Presión de la Iglesia para que no se aplique la ley de muerte digna

Marcelo Diez tiene 48 años y hace casi 18 se encuentra en estado vegetativo, irreversible. El 23 de octubre de 1994 fue domingo y Marcelo iba en su moto hacia las afueras de la ciudad de Neuquén, a una chacra donde su familia lo esperaba para comer un asado. No llegó. En el camino, mientras intentaba traspasar a un camión en la Ruta 22, se lo llevó por delante un auto. Llegó al hospital con politraumatismos. Días después, cuando iba a ser llevado a una sala de cuidados intermedios, un virus intrahospitalario lo afectó dañando su cerebro para siempre. Y ya no volvió.

Los primeros años, sus padres intentaron por todos los medios curarlo. Montaron un hospital en la casa para su rehabilitación, lo llevaron a la Fundación Favaloro, de allí a la Clínica Bazterrica, luego a ALPI. Nada pudieron hacer, tampoco aceptar lo que le había pasado a su hijo. Ambos murieron: la madre en 2003; el padre, en 2008.

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