Palabras para Carlos Alonso por Emilio Vera Da Souza

Hace tanto que no lo veo que me dio nostalgia.
Siempre saluda con esa impronta de hombre sabio por las cicatrices del tiempo.

Su voz inconfundible y su mirada dura son sus marcas.
Habla con un tono siempre emocionado, su risa casi ausente, dos cristales de lágrimas que no se animan a caer, debajo del color de sus ojos.

Cada vez que observo un cuadro suyo, sus trazos, sus pinceladas me atraviesan y me emocionan.

Sus dibujos de líneas y búsquedas, violentos y precisos, son tan expresivos como originales.

Carlos Alonso nació en Tunuyán, como tantos talentosos ilustres, como tantos desconocidos que generan el arte del Valle.
Y se fue temprano del lugar, como Nicolino Locche… también a las trompadas.

La academia le abrió la puerta que luego con tanto afán cerró en los días más duros de su historia y en las noches más tristes y dolientes.

El maestro Sergio Sergi le dio sus primeras armas y luego no dejó de aprender nunca y lo sigue haciendo. Varios queridos artistas fueron sus compañeros de estudio pero a él le tocó difícil la vida y su sensible arte se fue puliendo por el contraste de la vida apasionada e intensa que lo atrapaba y lo apretaba y le exigía. Desde muy joven fue reconocido por los consagrados y premiado hasta el cansancio, sin parar, nunca parar, nunca detener la marcha, nunca dejar la producción de lado, nunca abatirse de tal modo.

Sus técnicas, descubiertas con esmero, dejaron impronta en los diferentes períodos por los que atravesó la historia de su obra. Su obra nunca fue ajena a los vaivenes de la historia real de este país dolido y duro de las décadas previas a este tiempo democrático iniciado en 1983.

La literatura no le es ajena. Las más grandes plumas universales han sido acompañadas por sus imágenes, reconocibles para cualquier observador atento.
La Divina Comedia que también revisa con su tinta Miguel Rep, ya sabe de Alonso y su lectura.

LEÉR MÁS  Fin de semana largo: el Gobierno suspendió el feriado del 24 de mayo

El Martín Fierro, el Quijote de la Mancha, Roberto Arlt y otros más actuales y cercanos, fueron vistos por él.
Hace poco descubrí una tapa del primer disco de Palito Ortega con un retrato suyo a carbonilla.

Hasta las más violentas historias nacidas de su trazo audaz y vivo tienen la ternura del hombre esbelto y simple que lleva el artista adentro. El mismo artista amigo del Negro Julio Castillo y de tantos otros que pasean por las calles embaldosadas de Mendoza.

Sus obras se han expuesto en numerosas muestras, en Buenos Aires, en el Museo Nacional de Bellas Artes (México), y el Museo de Arte de La Habana (Cuba). Expuso en Roma, Milán, Londres, París, Madrid y varias provincias argentinas.

La última vez que anduvo cerca fue en su tierra natal, en la muestra de paisajes cordilleranos y desiertos entre llanuras agrestes que son de su última producción, expuesta en la galería de una bodega entre las montañas.

Llegó apoyado en su bastón, alto. Más alto que nunca.
Me arrimé a saludarlo con el amigo común Rodolfo Braceli y hablamos unos minutos sin testigos, solos los dos.
Yo le pregunté por el cambio, de esas imágenes devastadoras del peor período de la noche negra argentina que para él comenzó cuando se llevaron a su hija Paloma, y desde allí que no la vio más… período que terminó en su obra hasta llegar a los espacios mendocinos que llamaban al descanso y al pensamiento apacible.

Él dijo pocas cosas, pero de una contundencia rotunda. Habló del fin del exilio, de la experiencia de los años, del dolor que se disipa y deja espacio a la tristeza que nunca nos abandona. Habló de los colores fuertes y puros, y de los queridos amigos que llenan las horas y la vida apacible en las Sierras de Córdoba, su lugar elegido.

LEÉR MÁS  En Santa Fe ya se aplicaron más de 136 mil dosis de vacunas contra la gripe

Luego nos llegó la noticia de que fue asaltado junto a su familia en su casa y le llevaron una gran colección de cuadros de varios artistas. Eran hombres de negro, con armas, con radiocomunicadores, (como los que usa las fuerzas policiales) que los golpearon y que se llevaron el botín seleccionando los cuadro de una lista que traían escrita en un papel. Eligieron las obras que querían.

El enorme Alonso se emociona con su tierra, y como todo artista le gusta que lo mimen y lo tengan bien en cuenta.
La que mejor entendió esto fue la Pupi Agüero, profesora y política cultural, incansable. Ella tuvo la idea de generar un espacio en la casa Mansión Stoppel dedicado a Carlos Alonso. Un museo en ese bello lugar para su homenaje y donde las personas interesadas pudieran ver su obra y conocer detalles de su producción.

Yo mientras tanto recuerdo una silla que él pintó que parece que se escapara del lienzo.

Esos trazos con rojo sangre que me hacían doler los ojos y me traían las imágenes más importantes de la violencia descarnada que imagino y quiero no ver. Algunos dicen no comprender su pintura. Yo no les creo. No se necesita ninguna guía de museo, ninguna palabra de críticos de arte, ninguna curadora chic. Solo la memoria propia, la memoria colectiva, la emoción y la imagen de Alonso.

Alcanza para eso con tener el corazón abierto, la piel atenta, el ojo avezado, la lágrima espesa, la mente sin filtros, para que la magia del arte de Alonso nos pase por el medio, nos derrumbe, nos retuerza, nos deje tirados en el piso, sin otra droga que la sangre desenfrenada.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here