LA LIBRETA AZUL por Raúl Giménez

La libreta azul

por Raúl Giménez

Volvía como todas las noches del bar al que iba por mis dos empanadas y el vaso de vino. ese bar al que los inspectores, seguramente por orden del entonces intendente y actual gobernador, perseguían y multaban por nimiedades.

El único bar de la ciudad de Mendoza al que no le permitían tener mesas en la vereda, el que con su nombre hería la soberbia in-conciencia de la mayoría de sus vecinos, esos vecinos que llamaban a la policía cada vez que en su interior un grupo de estudiantes cantaba la marchita, ese bar del cual un grupito de docentes obligó a retirarse al tilingo que impuso el ítem aula en las escuelas de la provincia diciéndole que no era digno de permanecer en ese lugar.
Como decía, esa noche de invierno caminaba lentamente cuando vi en el suelo una libreta que contenía algunos escritos y seguramente se había caído del bolsillo de una campera.

Al leer la desesperación de Bukowski por la pérdida de sus poemas me sentí en la obligación de buscar al dueño de la libreta.
Tal vez mañana lo haga.
Para encontrar al supuesto poeta primero debía hallar la libreta anillada de tapas azules..Entré a la pieza donde sin darme cuenta voy guardando retazos de mi historia, esa que en la puerta tiene el cartel «Cueva del Lobo – no invadir», y comencé a revolver papeles que siempre guardo sin el menor orden ni relación.

Comenzaron a surgir recuerdos, fotos con compañeros de teatro a los que nunca volví a ver, un generoso reportaje del señor Perro Atienza al «Teatro de Las Heras» otro del diario Mendoza del 80 donde estoy con la Gladys y el Maximino (lo que para un pibe futbolero sería tener una foto junto a Bochini y Riquelme), el catálogo de la primera exposición del Tincho Motta, el carnet de afiliado al Partido Socialista Obrero de mi viejo firmado por Don Benito en 1935.

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Al final apareció mezclada con recortes de diarios de 1957, cuando la dictadura destruyó el Teatro «La Avispa» que estaba en construcción y taparon con pintura un mural de Carlos Alonso. Por lo que leí es muy probable que fuera uno de los muchos que concurríamos habitualmente al bar que hacia el Este lucía una mano luminosa con los dos dedos en V, hacia el Noreste la imagen de «La Fraternidad» y sobre la pared que da al Norte nueve grandes letras donde se leía Perón Amor. Tal vez alguna vez compartimos una mesa, porque era común que se sentara un amigo y después un amigo de ese amigo y todos compartíamos el vino sin saber uno el nombre de los otros. Y sobre todo los viernes, cuando el Agustín con su peluca amarilla de cotillón se subía a la barra y lanzaba su arenga que era seguida por la entonación de la marchita.

Ahora paro porque me doy cuenta de todo el amor que allí había y como dijo Larralde «A veces de amor se sufre y es cuando se sufre más, cosa rara pa´ entenderla que lo bueno haga llorar».

Abrí la libreta azul y comencé a recorrer sus páginas. Varios poemas supuéstamente amorosos, esos donde el poeta ve el mundo en su ombligo o en el de la persona amada, esos que sobreabundan en los grupos literarios, un soneto cínico en el que se muestra que muchos tenemos la maldad de Quevedo pero no su talento. Porque no es lo mismo el «Érase un hombre a una nariz pegado» dirigido a Góngora que escribir sobre el voluminoso abdomen del concuñado, un relato sobre la frustración amorosa del poeta y finalmente algo que me resultó muy interesante y que seguramente su autor reconocerá de inmediato.

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«Desde mi oscura y rutinaria vida te envidio Rimbaud


¿Cómo pudiste escribir «los regalos de los niños» 
a los quince?


Estallar en la Comuna de París a los dieciseis
.

Recibir un balazo y dejarnos «Una temporada en el infierno
a los diecinueve.


Despedirte con «Iluminaciones» a los veinte
.

Ir a pie desde Stuttgar a Milán.


Casarte con una abisinia.


Odiaría a Verlaine si no fuera que por él


no se perdió tu Soneto de las Vocales.

Tendré la libreta un tiempo más y si no aparece su dueño la dejaré en la vereda donde la encontré, aunque no recuerdo muy bien donde fue porque esa noche había estado con Jorge Fornés, Dardo Boggia y su querido e inolvidable hermano César.

Y en esas ocasiones la ingesta del néctar de los dioses era significativamente mayor a lo aconsejable.

 

*Raúl Giménez es un docente, mendocino y observador. Amante de las bellas artes, y escritor. 

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