Un pastor mendocino logró rescatar a su familia: »Agarren lo que tengan y salgamos, el edificio va a estallar»

Marcos Morales, un predicador evangelista vecino del 4º piso del edificio de calle Salta 2141, salvó su vida y la de su familia porque intuyó la terrible tragedia que sobrevino a las 9.40 de ayer. Minutos antes estaba con su esposa y sus dos hijas en el interior del departamento envuelto en una nube de gas. »Agarren lo que tengan y salgamos, el edificio va a estallar», ordenó. Apenas la familia alcanzó a tocar el cantero central de bulevar Oroño escuchó el estruendo, cuya onda expansiva arrasó vidas humanas, edificios linderos y comercios, y provocó daños en un radio de hasta 150 metros. Fue uno de los primeros en contar que el accidente ocurrió mientras dos gasistas reparaban una válvula de ingreso de suministro de gas del edificio.

A los pocos minutos de la explosión la zona se convirtió en un caos con el trajinar incesante de ambulancias, móviles policiales, dotaciones de bomberos y rescatistas. Las veredas de la zona quedaron cubiertas de vidrios, metal retorcido, restos de madera. Un estrago impensable y todavía con incalculables consecuencias humanas y materiales.

Entumecido y aterrado por ser testigo directo del desastre, Morales explicó que todo se desató cuando dos gasistas matriculados, contratados por la administración del edificio, realizaban el recambio o reparación de una válvula que regula la entrada de la red de gas, en la planta baja.

Aturdido y ya a salvo, parado en Salta y Oroño, relató la secuencia. »Eran las 9 o 9.15 cuando escuché un fuerte soplido y como una estampida. Abrí una puerta y sentí un denso olor a gas. A los segundos quedamos impregnados por una nube de humo. Me di cuenta de que era algo grave y les dije a mis hijas (Sol y Johana, 18 y 13 años) y a mi mujer, «agarren lo que tengan, salgamos de acá, esto va a estallar»», contó Morales, conmocionado por la tragedia que logró evadir.

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»Hace quince días una mujer del 9º piso se quejó porque había pérdida y poca presión. Se hizo el reclamo a Litoral Gas, que constató el desperfecto. Pero igual las llamas de los calefones y las hornallas no calentaban. Entonces, el consorcio consultó a gasistas para reparar el desperfecto. Ellos dijeron que había que cambiar la válvula. Ese era el trabajo que estaban haciendo hoy (por ayer). Es más, en el ascensor pegaron un cartel donde se avisaba de la tarea», recordó Morales, pastor evangelista oriundo de Mendoza radicado en Rosario hace ocho meses.

En las primeras horas no se logró tener una dimensión exacta de las consecuencias del desastre. Pero la postal que devolvía el entorno, con balcones arrasados, derrumbes parciales en edificios linderos, persianas retorcidas y blíndex hechos añicos, iba confirmando la hipótesis de una tragedia sin precedentes.

La confusión se replicó y se vivieron horas de angustia y pánico. Muchas personas lloraban desconsoladas rogando tener acceso a la lista de heridos o conocer la situación de familiares o amigos que quedaron atrapados bajo los escombros. Hubo corridas desesperadas, gritos y desconsuelo. Como el de Adrián, un joven que hasta las 13 no pudo saber qué había ocurrido con su hermana Débora, una joven que vive en el tercer piso de la estructura.

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Paulina, una mujer de 85 años sentada en una silla que le alcanzaron de un bar, entró en crisis tras ser rescatada de entre los muebles de su departamento, en Oroño 213. »Me ahogo, me ahogo», susurraba con poco aliento mientras recibía el consuelo de su hija Silvia, su nieta Romina y un paramédico.

En el núcleo del accidente las lenguas de fuego alcanzaban la mitad de la calle y no podían ser controladas. Los operarios de Litoral Gas trabajaron a destajo cavando dos fosas para obturar el suministro, tarea que les llevó al menos tres horas. Eso generó demoras en sofocar el foco ígneo, algo que recién lograron los bomberos sobre las 13.30.

Marcelo, el empleado de una casa de venta de cuadros arrasado por la detonación, no podía salir del shock. »Sentimos un fuerte olor a gas, llamé a mi compañero y de inmediato se produjo la explosión. Mi jefe estaba herido pero su mujer quedó atrapada entre las chapas y los tirantes del techo. Recién la pudimos rescatar después de 15 o 20 minutos, espero que esté bien», se esperanzó.

A pocos metros, Morales se alejó del lugar desolado. Es que como tantas otras personas quedó literalmente a la intemperie, sin saber dónde pasaría la noche.

Fuente: La Capital de Rosario

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