Éstos son los científicos que estafaron al mundo

 

No es habitual que en la profesión científica se encuentren tantos casos de fraude como en otras, léase las finanzas, la política o la fontanería, pero haberlos, los hay. Recordemos el Hombre de Piltdown, una falsificación de un supuesto eslabón perdido descubierto en Sussex (Inglaterra) en 1912. O aquel fósil chino de un dinosaurio alado que ocupó la portada de «National Geographic» en 1999, y que era un montaje por piezas. También fue sonada la historia del médico iraquí Elias Alsabti, un impostor que hasta 1980 publicó más de 50 artículos plagiados y pasó toda su vida escapando de un lugar a otro para que no le pillaran.

La idea de un científico timador se  antoja casi tan grave como la de un bombero pirómano. Lógico, si tenemos en cuenta que «los dos grupos profesionales mejor valorados por los ciudadanos son los médicos y los científicos», según la última Encuesta de Percepción Social de la Ciencia en España. Merece la pena preguntarse por qué un investigador decide engañar poniendo en juego su prestigio, aun sabiendo que hay muchas posibilidades de que le cacen. En su libro «On Fact and Fraud», el físico David Goodstein, que imparte clases de Ética Investigadora en el Instituto de Tecnología de California (Caltech), señala que los timadores sucumben ante la presión por brillar dentro de una comunidad mundial que produce más de 1,4 millones de «papers» –artículos– cada año. Danielle Fanelli, de la Universidad de Edimburgo, otro estudioso del fenómeno, afirma que «los científicos están sometidos a un conflicto de intereses cada vez mayor, pues se encuentran divididos entre la obligación de ser objetivos y exactos y la necesidad de mantener viva su carrera profesional».

Por otra parte, «la investigación es muy complicada y no hay nada de malo en equivocarse, eso no es un fraude», aclara Goodstein. Para filtrar errores, antes de publicarse todo descubrimiento se somete a un proceso de revisión. Después debe ser verificable por cualquiera que siga el mismo procedimiento, por lo que en esta profesión de escépticos, las mentiras suelen saltar a la cara del impostor. Aun así, en la última década se han seguido registrando casos de engaño. Analizamos cinco de los más polémicos del siglo XXI.

 

Hwang Woo-Suk

El fraude: en marzo de 2004, el científico anunció que había conseguido, por primera vez en la historia, clonar un embrión humano y obtener una línea celular de éste. Los resultados se publicaron en la revista científica «Science», que un año después recogía un segundo «paper» extraordinario: aquella vez Hwang había obtenido no una, sino once líneas de células madres embrionarias procedentes de varios donantes escogidos. Parecía haberse iniciado una nueva era de la medicina… pero se trataba de una gran farsa.

Consecuencias: el mundo científico y la opinión pública se exaltaron con la noticia. Significaba un paso de gigante hacia la creación de tratamientos a medida contra dolencias degenerativas como el alzhéimer, la diabetes o el párkinson, puesto que permitía cultivar células pluripotentes adaptadas a cada paciente para reemplazar tejidos sin provocar rechazo inmunitario. Hwang se convirtió en el líder indiscutible en su campo.

La evidencia: el asunto empezó a oler raro cuando en 2005, un colaborador abandonó el proyecto alegando razones éticas: habían pagado a las mujeres donantes de óvulos para sus investigaciones. Hwang se disculpó y obtuvo un apoyo enfervorizado en su país, pero en diciembre de 2005 salió a la luz su mayor vergüenza: la Universidad de Seúl descubrió que sus once líneas celulares eran fabricadas. El mundo entero se preguntó cómo la prestigiosa revista «Science», que se retractó de las dos publicaciones, había creído una mentira de tales proporciones.

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Veredicto: culpable.
Hwang insistió en que había sido víctima de la conspiración y el sabotaje de sus colaboradores, pero de poco le sirvió. En marzo de 2006 fue despedido de la Universidad de Seúl, y en 2009 un tribunal surcoreano le declaró culpable de malversar fondos y comprar óvulos humanos. Conmutó su pena de dos años de cárcel por otra de tres bajo vigilancia. Curiosamente, la fiscalía no le acusó por la falsificación de resultados científicos.

Centro Médico  Baystate, Springfield

El fraude: Reuben era una eminencia en las terapias contra el dolor postoperatorio. Según sus estudios, ciertos analgésicos y antidepresivos modernos –fabricados por farmacéuticas que financiaban sus investigaciones– eran más efectivos que la tradicional morfina, a pesar de los riesgos cardiovasculares que conllevaban. Estas recomendaciones, tan influyentes como fraudulentas, han sido el mayor escándalo de la anestesiología de los últimos años.

Consecuencias: cada uno de los 21 artículos de Reuben fueron fuentes de las que bebieron miles de facultativos de todo el mundo. Como afirmó Steven Shafer, editor jefe de la revista científica «Anesthesia and Analgesia», que publicó diez trabajos de Reuben, «sus descubrimientos han estado aplicándose ampliamente y tuvieron un enorme impacto en este campo». Los estudios del anestesista recomendaban el uso de medicamentos analgésicos y antidepresivos modernos fabricados por varias empresas farmacéuticas, de las cuales algunas financiaban sus investigaciones. Aseguraba que las combinaciones adecuadas de estos nuevos fármacos eran más efectivas que la aplicación de los tradicionales, como la morfina, a pesar de los riesgos cardiovasculares que conllevaban.

La evidencia: tras una auditoría rutinaria, en marzo de 2009 la portavoz del Centro Médico Baystate anunció que Reuben había fabricado los datos de sus análisis. Fue una bomba informativa: avances ya consolidados en las terapias del dolor, que se basaban en 21 estudios que él firmó durante 12 años, quedaban en entredicho. Se ha valorado en miles de millones de dólares el gasto en fármacos que provocó este timo.

