DIARIO DE UNA CUARENTENA por Héctor Rodríguez

DIARIO DE CUARENTENA

 

POR HÉCTOR RODRÍGUEZ

 

Hoy fallecí. A las cinco y media de la tarde. Llevaba ocho días internado en una clínica. No pudieron reanimarme. Hice dos paros cardíacos en menos de una hora. Vi cómo los médicos corrían de aquí para allá enfundados en sus trajes blancos, cubiertos con barbijos y guantes. Alcancé a escuchar se nos va, se nos va. Después, el silencio. Y un parte frío. El paciente Héctor Rodríguez, argentino, de 61 años, internado por Covid-19 desde el pasado 10 de abril, falleció hoy a las 17.35 por un paro cardiorrespiratorio.

El informe médico ampliado supongo que lo completarán más tarde. Ahora apenas me cubren por completo con una sábana blanca después de quitarme el respirador que de poco sirvió. Buscan en una pantalla el número de mi hijo mayor para avisar de mi muerte. Escucho a lo lejos cómo grita por teléfono. Cómo puede ser, si ustedes nos dijeron que venía estable, dice con desesperación. Que se descompensó, que le volvió a subir la fiebre en estas horas y sus pulmones estaban agotados. No puede ser, díganme que no es verdad, se escucha del otro lado de la línea.

No habrá velatorio, ni autopsia ni entierro con familiares. Me trasladan en una ambulancia mortuoria, me dejan en un pasillo húmedo de la morgue. Un médico constata mi muerte, completa a mano una ficha y de allí me envían directo al cementerio junto a otros siete pacientes fallecidos hoy, viernes 17 de abril, por coronavirus.

Diez días antes, en una videollamada con mis hijos, mi hija me preguntó si de verdad me sentía bien, me notaba algo desmejorado. ¿No tendrás fiebre, verdad? Dije que no. Papá, tosiste tres veces en media hora, ¿te sentís bien? Nunca estuve sugestionado ni asustado. Dos días más tarde una ambulancia me recogió en mi edificio. Dos vecinas me dejaron mensajes en mi celular. Si estaba bien, si necesitaba avisar a alguien.

Una sola vez, estando internado, pudieron verme mis familiares. Con barbijo y a distancia, desde fuera de la habitación. No se acerquen, les imploré, puede ser peligroso, voy a estar bien.

LEÉR MÁS  Chubut elabora protocolos específicos para cada sector de la actividad turística

“Voy a estar bien”, intenté convencerme durante todas esas horas. No advertí que iba llegando mi final hasta el último día, donde respirar era un esfuerzo enorme y el cansancio era demoledor. Fui perdiendo la conciencia desde esta mañana, hasta el último latido de la tarde, en una habitación en penumbras, junto a otro hombre mayor que también murió hoy.

Ya no hay nada que hacer. Llorarme unos días, recordarme algún tiempo, lamentarse siempre. Esto no podía pasarme a mí, me dije, si tenía tanto que hacer apenas terminara la cuarentena. Abrazar fuerte a mis hijos, lo primero. Decirles cuánto los amaba; visitar a mi padre, de noventa años, a mis hermanos y a todos mis amigos y amigas. Tenía tanto por hacer en esta era del barbijo. Escribir crónicas, presentar por fin mi libro, estrenar un amor, viajar a Cuba y reírme todo lo que me privé en este tiempo extraño, distanciado de todos, hundido entre tanta incertidumbre por el después de este mundo detenido. Debía seguir trabajando, leyendo lo que me faltaba, comprando helados de crema americana y buscando libros raros. Me había prometido caminar más seguido, buscar a un viejo amigo del que me distancié y ver más películas. Y hasta comprarme una bicicleta para andar por el Parque. Hasta eso me había juramentado. Y otras cosas que ahora, en medio del ahogo que me va a llevar a la muerte, ya no puedo registrar.

Recordar. Tal vez eso sí me sea posible antes que me cremen y sea un puñado de partículas grises formando parte de una estadística que dirá que “en el día de la fecha fallecieron siete pacientes en la Ciudad de Buenos Aires, todos hombres”. “Uno de ellos, Héctor Rodríguez, quien hasta último momento creyó que no le tocaría a él, y por lo tanto seguía su vida enfrascado en su departamento, leyendo, mirando el silencio por la ventana, escuchando noticias de ciudades vacías y hablando con los suyos mientras el virus lo iba carcomiendo por dentro y dejaba atrás su vida, sus pasiones, sus miedos y contradicciones”. Pensé entonces en mi amor por la literatura, por Rodolfo Walsh y el Gordo Soriano; por la música de Debussy que me emocionaba hasta las lágrimas. También en mis años de casado, cuando compramos la casa y la felicidad la sorbía de a ratos, y antes, en un par de noviazgos de iniciación. Mis veraneos en Miramar y hasta los viajes a España e Italia. Mi adolescencia y los meses que pasé en cama, sin poder volver a jugar al básquet. En mi niñez jugando al hombre del rifle o haciendo de cura que confesaba a mis hermanas, usando el lavarropas de confesionario. O juntando figuritas en un patio de baldosas rojas, en la casa de la calle Estomba, en Saavedra, cuando el hombre ni había llegado a la Luna. Rezando porque mi mamá no muriera tantas veces como lo imaginé, viviendo con ese miedo constante y oculto mientras devoraba la colección Robin Hood y esperaba el Día de Reyes y los panqueques de los viernes. Llorando desde mi cuna y antes, estando en posición fetal dentro de la tibieza del útero de mi madre, ahogado en llanto. Como ahora, que despierto de madrugada, empapado de sudor y angustiado, hoy viernes 17 de abril, tras una pesadilla insoportable.

LEÉR MÁS  PEDIDO DE INFORMES AL BANCO CENTRAL SOBRE FUGA DE DINERO

Me levantaré ahora mismo, correré las cortinas, abriré las ventanas y respiraré hondo y despacio, mientras disfruto las nubes espesas en medio del silencio más profundo. Pondré la pava al fuego y encenderé un sahumerio. Y mientras tarareo bajito una zamba del Cuchi batiré con suavidad la yerba dentro del mate de cuero y proyectaré mi día –y hasta imaginaré el futuro y lo que quede de esperanza en medio de esta pandemia–, que imagino por qué no luminoso y cálido. Trataré por todos los medios salir del desconcierto, la inmovilidad y la dispersión. La vida, dicen, está hecha de poesía y musicalidad al alcance de la mano. Y yo tengo tantas cosas por hacer.

 


 

 

Héctor Rodríguez es periodista y escritor. Vive en Buenos Aires.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here