Las rejas de Brian (o los nuevos sentidos del poder) por Pablo Garciarena

Las rejas de Brian (o los nuevos sentidos del poder) por Pablo Garciarena.

Pequeña reflexión sobre el retorno.

“compa, no damos más, en estos años nos llevaron puestos, hambre y palos, hambre y palos”, me contaba hace unos meses un compañero que milita en los barrios luego de una reunión donde intentábamos dar una mano frente a la situación de abuso policial que padecen los pibes cada día en las villas, asentamientos y barrios populares.

La política, como ejercicio efectivo del poder, sabemos, no solo se expresa en la praxis o la manifestación material de dicho poder, sino que se blinda, construye coraza y permea resistencias desde la construcción de sentido, de palabras y discursos que diseñan identidades. Algunas veces -nuestra historia recolecta numerosos ejemplos- , en esas identidades hay un otro que no es parte, un otro a excluir, una ecuación binaria donde uno es el sentido del poder, y el otro, quien lo amenaza.

Mas allá del fracaso de la economía, el dólar, la inflación, la corrupción, el lawfere, la persecución política, el endeudamiento, el desmantelamiento del aparato productivo e industrial, y la lista interminable que conocemos y padecemos; hay sin embargo en ese listado -aún en elaboración- una víctima silenciada, sólo nombrada por terceros, sólo expresada en estadísticas, esa voz afónica y derruida de quienes apenas ya pueden hacerla sonido, la de los hambreados y apaleados…

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El sentido del poder, ese que construye identidades desde lo simbólico, desde la palabra, sin embargo se despliega, paradójicamente, en una necesaria materialidad, en acto. En acto dirigido a ese otro. Es el chivo expiatorio, es el estigma que fulmina a ese otro, allí se funda y sostiene el sentido. O acaso, fue necesario en estos años -para el ejercicio real del poder- la foto con Chocobar, los palos a la viejita en la plaza del verdurazo, la “subversión” de Santiago o Nahuel, o la burla hacia Brian? Claro que lo fue, porque ellos fueron ese otro a eliminar, ese otro que no encuadra en la identidad establecida por el sentido del poder.

Vuelvo al compañero del barrio y allí comprendo la dimensión de sus palabras, ellos, los pibes del barrio, los pobres, los excluidos, los hambreados y los apaleados son ese otro.
En estos días concluye el mandato constitucional, no sólo de un presidente que basó su gestión en exclusivo beneficio de intereses particulares o de sectores concentrados del capital económico y financiero, sino que concluye -abruptamente para ellos, que no imaginaron esta pronta interrupción- una manera de ejercer el poder, donde la construcción de sentido y de identidades que lo definen, necesariamente imponen la existencia del otro, de ese otro que debe eliminarse como condición de posibilidad. El otro como enemigo. Y ese enemigo hoy, son 15 millones de argentinos y argentinas hambreados y apaleados.

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La foto de Alberto Fernández con Brian, días después de las elecciones generales y el gesto de retirar las rejas de la Plaza de Mayo, tal vez no significan nada desde la cotidianidad de los padecimientos de esos 15 millones de compatriotas, es probable. Pero hay allí un dato que no debería resultarnos intrascendente. Tosco decía, no solo lucha contra las injusticias quien las padece, sino también quien las comprende. Emerge en esos -aparentes- actos menores, una nueva palabra, o más bien, la materialidad que refleja un nuevo discurso, una nueva construcción de aquel sentido en disputa, en definitiva, una nueva identidad donde no hay binarismo, donde no hay un otro que amenaza ese poder en ejercicio. Una identidad colectiva sin enemigos.

La realidad, como dijo Paco Urondo, está de éste lado y de aquel de la reja, lo único irreal es la reja. Esa voz afónica de ayer, mañana será grito que inunde la plaza ya sin rejas.
Corren brisas de nuevos porvenires…

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Pablo Garciarena es abogado, miembro de la asociación Xumec de Derechos Humanos.

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