Veredicto: culpable. El apodado Doctor Dolor fue destituido de su puesto, dejó su plaza de profesor en la Universidad de Tufts y abandonó la práctica de la medicina.

 

Jon Sudbø, Dentista y doctor en Medicina en Oslo

El fraude: en 2005, la revista médica «The Lancet» publicó una investigación de Sudbø en la que aseguraba que algunos analgésicos, como el ibuprofeno, disminuían el riesgo de cáncer de boca en fumadores. Pura ficción.


Consecuencias:
el hallazgo prometía grandes avances en la investigación oncológica y despertó las esperanzas de los afectados por tumores bucales. No se han cuantificado los efectos que tuvo en los pacientes de cáncer bucal, pero sí se sabe que muchos oncólogos incorporaron los fármacos indicados por Sudbø a sus tratamientos. Al fin y al cabo, sus resultados estaban avalados por «The Lancet», una biblia para los facultativos.


La evidencia:
a finales de 2005, se desveló que los datos de Sudbø procedían de registros que aún no se habían publicado. Sospechoso. Una comisión independiente investigó los detalles y en junio de 2006 confirmó que se había inventado, literalmente, las vidas de los 908 pacientes del estudio. Además, otros 15 artículos estaban manchados por la manipulación y la fabricación de datos.


Veredicto: culpable.
Sudbø reconoció sus fechorías. Perdió el título de doctor –su tesis también era un fiasco–, y el derecho a ejercer la medicina. Gracias a una autorización limitada para trabajar como dentista en Noruega hoy puede ganarse la vida, por fin, honradamente.

Jan Hendrik Schön, Físico. Bell Labs, Nueva Jersey

El fraude: hacía mucho tiempo que la ciencia no paría un investigador tan prolífico y excelente como Schön. Con 32 años, las mejores revistas científicas llenaban páginas con sus artículos y muchos le veían recogiendo un Nobel.

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Consecuencias: en 2001 publicó un artículo en la revista «Nature» en el que decía ser capaz de crear transistores de escala molecular mediante compuestos orgánicos. El silicio dejaría paso a materiales orgánicos con los que fabricar chips más pequeños y baratos. Una revolución científica y económica se gestaba en el laboratorio de un treintañero. O eso creía todo el mundo.


La evidencia:
ningún investigador era capaz de reproducir los resultados del brillante físico. Escamados por tanta perfección, pronto sus colegas detectaron que en varios experimentos las señales tenían el mismo nivel de ruido –algo muy improbable– y, tras los primeros gazapos, descubrieron más datos duplicados. Un comité de Bell Labs, donde trabajaba, inició una investigación en la que pidió a Schön sus datos en bruto… pero los había perdido. En septiembre de 2002 el comité hizo público el informe sobre el caso: 16 pruebas de mala conducta científica, entre las que se incluían la reutilización de datos y la falsificación de gráficas.

Veredicto: culpable. Schön pasó de héroe a villano en un año. Entre 2002 y 2003 se retiraron 21 artículos suyos. Él aseguró que, aunque sí había falsificado datos para llamar la atención, otros sólo eran incorrectos por error. Aun así, Laboratorios Bell le despidió y perdió el título de doctor. Actualmente no hay huellas de su actividad: ha sido desterrado del Olimpo de los científicos.

 

Rusi Taleyarkhan, Universidad de Purdue, Indiana

El fraude: el ingeniero indio afirmó en 2002 que había alcanzado, por fin, la quimera que persiguen los físicos desde hace 50 años: la fusión nuclear controlada. Consiste en unir varios núcleos atómicos para formar uno más pesado, con una liberación energética que podría aprovecharse para producir electricidad. Taleryarkhan decía haber logrado una fusión fría, es decir, a temperatura ambiente, en contraste con la que se produce dentro de las estrellas a altas energías. Para ello bombardeó con ondas sonoras una celda llena de acetona y deuterio. Según él, las vibraciones hacían que las burbujas de líquido se calentaran tanto como para fusionar los átomos. Su experimento de sonofusión abría la puerta a una revolución energética. El problema es que nadie ha logrado reproducirlo sin su supervisión. Este aún polémico caso se conoce como «Bubblegate» –del inglés bubble, burbuja–.


Consecuencias:
de la fusión fría se ha hablado largo y tendido desde que en 1989 los químicos Stanley Pons y Martin Fleischmann, de la Universidad de Utah, anunciaran que la habían logrado sólo con un par de electrodos conectados a una batería y sumergidos en un recipiente con agua pesada. «Nature» se hizo eco del experimento, erróneo, como se demostró más tarde –aunque sin intención de engaño–.El anuncio de Taleyarkhan alentó a quienes siguen confiando en que la fusión fría es posible.


La evidencia:
los físicos se lanzaron a repetir sus ensayos sin ningún éxito. Tras años de controversias, en 2007 la Universidad de Purdue abrió una auditoría interna y en julio de 2008, concluyó que Taleyarkhan era culpable de falsificación de pruebas. Mintió al citar a varios científicos independientes que habían corroborado su experimento, cuando en realidad eran miembros de su propio laboratorio.

Veredicto: culpable…a medias. El ingeniero vio rebajado su estatus en la Universidad de Purdue y hasta septiembre de 2011 no podrá disfrutar de los fondos federales estadounidenses. Sus defensores denuncian una campaña de acoso contra él. Lo cierto es que nadie ha demostrado que lo suyo sea un fraude, sólo que mintió sobre las verificaciones de los ensayos.

fuente: larazon.es

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