ritual, no reaccionaron ni con un inevitable aplauso. ¿Torpeza? ¿indolencia? ¿indiferencia¡? ¿Ignorancia?. No. Una cuestión de CLASE. De Clases.

Como consecuencia de la muerte de DIEGO ARMANDO MARADONA, hasta hoy el personaje de la Argentina más valorado en todo el Planeta, supimos que lo de la ausencia de homenaje a este, el mejor futbolista de todos los tiempos, fue acaso un detalle menor.

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Gracias a esto se supo que el capitán de la selección nacional de rugby, era un joven demasiado joven para ser tan insultante, racista, clasista y –me protejo en la ignominia y la distancia- un imbécil pero con mayúsculas. Desagradable. Detestable. Casi una ironía de la historia, con un apellido que alude a la cabeza y que remite a aquél neurocirujano brillante (Raúl Matera)

Tal como dijimos en el inicio de esta, generalizar es injusto, pero olvidar es cretino y omitir es perjudicial para la salud social.

Las deducciones e inferencias llevan a un mismo lugar y no es precisamente Roma. Una joven que acusó ser violada por una patota, los que luego fueron sobreseídos; Azpilcueta, un pibe al que le destrozaron la mandíbula y estuvo convaleciente mucho tiempo (él también rugby) pero con él (su padre y su abuelo abogados) arreglaron todo bajo una figura del código penal en el que se extingue el delito, o sea, aquél “honor” del que suelen hacer gala en el mundo encriptado del rugby fue arreglado con unos papeles con figuras de próceres;  y otro “rugbier” que murió después de consumir LSD y el grupo de sus amigos rugbier juraran que no estuvieron en condiciones de asistirlo ni de llamar a tiempo a la emergencia, son sólo casos aislados. Tan aislados como el uso de la hache en nuestro idioma

Los representantes del rugby argentino a nivel mundial alguna vez violaron un acuerdo acordado con la misma organización de la ONU (Organización de Naciones Unidas) en el que terminaron convalidando el apartheid (la segregación que en Sudáfrica sufrían los negros) y demasiados siguen pensando que las personas que trabajan en tareas domésticas son merecedores de burlas e insultos.

Algo que alguna otra vez destacamos por extraño. Los pumas, en realidad, son Jaguares. Ese es el símbolo. Ese el ícono. Esa la figura animal de la Selección Argentina de rugby, pero como algunos extranjeros no sabían o no podían pronunciar el nombre, prefirieron cambiar la denominación. Algo natural. Lo que resulta definitivamente inadmisible es que alguien acepte de manera acrítica que le modifiquen el nombre, sin resistirse.

Tomarla con las manos y pasarla hacia atrás, no reviste ningún pecado. Esconder el origen, pretender ser más igual que los iguales y actuar de manera colectiva sólo para marcar un try y acosar a quienes no tienen oportunidad de defenderse, sí.

La tradición no podría incorporar un “haka” que suene genuino. La cultura no podría transformar de repente a un deporte de élite en uno popular, pero sí un buen comienzo sería apartar a los que viven en un país que no les resulta propio, ese país, este país en el que bolivianos, paraguayos, chilenos, peruanos, venezolanos, uruguayos, brasileños, ecuatorianos, colombianos y también asiáticos, africanos y –obviamente- europeos, tienen suficientes libertades como para no denigrar ni hostigar a quienes siguen festejando cada derrota.

De ninguna manera podríamos sugerir que todos son iguales, a propósito, qué bien nos vendría que la mayoría se exprese en contra de los prepotentes, agresivos, xenófobos, clasistas y discriminadores rugbier que ganan títulos sólo en la sección policial de los diarios.

por ARIEL ROBERT, periodista y escritor.

Texto original de Portada.com.ar

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