CRÓNICAS URBANAS DE CUARENTENA: MI BARRIO por Emilio Vera Da Souza

vivo en este barrio desde hace 20 años… tenía pelo, y era esbelto,

solo una vez que llovió tanto, me asusté de la posibilidad de que entrara el agua a mi casa desde la calle, que parecía un río…

una sola vez me robaron algunas cosas de mi auto que estaba en el puente de mi vereda… pero el ladrón tenía razón: el auto estaba con las puertas abiertas, los vidrios bajos y la llave puesta… me parece que yo volvía de una degustación de vinos de Altos Las Hormigas, … el tipo no se llevó el auto, porque no quizo… a lo mejor no tenía carnet…

por mi calle hay dos plazas con diferencia de 6 cuadras… pasan muchos colectivos, está la almacén de la Betty y el Dany. Venden de todo… a veces saladito… pero no tanto como otros… a la vuelta hay una panadería que hacen tortas fritas los días de frio y lluviosos… más por acá vive el Eduardo… mecánico retirado, que cuando te ve, te cuenta un cuento…

algunas veces cuando salgo por algún motivo, pasa el Federico con la Jennifer, y me saludan con bocinazos y a los gritos… llevan la camioneta llena de animales pulguientos y sarnosos, que la gente deja abandonados y ellos sanan, porque son veterinarios y solidarios y la Jenny es peleadora como un Panzer. 

una vez pasó un tipo, hace mucho, al que habían herido con un cuchillo cerca del zanjón por la rotonda del avión, y se desmayó en mi vereda, yo le paré la hemorragia y llamé al servicio coordinado de emergencia, vinieron y le pusieron puntos, con una aguja redonda, lo desinfectaron, le pusieron un calmante, y llamaron a la policía… vino la policía y se querían llevar al tipo preso, que estaba como perdido por el efecto del jeringazo, la pérdida de sangre y el cagazo espantoso, más a la cana que a morir… los canas me retaron por haber ayudado a un malandrín y cuchillero, que no hay que meterse y que ni ocho cuartos… final del asunto: me llevaron preso por una discusión de tono un tanto elevado y palabras fuera de la corrección cívica. Como a las dos horas, llegó el comisario Salvador Miguel Orellana, un tipo como de las historias de Osvaldo Soriano. Triste, solitario y final. Les dijo a sus subordinados que no sabían a quién habían metido preso y que eso les pasaba por no leer los diarios… les ordenó que me pidieran disculpas y me pidieron disculpas. Yo, instantáneamente y con palabras que no puedo ahora escribir acá, rechacé las disculpas por no considerarlas sinceras. El Comisario Orellana me echó de su oficina, recaliente… y me fui. 

otra vez, en la noche tarde, a Doña María, la vecina de atrás, que era muy viejita,  se le incendió la casa… yo me di cuenta por el humo, corrí en calzoncillos hasta su casa y tuve que sacarla entre las llamas y el humo… había prendido la ornilla para calentar agua para hacerse unos mates y con el viento de la ventana una cortina se movió y agarró fuego… doña María era sorda, y yo la saqué alzada en mis brazos. Nunca se enteró que se le había incendiado la casa… se la llevaron unos parientes esa noche y no la vi nunca más…

mi barrio es de clase trabajadora, algunos profesionales liberales de clase media, hay un médico a la vuelta, una costurera en la esquina, un soldador, una gimnasta rusa, una planchadora, la señora de la farmacia, tallercitos de diferentes oficios, galpones donde se fabrican cosas en forma subrepticia, hay conventillos y pibes buenos que a veces hacen picardías, juegan a la pelota a las tres de la mañana, mientras una parrilla al costado del cordón de la vereda sostiene un asadito improvisado…

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mi barrio está en la Cuarta… de San Martín para las montañas Cuarta Oeste, por la Alameda para abajo Cuarta Hollywood, y más para abajo la Cuarta de Fierro, donde trabajan las putas en las esquinas, cuidadas por las chicas de AMMAR. Dicen los vecinos que en las cuadras donde hay putas no hay robos… más hacia el norte, antes de llegar a Las Heras está la Cuarta Soho…

por mi calle pasan muchos autos, camiones municipales, herreros, unas cinco líneas de colectivos, y gente que va a los diferentes comercios y empresitas…

desde hace unos cuantos días las calles de mi barrio están desoladas y tristes… no pasan los niños de las escuelas de la calle Juan Fufré, ni los que van a las canchas de la calle Montecaseros a jugar fulbito…

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pero hoy, en medio de la cuarentena por la pandemia casi incomprensible, casi de fantaciencia, nunca había visto tantos vehículos ni tantas personas caminar por las veredas de mi barrio…

nunca tantos como hoy caminado las veredas.

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