Frases del Bicentenario: Gral. Don José de San Martín

 

Claudicar ante proposiciones vergonzosas, es la última desgracia que puede caberle a un pueblo que tiene sentimientos de honor.

Si sentimientos menos nobles que los que poseo en favor de este suelo fuesen mi norte, yo aprovecharía de esta coyuntura para engañar a ese heroico pero desgraciado suelo, como lo han hecho unos cuantos demagogos que sus locas teorías lo han precipitado en los males que lo afligen.

Lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido, se unan al extranjero para humillar su patria.

La toma de una ciudad decidida a defenderse, es una de las operaciones más difíciles de la guerra.

Mi filosofía no llega al grado de ser indiferente a la aprobación de mi conducta por los hombres de bien.

He visto también el monumento con que V.S. ha decretado honrarme; más de todos los jeroglíficos y emblemas que en él pueden ponerse, ninguno me será más grato que este: JOSE DE SAN MARTIN FUE UN VERDADERO AMIGO DE MENDOZA

Por lo general la amistad no es a la verdad, un juez imparcial.

Buscaré en el retiro el seno de la paz. . . y en cada día que abrace a un viejo soldado del Ejército Libertador, recibiré la más dulce recompensa de todos mis trabajos.

Mi mejor amigo es el que reprueba mis desaciertos y enmienda mis errores.

Se resiente la decencia al ver un defensor de la patria, en traje de pordiosero.

El solo hecho de pertenecer a sus filas, lo hacen merecedor del mejor de los reconocimientos.

Mendocinos, 130 sables tengo arrumbados en el Cuartel de Granaderos a Caballo, por falta de valientes…El que ame a su Patria, que venga a tomarlos.

No . . . mi carácter no se complace con la venganza.

Mi nombre ha sido más considerado por los enemigos de la independencia, que por muchos de los americanos a quienes he arrancado las viles cadenas que arrastran.

Mi juventud fue sacrificada al Ejército Español, mi edad media al de mi amada patria, creo que tengo derecho a mi vejez.

No esperemos recompensa de nuestras fatigas y desvelos, y si sólo enemigos : cuando no existamos, nos harán justicia.

Declaro no deber, ni haber jamás debido nada a nadie.

El que se ahoga no repara en lo que se agarra.

Cuando uno considera que tanta sangre y sacrificios no han sido empleados sino para perpetuar el desorden y la anarquía se llena el alma del más cruel desconsuelo.

Un solo caso podría llegar en que yo desconfiase de la salud del país, esto es, cuando viese una casi absoluta mayoría en él por someterse, otra vez, al yugo de los españoles.

Las consecuencias más frecuentes de la anarquía son las de producir un tirano.

De los tres tercios de los habitantes de que se compone el mundo, dos y medio son necios y el resto pícaros, con muy poca excepción de hombres de bien.

He tenido la desgracia de ser hombre público.

La conciencia es el mejor y más imparcial juez que tiene el hombre de bien, pero no para depositar una confianza que nos pueda ser funesta.

Para un hombre de virtud, he encontrado dos mil malvados.

La ambición es respectiva a la condición y posición en que se encuentran los hombres y hay alcalde de lugar que no se cree inferior de Jorge IV.

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En medio de una vida absolutamente aislada, gozo de una tranquilidad que doce años de revolución me hacían desear.

En muchas cosas, la dicha no es un bien real, sino imaginario.

Por regla general los revolucionarios de profesión son hombres de acción y bullangueros; por lo contrario los hombres de orden no se ponen en evidencia sino con reserva.

Si algún servicio tiene que agradecerme la América, es el de mi retirada de Lima.

No hay bien cumplido en esta vida.

Ya veo el término a mi vida pública, y voy a tratar de entregar esta pesada carga en manos seguras, y a retirarme a un rincón a vivir como hombre.

Es necesario tener toda la filosofía de un Séneca, o la impudicia de un malvado para ser indiferente a la calumnia.

Si no hay arbitrio de olvidar las injurias, porque este acto pende de mi memoria, a lo menos he aprendido a perdonarlas, porque este acto depende de mi corazón.

He estado, estoy y estaré en la firme convicción de que toda la gratitud que se debe esperar de los pueblos en revolución, es solamente el que no sean ingratos.

Para los hombres de coraje se han hecho las empresas.

Tan justo es prodigar premios como negarlos a quien los merece.

César habría hecho morir al nieto de Pompeyo si no hubiese escuchado un buen consejo.

Al hombre honrado no le es permitido ser indiferente al sentimiento de la justicia.

Nada suministra una idea para conocer a los hombres como una revolución.

Más ruido hacen diez hombres que gritan que cien mil que están callados.

