La vida seca

Antes, cuando estaba adentro, no me daba cuenta. Aunque a veces tenía la sensación de que apenas me dormía venían unos enfermeros con aires de guardias de seguridad y me extraían de las venas de las manos, otras veces de los pies o las más dolorosas, del corazón mismo, mi diaria cuota de sangre. Después, mirando para todos lados y apretando celosamente su botín, se iban rápido en un vehículo raro que más parecía camión de transporte de caudales, que ambulancia.

Ya se sabe, adentro la sangre escasea. Por eso los reptiles buscan jóvenes. Cada vez más jóvenes. También yo lo fui. Joven, digo. Y tuve fe, lo confieso. Una fe capaz de hacer emprender el vuelo a las montañas en inverosímil bandada de pájaros gigantes. Me elevó a mi también, desde luego, que era por entonces apenas piel y huesos. De tal suerte fue mi ascensión, que fui a dar a un lugar desde donde se podía jurar que cambiar cualquier cosa, lo que fuera, estaba al alcance de la mano. Sólo bastaba un pequeño esfuerzo. Un poco de suerte.

Tú puedes, decían los reptiles, relamiéndose. Eres el Elegido, decían los infames chupasangre. Se siente entonces la fuerza de un viento apasionado, que en un sólo ademán te lleva, te eleva, te deja, un instante suspendido en el que no sabes qué pasó. De pronto la sangre te sube a la cabeza, mientras puedes ver los tejados y las azoteas acercarse veloces como si fueran ellos los que se te vienen encima.
De joven, cada vez que tuve fe me estafaron. Ya más grande, un poco seco, es cierto, he entendido que cambiarlo todo no se puede. Y que ya es bastante difícil tratar de cambiar siquiera, al extraño tipo del espejo. Igual uno sigue abonando los sueños, porque todavía se cree, porque todavía se está adentro. En medio de este desierto es difícil decidir si se quiere seguir viviendo como humano o cambiar de piel y arrastrarse por el suelo. Y chupar sangre a cualquier precio. Esta lucha cotidiana no da tregua y en ese esfuerzo el sudor se evapora, gota a gota, con el viento. La vida sigue secándolo a uno por dentro.

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Ahora estoy aquí y a pesar de los años sigo contando el cuento. Ya no veo venir en mis sueños aquellos oscuros enfermeros. Será porque en mis venas sólo queda polvo, pedregullo y algo de barro, a veces, en invierno. Hecho éste que pude comprobar porque cuando me emociono un poco empieza a salir de entre mis ropas, mis zapatos ajados y mis escasos cabellos, un polvillo como el que precede al derrumbe en una mina. Y siento además cómo corre la tierra por mis venas. Mi corazón se agita y sus paredes de cartón producen un rumor opaco. Como el de los caballos que galopan a lo lejos.

Suspiro y siento cómo un viento nace de mi pecho, sube por mi garganta y sale por mi boca dejándola terrosa, salobre. Cómo añoro ahora un trago del tinto aquel. Barro con mi mano hasta los mínimos pedacitos de hojas que mi suspiro dejó sobre el mantel. Encuentro en este gesto el reflejo de una idea que hace ya tiempo, demasiado tiempo, es casi mi única idea: quisiera que esas hojas diminutas, esos ínfimos retazos del otoño, representaran todos mis recuerdos. Y que la mano fría y huesuda de la Parca los barriera de mi alma de una vez.
Finalmente, solo espero el fin de la espera. El horizonte se ha diluido en una acuarela sucia. Este signo presagioso y un estado de ánimo generalizado de persistente resaca, anuncian la inminente llegada de El Zonda.

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La gente en el pueblo cierra las ventanas, recoge la ropa de la soga, pone trapos húmedos bajo las puertas y cobija a los inquietos animales. El Zonda avanza. Los de adentro rezan. Los de afuera fuman. Me siento débil o más bien relajado. El Zonda llega. Lo enfrento de frente. Me da de lleno y lo recibo agradecido. Si hasta pareciera que ha venido a desfogarse en mi pecho.

Una lágrima de arena rueda. Es por mi tierra que se aleja. Se ha aflojado la última cuerda. En ese instante preciso las primeras partículas terrosas de mi cuerpo se desprenden. Son mis últimos cabellos, los primeros en perderse en los juegos caprichosos de este torrente de aire, polvo y fuego.

Es la frente la que ahora se desgrana con el viento, en capas milimétricas que estaban separadas por arrugas. El viento se lleva mis ojos, que ahora son los ojos del viento. No se cómo, pero igual sigo viendo. Y el Zonda sigue barriendo, barriendo, tan paciente hasta los hombros de mi cuerpo. En cámara lenta los brazos se desprenden. Caen y siguen cayendo. Pero nunca llegan a tocar el suelo. Una ráfaga enérgica, irreverente, los eleva como orando hacia el cielo. La polvareda me ciega.

Vuelvo a ver, cuando amaina un poco el viento, que sólo quedan dos tristes montoncitos de arena donde debieron estar las piernas. Allí se quedan. Alimentando la tierra.

Martín Echeverría
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