EL PRIMER HOMBRE: ¿Destino o construcción? por Julieta Ruiz Díaz

EL PRIMER HOMBRE: ¿Destino o Construcción?

 

por Julieta Ruiz Díaz

 

Esta semana, releí el libro El Primer Hombre, de Albert Camus. Es su autobiografía.

Camus: escritor, filósofo y tanto más, nació en Argelia, en Mondovi.
Vivía con su familia: una madre débil y una abuela fuerte y dura. Si no me equivoco, también un hermano. Eran muy pobres.
Albert Camus murió en un accidente de auto en el Boulevard de la République, en Saint Cloud, en las afueras de París. Era el año 1960.
No voy a analizar la obra de Camus. Muchos ya lo han hecho antes y mejor que yo.

Retengo de este libro, que recomiendo leer por su maravillosa y talentosa prosa, el tema de la educación. Otro tema ya tan tratado y hasta trillado.
Cuando Camus gana el Premio Nobel, le escribe una carta de agradecimiento a su maestro: el Señor Germain.

Cuando pienso en educación, pienso en todo lo que es contrario a la mezquindad, avaricia y mediocridad. Pienso en bondad y generosidad
Fui alumna. Y hoy soy profesora. De francés. En la Universidad Nacional de Cuyo. También enseñé en la escuela secundaria. En Argentina y en Francia.
Cuando recuerdo la historia de Camus, un chico pobre, sin recursos, sin el apoyo familiar, sin contención, vienen a mi mente tantos casos que conocí como profesora y tantos que existen sin que lo sepamos. Y a tantos que no saben o no quieren verlo.

Hablo con los estudiantes y las estudiantes, y los escucho. Me doy cuenta de la falta de empatía que hay en la enseñanza universitaria actual. Empatía, otra palabra lamentablemente muy gastada pero tan cierta.
Convivo con los estudiantes, conozco sus realidades, miro el camino que han recorrido y que recorren para estar en esas aulas. Veo sus esfuerzos, sus angustias ocultas o que tienen que ocultar. Convivimos en un sistema carente de lógica y de sentido común. Las cosas son porque sí. Veo la falta de naturalidad en la enseñanza entre profesores y alumnos. No son todos, por suerte. Pero son muchos. Demasiados, a mi entender.

Y siempre vuelvo a pensar en Camus. En ese maestro que lo ayudó a ser un hombre en el verdadero sentido de la palabra. El Primer Hombre, porque fue la educación la que lo hizo ser el primero de su familia en poder estudiar. Y tenemos tantos Camus en nuestras aulas.

Siempre recuerdo con gran amor, la frase de una alumna que tuve en la Facultad de Ciencias Políticas en el año 2010. Ella estudiaba Sociología. Era y es, brillante. Hoy, es mi amiga. Y haciéndolas hablar (éramos todas mujeres), en clase, de temas cotidianos, de todo y nada que es lo más difícil de lograr en un idioma extranjero, ella dijo, hablando sobre lo que es ser un profesional en serio: “yo me pregunto cuándo alguien deja de ser bondadoso en su profesión, en qué momento le dejó de importar el otro”. Cuánta razón tenía.

Y me viene a la mente otra alumna, de otro curso, hablando en una clase sobre las virtudes y los defectos humanos. De las convicciones y las ideas. Y tratando de alejarme de los libros de texto de idiomas que nunca me gustaron porque son ficticios y aburridos. El grupo hablaba, en francés, sobre lo que más los sublevaba a nivel humano. Y ella dijo: las desigualdades.

De nuevo vino Camus a mi mente.
Ellas veían y analizaban lo humano. Y hoy forman parte de esos profesionales a los que sí les importa el otro. Felizmente.
Pero muchos alumnas y alumnas sufrieron y sufren lo humano. O, mejor dicho, lo no humano.

Hoy, en nuestra universidad pública tenemos a tantos estudiantes que necesitarían un Señor Germain que les tienda una mano generosa, que los acompañe el camino.

