UN AMOR QUE NO FUE por Cristian Carniello

Un amor que no fue

por Cristian Carniello

Los más de cien días de cuarentena han hecho que muchas personas busquemos algún pasatiempo para los ratos muertos. Y es que no solamente se puede vivir de contemplar el vacío existencial después de pasar por cuarta vez en frente de una mesada atiborrada de platos o de la pila de ropa sucia que acecha de noche, amenazando desde la silla con convertirse en súcubo.

Algunas personas, entre las que me encontré durante las primeras semanas, optaron por inscribirse en alguno de los millones de cursos online que se ofrecen desde las vidrieras de las redes sociales. Otros empezaron con alguna changa para capitalizar el tiempo libre.

Yo, en particular, después de haber conseguido mi doctorado en empezar cuanta actividad tenga la desgracia de cruzarme y no terminar ninguna decidí inscribirme en una competencia literaria.

Así, como para poder contarle a mi psicólogo que además de procrastinador serial, también quiero probar qué se siente descubrir que mi falta de competitividad es a causa de mi poca tolerancia a la frustración.

Desde el 1 de julio, como para tener algo con qué entretenerme, empecé a participar de una competencia literaria bastante peculiar, un “mundial de escritura” en que, durante 14 días, alguna celebridad literaria da a los participantes una consigna para que ese día escriban un relato de, al menos, 3000 caracteres. 

Las consignas son diversas. Desde narrar los cuchicheos que escucha un personaje mientras se encuentra en un baño público (consigna propuesta por el inglés Nick Horby) hasta la abuela “lobo feroz” que sugirió Florencia Etcheves.

Comparto, entonces, el resultado de una de esas noches de escritura, basada en la propuesta de Camila Fabrri.

Una narración sobre Un amor que no fue. 

Cada vez que despierto me olvido de su rostro. Sus facciones se funden con la luz de la mañana. Sólo sus ojos siguen vívidos, grabados en mi memoria. El resto, por más que intento retenerlo, no es más que humo que se escapa entre mis dedos.

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El color del mar con vetas blancas y verdes. Encuentro a esos ojos mirándome cada vez que miro al cielo. ¿Cómo será ese rostro, dueño de los ojos, y por qué será que no puedo recordarlo?

Entro al almacén cada mañana. Buendía le digo a todos, como intentando ocultar mi preocupación mientras busco en sus miradas aquel brillo de mis recuerdos. Quizá alguno de ellos es la persona que veo de noche.  Salgo mientras mastico un pedazo de pan. Dicen que no se sueña con sabores y en la boca siento gusto a harina y levadura. Cuán tranquilizador sería saberme soñando ahora y despertar al lado de ella.

Es domingo por la mañana. Miro por la ventana del segundo piso mientras fumo un cigarro. Veo a la gente pasar por la avenida y me pregunto si ellos también sueñan con otro, si también despiertan angustiados sintiéndose incompletos y sabiendo que en algún lado del espacio y el tiempo hay alguien que lleva un pedazo de ellos. Alguien sin rostro y sin voz pero a quien sería imposible confundir.

Me invade el miedo ¿Será que ella no me piensa como la pienso yo? ¿Será que no me busca en sueños y vigilia? ¿Será que huye de mí? Empiezo a llorar. Lo único que peor que eso, sería saber que no existe.

Pero esa noche pasa algo: la sueño de nuevo y la tengo en brazos. Me susurra al oído. No entiendo las palabras y lo que dice se pierde como un eco, pero queda un sentimiento que poco a poco nos envuelve. Sé entonces que nuestros miedos son los mismos y es la primera vez que no me invade la angustia cuando despierto porque, aunque entre mis brazos nada más hay una almohada fría y muerta, sé que en algún lado también está ella, con la misma certeza que tengo yo.

En la vigilia la busco en todos lados. Sé que alguno de todos estos extraños tiene que ser ella, sé que no puede estar lejos ¿Cómo busco una mirada entre la multitud? ¿Cómo hago para no rendirme?

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Pasa entonces que la dejo de soñar. En la mañana solo estamos yo, el frío y el miedo. Corro por las calles. Ni siquiera puedo gritar su nombre, ni siquiera sé a qué cara le estoy llorando. Pasan las noches y no quiero dormir. Si no duermo, si no me siente, quizá, ella venga a buscarme a mí. 

Taquicardia, zumbido, agitación, angustia. Termino cediendo al sueño. Siento que me abrazan. Alguien me abraza y allá, donde quiera que esté, también intenta aferrarse. Estamos unidos, sueño y persona, persona y sueño. Todo a la vez. La misma alquimia que nos sublima cada mañana ahora nos disuelve y lo veo todo. 

Nos veo charlando en un pasillo. Nos veo comiendo en un bar. Nos veo jugando con un gato en la escalinata del frente de una casa. Veo los ojos, pero también le veo la cara ¡La conozco! ¡Sé que la conozco! El pelo, los labios, el contorno de los hombros y las clavículas debajo del saco de lana. Nos miramos. Tiene todo el mar en los ojos, y yo conozco esos ojos. 

Me despierto en el momento justo en el que me escucho diciendo su nombre. Intento agarrarlo, antes de que se me escape, también, como se me escapan los recuerdos, como se me escapa su voz, como se escapan sus ojos, también ahora, y como se me escapan las ganas de vivir.

 

Cristian Carniello es mendocino, escritor de fantasía y ciencia ficción.

Reside en un sucio cuarto en la ciudad de Godoy Cruz desde donde atrae a personas incautas con la excusa de instruirlas en las artes místicas de la literatura, aunque se rumorea que sus verdaderas intenciones son las de formar una secta dedicada a la impía trinidad de Neil Gaiman, Borges y Alan Moore.

Podés saber más sobre sus cuentos, comprar sus libros, escuchar audicuentos, y enterarte de todos los diversos proyectos en los que trabaja, siguiéndolo en cualquiera de sus redes sociales y plataformas.
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