Un cronista de la argentinidad: Alejandro Dolina

 

Por Pablo Sales ([email protected])

 

El hombre que presentamos es Alejandro Dolina. Nació en Caseros, Buenos Aires, el 20 de Mayo de 1949. Desde hace dos décadas conduce el clásico programa de radio “La venganza será terrible”, que tiene un público fiel y seguidor.

 

El programa se inició en radio el Mundo con el título “Demasiado tarde para lágrimas”. Con el mismo nombre, años más tarde, se trasladó a Radio Rivadavia, para pasar a Continental y finalmente, -con algunos cuestionamientos de quienes gustan de criticar y juzgar a priori-, llega a Radio 10 en donde está hasta ahora.

 

Dolina comenzó a tener fanáticos y seguidores por medio de sus notas en la revista Humor Registrado. En 1987 escribió una especie de recopilación de las »Crónicas del Ángel Gris». En 1996 decide renovar ese libro, cambiando de editorial, agregando nuevos capítulos, suprimiendo otros y reformando algunos. Las ilustraciones de la vieja edición estaban a cargo de Carlos Nine, y el de la nueva versión por el genial uruguayo Hermenegildo Sábat.

 

El Negro Dolina quería grabar un disco, y en 1995 empezó a producir »Lo que me costo el amor de Laura», una excelente creación que caratuló como »opereta criolla».

 

Alejandro Dolina habla como piensa y desde su historia fundamentada en la lectura, lanza las frases que lo convierten en el “librepensador” e ingenioso canchero da barrio porteño.

 

»Durante mucho tiempo me ha gustado creer que todo buen verso estaba al final de un camino lleno de espantos y pena. El sendero poético que me atreví a imaginar conducía a un lugar más glorioso cuanto mayor eran los sufrimientos del camino. Los malvados elegían un camino fácil, que no llevaba a ninguna parte.»

 

»Soy existencialista porque tuve una camisa a cuadros, y eso es ser existencialista, o al menos, así me dijeron».

 

– ¿Las leyes del mercado, condicionan al artista?

 

– Yo creo que el verdadero artista no debe pensar en la industria al momento de escribir, no es que uno se oponga a la industria ni por el gusto de oponerse. Se ha escrito mucho al respecto, Adorno y todos esos tipos han escrito mucho acerca de la industria. Pero algunos han visto alguna virtud en la industria. Por empezar, ha acercado la industria al gran público obras que hasta nuestro siglo permanecieron solamente en los salones de la gente muy pudiente. Ha hecho masiva algunas obras que antes estaban reservadas, insisto, a un parnaso exquisito; esa puede ser una virtud. La otra es que ha promovido una especie de destreza profesional que si bien se mira no está mal como para empezar. En general puede decirse que la industria acepta el talento, incluso lo promueve, lo prohíja. Lo que rechaza la industria más bien es el genio y la heterodoxia. Eso rechaza la industria. Podríamos decir que en estos tiempos que nos toca vivir en nuestro país, este rechazo de la industria por la heterodoxia es, podríamos decir, hasta grosero porque la industria se limita a seguir una receta repetida hasta el hartazgo como una fórmula de éxito. De manera que, creo yo, el verdadero artista sigue o más bien se desliza por unos caminos que también le son fatales, en tanto que artista. Él no puede desoír ciertas voces interiores, si es que es un artista verdadero, aún cuando estas voces le indicaren caminos que le van a garantizar el fracaso económico o en lo que se llama el mundo del espectáculo, de modo que creo que conviene no seguir las recetas del éxito y mucho menos aquellos lugares comunes que a veces son aplaudidos por sectores supuestamente entendidos. Hay no solamente un éxito comercial o una tentación de orden económico que hace que los artistas sigan unas anchas avenidas, sino también cierta ortodoxia que la industria se encarga de producir por sí misma. Los medios de comunicación hoy en día, no es que siguen una ortodoxia preexistente, sino que la producen. Naturalmente esa ortodoxia consiste por lo general en evitar cualquier complejidad. Cada una de las dificultades que uno propone al consumidor contribuye a restar el número de ellos, cuanto más alta es la competencia que se le pide al que consume arte, menos serán los consumidores.

 

– Si el artista es víctima de sí mismo porque su necesidad expresiva lo rebasa, ¿Cuál es su recompensa?