En muchas ocasiones, mis colegas, me han calificado de “madraza”, de “demasiado generosa con las notas”, “de muy informal en el trato”, “de desviarme del programa de estudios”. Y orgullosamente, todo es verdad.
Pero cuando pasan los años, y me encuentro a esos pequeños Camus y veo que quizás por una palabra o un gesto a tiempo pudieron seguir, me siento profundamente feliz por ellos.

Uno de los grandes errores del medio académico actual, a mi modesto entender, es seguir repitiendo la bendita frase de “el que quiere puede”. No dudo de que el esfuerzo personal es indispensable. Pero si no hay un entorno que ayude, que colabore para tratar de acercar a todos a algo lo más parecido posible a la igualdad de oportunidades, el camino es muchísimo más difícil, y a veces, imposible.

Tuve un padre que fue una eminencia en lo suyo, profundamente inteligente y culto. A de más de treinta años de su muerte, muchos ex alumnos lo recuerdan. Y además de recordar su saber, recuerdan especialmente su generosidad y su simplicidad para explicar. Eso es saber mucho: transmitirlo fácil. Eso es ser generoso: hacer que el otro llegue al otro lado del camino. Eso es ser inteligente: ver en el alumno un futuro colega y alguien a quien le vamos a dejar lo que sabemos. Y no una competencia a quien le damos lo menos posible para que le sea difícil llegar.

Sería fantástico, como diría Serrat, que todos los que educamos, deseáramos que esos estudiantes nos superen y sean mejores que nosotros. Eso es ser educador exitoso. Y no, dar conocimiento a “dosis homeopáticas” como se dice en francés, es decir mínimas, para que nadie nos supere y así seguir reinando. Son reyes en el mundo de los ciegos. Tuertos. Eso se llama mezquindad y mediocridad.

Muchos profesores, dicen que se han invertido los roles, que los alumnos ya no son lo que eran. Es verdad. Hoy es otra la realidad. Por un lado, eso es bueno, y por el otro no.

Lo bueno, es que los alumnos y alumnas son más valientes y muchos logran pelearla. Un poco más que antes. Al menos, ya no está pre establecido que el que nace pobre no puede estudiar. Otros no llegan, como fue siempre. Y lo terrible es que muchos hoy sigan viendo ese “no llegar porque no” como un camino ya marcado e irreversible. La educación debe ser una herramienta que revierte el destino. No hay destino en realidad. Hay hilos. Y la educación sin profesores que ayuden a tejer esos hilos, no puede concretarse porque se queda en algo abstracto.

El problema es que muchos son los profesores a los que les gustaría volver el tiempo atrás pensando que el estudiante está al servicio de ellos. Y es al revés. Todas las profesiones necesitan profesores para poder formarse. Los profesores somos obreros que construyen profesionales. No hace falta aclarar que nombro la palabra “obrero” como algo extremadamente positivo.

La infancia decide, decía el gran Sartre. Y esa infancia, va a la escuela (si puede), va al secundario (si lo logra) y va a la universidad (si llega).
Por eso es nuestro deber como profesores, como personas, acompañar a cada Camus que empieza a recorrer el camino. Es imperdonable que un estudiante tenga que renunciar a una carrera por falta de ayuda del medio, por abandono, ni qué hablar por causa (o culpa, que sucede) de un profesor.

Estoy convencida de que la educación es un derecho y es un deber recordar nuestro juramento. Formar a los estudiantes en su andar.
Creo en la educación pública, por supuesto. Pero pública no significa solamente no pagar. Significa acercar y facilitar el conocimiento. Público significa de todos y para todos. Significa conjunto y colectivo. Es inconcebible que el sistema educativo provoque muchas veces un rechazo en los estudiantes en vez de provocarles atracción.

Miro con optimismo a los más jóvenes y confío en que cada educador, pueda ayudar al menos a un Camus. Confío en la valentía de los más jóvenes. Confío en que tender esa mano, siempre vale la pena.
Y cito al gran Camus, terminando con su bellísima carta para su maestro, en 1957, cuando recibió el Premio Nobel:

Querido Señor Germain:
He esperado a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Le mando un abrazo de todo corazón.

Albert Camus

 

*Julieta Ruiz Díaz, profesora de francés.

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