LA VERDADERA HISTORIA DEL BRAZO CONGELADO DE JANET JOHNSON Y LA OPERACIÓN DE LA C.I.A.

LA VERDADERA HISTORIA DEL BRAZO CONGELADO DE JANET JOHNSON Y LA OPERACIÓN DE LA C.I.A.

por Jorge Orduna *

Es una pena que ciertos temas sean tratados con ligereza por la prensa mendocina. El de las extrañas muertes de John Cooper y Janet Johnson en el Aconcagua es uno de ellos. Durante décadas, periodistas, miembros del poder Judicial, médicos forenses y criminólogos mendocinos han estado pendientes de cualquier nuevo elemento que permita avanzar en el establecimiento de la verdad. Ellos, y el público en general, merecen algo más que un amontonamiento de especulaciones sin base.

Según esas fantasías, Janet habría perdido el brazo antes de morir, el reloj podría indicar el momento de la muerte y, a juzgar por los plásticos hallados, alguien más habría podido pasar antes por ahí.

Sin duda este episodio de los años 70 es sumamente misterioso. Abundan las bases para especular: El relato de los testigos iniciales es contradictorio; abundó el consabido “secreto de sumario”; una sola mujer de carácter fuerte, entre siete hombres de antecedentes militares y religiosos decide arrojarse desnuda a la pileta del hotel Nutibara, en calle Mitre. Termina muerta días más tarde.

Un ingeniero de la NASA que había trabajado en el proyecto Apollo es detenido en la ciudad sorprendido al fotografiar un recinto policial. Termina muerto días más tarde y al cadáver se le encuentra un agujero “como de bala” en el estómago.

Los diarios de los años en que este caso ocupó la prensa fueron años de Triple A, al principio, y de dictadura militar, al final. Esos diarios dieron cuenta de un llamado a declarar sobre el rumor de que la CIA había hecho desaparecer el cuerpo de Janet… Es decir, existen muchos elementos para el misterio. Muchísimos indicios y ninguna prueba que permita inclinar seriamente la balanza entre crimen o accidente. 

El hallazgo del brazo de Janet Johnson no encierra ningún misterio. Está probado, por los relatos de quienes hallaron y rescataron el cuerpo, que estaba unido a la víctima. Por estar congelado, soldado al hielo circundante, no pudo ser despegado del piso y quedó allí. (Diario “Los Andes” 12 de marzo de 1976. Página 4). “Al separarla del hielo comprobamos que tenía un brazo, el izquierdo, quebrado a la altura del hombro”. (Diario “Mendoza”, 23 de febrero de 1975; p. 11). El izquierdo; el del reloj. Es más, existen fotografías en que se observa el cadáver conservando todavía los dos brazos.

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 Los restos de plástico.

Un diario local especula que un andinista encontró el brazo anteriormente; no quiso comprometerse en hacer la denuncia y los trámites subsiguientes y, en un gesto de conciencia piadosa, lo envolvió en plástico y allí lo dejó.

Si quien eso escribe hubiera dedicado la mitad del esfuerzo imaginativo a revisar archivos, habría “descubierto” que quienes encontraron el cuerpo por primera vez, lo cubrieron con plástico. (Diario “El Andino”, 2 de marzo de 1976. Ps. 6 y 7.).

Es un error también atribuir el descubrimiento del cuerpo a Guillermo Vieiro. Dos expediciones se encontraban acampadas cerca del sitio y caminaban en los alrededores. Una estaba integrada por gente de Buenos Aires y la otra, estadounidense, era guiada por el mendocino Osvaldo Brandi. Él observó un tramo de cuerda asomando del hielo y, al seguirlo, dio con el cuerpo. Dada la cantidad de personas en el sector, y el hecho de que algo de las ropas ya estaba visible por el deshielo, lo correcto sería atribuir el hallazgo a las dos expediciones y no centrarse en una persona en particular.

El reloj no puede aportar demasiado respecto del momento de la muerte. A los relojes automáticos no era necesario darles cuerda, la recibían con el sólo movimiento de la muñeca. Según los fabricantes, la cuerda podía durar días. Y lo mismo si no fuera automático: 36, 48 o más horas. Pero para hacer un cálculo habría que saber en qué momento se le dio cuerda por última vez. Demasiado impreciso.

El caso Cooper-Johnson es tan importante en la historia mendocina que todos los periódicos locales poseen un archivo sobre el tema; correspondencia sobre el episodio, entre la embajada de Estados Unidos y el Departamento de Estado, figura en Wikileaks.

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Fake news sobre la participación de la CIA en la desaparición del cuerpo de Janet (que no fue encontrado hasta años después de su muerte), circularon en su momento. Todos los norteamericanos involucrados, incluyendo los dos únicos testigos, partieron hacia Estados Unidos sólo una semana después de las muertes. Según testimonios, durante años la lápida de la tumba de Janet estuvo “desaparecida“ del cementerio de los andinistas en Puente del Inca… Nunca se encontraron las piquetas de Janet, de Cooper o del principal testigo, instrumentos que se llevaban atados al cuerpo o a la muñeca…

No todo el mundo cree que ha pasado demasiado tiempo y que la verdad nunca se sabrá. Pero para que la verdad se sepa es necesario sumar datos, y esforzarse porque esos datos sean fidedignos.

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(1) Luego, la autopsia comprobaría que no hubo tal bala, sino que el orificio había sido causado por un objeto cortopunzante.

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(*) Jorge Orduna, es periodista y escritor.

Autor de

«Teocracia. El auge evangelista en América Latina» //  

«Ecofascismo. Las multinacionales ecologistas y las soberanías nacionales», entre otros libros de investigación.  

                                                                                        

 

  

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