 

– No la hay. Salvo que la recompensa esté en su satisfacción, aunque me parece esta una pobre palabra, una palabra filistea. La recompensa esta en haber hecho la obra. Pero no sé, eso a menudo no es una recompensa. La mayoría de los artistas después de haber hecho algo más que una sensación de dicha sienten arrepentimiento o insatisfacción. La sensación de que hubieran podido hacer algo mejor o, peor todavía, la sensación de que no hubieran podido hacer algo mejor. De manera que yo creo que no hay recompensa. Y no creo que uno sea artista buscando una recompensa, una especie de estado de felicidad que viene por añadidura, más allá de aquellas que revisten formas mundanas como el premio »no sé cuanto»…

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¿Teme a la muerte?

 

–Da más miedo la idea de que todos los que amamos se van a morir. Cuando era chico no tenía miedo a morirme yo, tenía miedo de que se muriera mi vieja.

 

¿Y las mujeres?

 

–Las mujeres bien. Las mujeres son una forma de ilusionarse con la inmortalidad. Hay una edad, un momento de la vida en que uno desaparece como objeto de deseo. Después de ese momento, la vida amorosa que se tiene es de segundo orden. Algunos tienen la suerte de prolongar ese mantenimiento del modo que sea. Por suerte, por casualidad, porque sos flaco. Y por ahí te parece que sos inmortal.

 

¿Tiene debilidad por las chicas jóvenes?

 

–No. Tengo debilidad por la belleza, y la belleza, en general, es joven. No es que tenga debilidad, sucede así.

 

Dolina logró sin proponérselo aquello que otros sólo pueden envidiar porque no se animaron a hacer los que querían.

El libro de las Crónicas del Angel Gris lleva 30 ediciones.

 

-Yo he vendido… he vendido… decir esto es horrible. El libro de Doña Petrona también ha vendido muchísimos ejemplares, y es un mal libro… He vendido unos doscientos mil ejemplares. Pero esto no garantiza nada. Y, por el contrario, instala una fuerte sospecha.

 

»Mi casa era una casa de personas librescas. Se leía mucho, había muchos libros, y yo primero jugaba con ellos y después me dio por leerlos. Era un chico rodeado de grandes, al que todos le enseñaban cosas. Era una especie de bufón de la corte pero no desdeñaba los juegos. Incluso en el colegio he sido buen alumno, pero también un chico bastante revoltoso, y más amigo de los atorrantes que de los aplicados. En la intimidad de mi casa trataba con libros, pero no bien salía debía dedicarme a otras actividades, porque Caseros era una localidad más generosa en atorrantes que en bibliotecas. Me he criado en un barrio muy difícil, donde la cobardía era la peor de las calamidades, la peor de las acusaciones. Un hombre cobarde ya no tenía lugar allí.

 

»Entré a la literatura por la puerta nunca menor de las novelas policiales. Devoré a Ellery Queen, todo El Séptimo Círculo y, cuando se terminaron las historias de policías y detectives, ya era demasiado tarde: no podía vivir sin leer».

 

Desde chico tuvo un gusto específico por la música. Estudió bandoneón, piano, guitarra.

 

– Creo que soy un buen cantor -dice- pero dentro de una mediocridad.

 

Dolina es también alguien que no descree de la tecnología y que promete remediar en breve su torpeza con las computadoras »porque hay quienes creen que poeta es aquella persona incapaz de arreglar un automóvil o de entender el funcionamiento de un teléfono, así como hay personas que tienen pensamientos profundos sólo porque se acuestan tarde». Dice que se psicoanalizó tres veces en su vida y con excelentes resultados.

 

– Pero no estoy seguro de que haya sido producto del psicoanálisis. A lo mejor era el destino, nomás.

 

– No soy muy amante de las vacaciones, porque al poco tiempo me empiezo a aburrir, tengo la sensación de que estoy perdiendo el tiempo. Amo mucho mi trabajo, disfruto mucho, y qué pueden proporcionarme los hoteles del Caribe más lindo que divertirme con mis amigos cada noche. No hay hotel que dé eso.