Mi corazón se va encalleciendo a los tiros de la maledicencia, y para ser sensible a ellos me he aferrado con aquella sabia máxima de Epicteto: » Si l`on dit mal de toi et qu`il soit véritable, corrige-toi: si ce sontdes mensonges, ris en »

Los hombres no viven de ilusiones sino de hechos.

La calumnia, como todos los crímenes, no es sino obra de la ignorancia y del descreimiento pervertido.

No he tenido más ambición que la de merecer el odio de los ingratos y el aprecio de los hombres virtuosos.

El verdadero patriotismo consiste en hacer sacrificios. Hagámoslo y tendremos siempre una patria libre.

El placer de un triunfo para un guerrero que pelea por la libertad de los pueblos, sólo lo produce la persecución de ser un medio para que los pueblos gocen de sus derechos.

La libertad, ídolo de los pueblos libres, es despreciada por los siervos, pues ellos no la conocen.

Serás lo que debas ser o no serás nada.

VELAR DEBO LA VIDA DE TAL SUERTE.

QUE VIVA SIEMPRE QUEDE, AUN CON LA MUERTE.

( Del escudo de familia )

Yo ya me considero compensado, con haber merecido la aprobación por el servicio hecho.

En cuanto a mi conducta pública, mis compatriotas, dividirán sus opiniones; los hijos de éstos darán el verdadero fallo.

El que manda en todo, debe cuidar sus partes.

A la idea del bien común y a nuestra existencia, todo debe sacrificarse. Desde este instante el lujo y la comodidad debe avergonzarnos.

El camino más seguro de llegar a la cabeza es el del corazón.

El hombre bajo todo gobierno será el mismo, es decir, con las mismas pasiones y debilidades.

Los hombres distamos de opinión como de fisonomías, y mi conducta, en el tiempo en que fui hombre público, no pudo haber sido satisfactoria a todos.

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No en los hombres es donde debe esperarse el término de nuestros males: el mal está en las instituciones.

He mirado a mis enemigos con indiferencia o desprecio, mas me ha sido imposible tener igual filosofía con los que he conceptuado ser mis amigos.

La ilustración y fomento de las letras son las llaves maestras que abren las puerta de la abundancia y hacen felices a los pueblos.

Ser feliz es imposible, presenciando los males que afligen a la desgraciada América.

Yo no puedo ser sino un instrumento accidental de la justicia y agente del destino.

El objeto de la guerra es el de conservar y facilitar el aumento de la fortuna de todo hombre pacífico y honrado.

Ningún sacrificio ha sido grande para mi corazón, porque aún el esplendor de la victoria es una ventaja subalterna para quien sólo suspira por el bien de los pueblos.

Los sucesos más brillantes de la guerra, y las empresas más gloriosas del genio de los hombres, no harían más que excitar en los pueblos un sentimiento de admiración mezclado de zozobra, si no entreviesen por término de todas ellas la mejora de sus instituciones, y la indemnización de sus sacrificios.

Mi nombre es ya bastante célebre para que yo lo manche con la infracción de mis promesas.

Tan injusto es prodigar premios por el deber cumplido, como negarlos a quien lo merece.

Suponiendo que la suerte de las armas me fuera favorable en una guerra civil, tendría que llorar la victoria con los mismos vencidos.

Cada gota de sangre americana que se vierta por nuestros disgustos, me llega al corazón.

El verdadero patriotismo consiste en hacer sacrificios… hagámoslo paisanos, y tendremos una patria libre.

La Cordillera de Los Andes va a abrirse. Mendocinos, arrojemos al enemigo del desgraciado Chile, y al momento, regresaréis a vuestras casas cubiertos de gloria. Esto os ofrece vuestro paisano José de San Martín.

Mi existencia la sacrificaría, antes de echar una mancha sobre mi vida pública, que se pudiera interpretar por ambición.

Mi vida es lo menos privado que tengo, la he consagrado a vuestra libertad. La perderé con placer por tan digno objeto.

Mi juventud fue sacrificada al ejército español, mi edad media, al de mi amada patria . . . creo que tengo derecho a mi vejez.

Para defenderme de la causa de la independencia, no se necesita otra cosa que un auténtico orgullo nacional.

Para defender la libertad y sus derechos se necesitan ciudadanos de instrucción, de elevación de alma, y por consiguiente capaces de sentir el intrínseco y no arbitrario valor, de los bienes que proporciona un gobierno representativo.

Toda mi ambición estaba reducida a vivir y morir tranquilamente en el seno de mi Patria.

Si mi alma fuese tan despreciable como la de mis enemigos, yo aprovecharía esta ocasión, para vengarme de la persecución que mi honor ha sufrido por ellos, pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado.

No aprobaré jamás que ningún hijo del país se una a una nación extranjera para humillar a su patria.

De todos los homenajes, ninguno me será más grato que este: José de San Martín fue un verdadero amigo de Mendoza.

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