 

-He sido un muchacho de barrio pero ya no tengo el hábito de jugar al billar ni de tocar timbre para luego darme a la fuga. Yo exagero a veces por demagogia mi costado atorrante. Mire, yo conozco mucho la vida de los barrios y lo que llaman cultura popular. Pero, a esta altura, eso es la cantera para hacer mi programa de radio. Cuando por razones humorísticas yo finjo en la radio ser un señor que sale a la puerta a saludar a las personas sentado en una silla al revés, no es que yo lo sea. Yo no hago eso. Lo he vivido y lo conozco, no lo aprendí en los libros. Pero ya no soy eso. Sé de dónde vengo, pero no es allí a donde voy. Vengo de Caseros. No voy a Caseros.

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-Me tienen harto los estereotipos. Los estereotipos son una comodidad. No sabe usted cómo me molesta que me llamen para participar en un programa en el que se habla de fútbol. Yo me puedo poner triste durante quince minutos porque perdió Boca. O alegre durante veinte si gana. Pero en una de esas le puedo asegurar que sé más de Octavio Paz que del campeonato actual.

 

En cuanto a la nostalgia, yo no sé vivir mirando para atrás, contrariamente a lo que creen algunas revistas. No soy nostálgico ni melancólico. Me gustan los años en que vivo. Mis tiempos son éstos. Aun cuando ya no están mi padre ni mi madre, ni mi abuelo ni la casa de mi infancia. Elijo estos dolores, estas felicidades. Porque yo creo que soy mejor ahora de lo que fui en otro tiempo. En el programa de radio lo que se expresa no es nostalgia sino el sentimiento trágico de la vida. Yo detesto la muerte, detesto el paso del tiempo, detesto envejecer. Eso genera una tristeza interrumpida por chispazos de felicidad. Eso se podría llamar mi contacto con la melancolía. Pero detesto ser confundido con un nostálgico profesional.

 

Dolina dice que siempre habló así.

Notas relacionadas

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– Me di cuenta de que les gustaba a las mujeres más allá de mis merecimientos sólo cuando fui grande. Antes, pensaba que los muchachos morochos, desgarbados y flacos no les gustaban a las chicas. Tenía la idea de que se morían por los señores rubios, peinados para atrás y muy elegantes en su vestir. Un día alguien me dijo que no era así, y mi vida cambió. Me sorprendo de mi suerte. Mis compañeras han sido muchachas muy hermosas y muy inteligentes que aparentemente estarían lejos de mis merecimientos.

 

Terminó el secundario y, por seguir a sus compañeros, hizo algunos años de Derecho. Trabajó en el correo clasificando cartas, en la compañía telefónica, hasta que en una fiesta un hombre le escuchó un par de retruques ingeniosos y le propuso trabajar en una agencia de publicidad. Después vinieron los artículos en Satiricón, Mengano, Humor y los programas de radio: Mañanitas nocturnas, con Mario Mactas y Carlos Ulanovsky, y, en 1986, el comienzo de Demasiado tarde para lágrimas, con Adolfo Castelo, un programa que escuchaban estudiantes de arquitectura trasnochados y que terminó siendo pasión de multitudes. Allí surgieron el Maestro Sordo Gancé, las sombras chinescas por radio, la filosofía universal ambientada en el barrio de Flores.

 

– La radio es algo que me ha sucedido. Soy escritor, antes que ninguna otra cosa. Y si bien se mira, estas cosas que aparecen en el programa son más propias de un hombre que ha tenido trato con los libros que de un hombre que ha tenido trato con el mundo del espectáculo.

 

EL BESO INVISIBLE por Alejandro Dolina

 

En las tinieblas de la calle Bacacay acecha un beso malvado. Esto es lo que sucede: el joven paseante siente de pronto que lo besan en la boca. Sin embargo, no ve a nadie. Este beso es el último que recibirá en su vida. Las viejas dicen que una Dama Invisible prodiga los besos de clausura. Las personas instruidas prefieren imaginar un beso suelto. Los muchachos timoratos se tapan la boca con pañuelos y bufandas. Unos vivillos del barrio pretenden haber descubierto un contrahechizo que consiste en besar inmediatamente a una mujer de carne y hueso. Los mozos arremetedores recorren a la calle Bacacay, fingen ser besados y se abalanzan sobre las niñas más cercanas en busca de un beso redentor. Por cierto, ninguna se niega.

 

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