«CHICO POLAROID» fotógrafo de los vagabundos

Por Emilio Vera Da Souza

Revisando las redes, como suelo hacer para buscar algo interesante, encontré en diferentes lugares unas fotos que extrañas que mostraban algo en común: vías y trenes, personas rarísimas, imágenes sórdidas, belleza y naturalidad. Las encontraba en lugares no muy usuales. Espacios culturales, sitios dedicados a la fotografía de autor, museos no muy conocidos, galerías y colecciones, los estantes de las librerías dedicados al arte y la fotografía. Todo separado… hasta que pude juntar el rompecabezas en mi cabeza rota.

Mike Brodie, es el nombre del que está detrás de la cámara. Y fue encontrarlo y descubrirlo despertar a la curiosidad para tratar de darle sentido a las piezas sueltas y poder armar así esa historia.


Hace poco menos de dos décadas Mike Brodie subió clandestinamente a un tren carguero para rajar de su casa, tratando de olvidar una infancia infeliz y una adolescencia tan complicada que no ofrecía nada para quedarse. Apenas con 18 años, se fue por las vias buscando nada. Y con una Polaroid SX-70 que un amigo suyo le regaló, seguramente “encontrada” adentro de algún auto con los vidrios bajos, en el asiento de atrás.

Mike en el tren comenzó a sacar fotos a los que andaban como él: sin rumbo, pero en la vía; sin destino, pero en la vía; sin un mango, pero en la vía; solos y mugrientos en la vía.

Con un destino tan desconocido como unívoco: cada tren, cada estación, cada pueblo… los alejaba de las vidas miserables que tenían y los acercaban a ningún lugar… pero los acercaba.
Con esa cámara sacó cantidades de imágenes… hasta que la Polaroid dejó de fabricar las películas “time Zero” para esa máquina. Instantáneas.

De esa primera etapa son la mayoría de los retratos que Mike tomaba a quienes se cruzaba en su camino de acero. Luego le ayudaron a realizar una selección de ese material, con las imágenes de sus compañeros en vagones y casas tomada. Así se armó, con ese primer material, su segundo libro “Tones of Dirt and Bone” (2014).


En 2006 tuvo que cambiar de cámara. Consiguió comprar una Nikon F3 usada, por 150 dólares y el “nuevo” formato de 35mm cambió también su manera de obtener las imágenes. Ya no se limitó a los retratos más o menos estáticos de su primera época sino que comenzó a mostrar las acciones, paisajes en incluso la velocidad que acompañaba a esos rostros en continuo tránsito.

Estas fotos fueron las seleccionadas para su primer libro, publicado en 2012, “A Period of Juvenile Prosperity” que fue inmediatamente recibido con grandes halagos por la crítica especializada y reputados fotógrafos, a los que Mike no conocía, ni jamás había escuchado hablar de ellos. Obtuvo un destacado reconocimiento, por hacer lo que hacía sin un plan muy elaborado: tratar de conseguir comida saltando de un vagón a otro, de un tren a otro, por todas las vías a lo ancho de EEUU. Y cuando lo ancho se topó con las costas y las playas… seguir a lo largo…

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Brodie se empezó a conocer por internet, ya que con el sobrenombre que le pusieron quienes ya lo conocían en los trenes “Polaroid Kidd” pudo mantener un sitio en el que subía las imágenes que hacía revelar en los laboratorios que encontraba en los pueblos y pequeñas ciudades… escaneaba los negativos y comenzaba la magia inexplicable. Contar una historia sólo con fotos.

Cuando empezó a ser un poco más conocido de lo que él podía asumir… decidió bajar su página de internet y mantenerse oculto de las miradas del público, los diarios y revistas, de los curiosos y sobre todo, de las autoridades, ya que los que aparecían en las imágenes, estaban casi siempre al borde de la ley. Y él quería sus retratos pero no su persecución policial.

Se acordó haber conocido a un editor que se le había presentado en uno de los locales de revelado fotográfico. Lo llamó y Gail Schiek, lo convenció para darle un sentido a su material, publicarlo y exponerlo.
Las imágenes fotográficas de Mike Brodie son principalmente de una gran espontaneidad y son impactantes por su pulsión de vida y al mismo tiempo tienen una técnica y encuadres de calidad, originales, preciosos, precisos. No parecen de un autodidacta, con un equipo basado en sólo una cámara con un lente común. Y su más interesante aporte: la absoluta libertad de no saber nada de nada ni tener un plan ni un calendario a los que atarse. Su búsqueda era azarosa pero constante. Y efectivamente podía aprender sin mucho apego a una escuela determinada.

Allí estaba todo incluido aunque para Mike no tenía un nombre lo que hacía. Ni el determinismo de la historia de los consagrados, ni el peso del público y la crítica. Y así se fue consolidando. Quizá tenía algo de la literatura de los primeros punk, Jack Kerouac “En el camino” y el cronista de las miserias urbanas del país de norteamérica, Charles Bukowski. Mike estaba en el camino de la marginalidad, pero solo para retratarla desde adentro.

Brodie, confiesa que, aunque le halaga la comparación, no es un gran lector y no conoce esas historias. Viajó por las vías de los trenes cargueros, como lo hizo Kerouac por las rutas, cincuenta años antes… pero él no lo sabía… Recorrió más de 80.000 kilómetros. Escapando de su destino de mierda en Arizona, con un padre que estaba más tiempo preso que en las casa, con una madre que se aferró a la religión para poder soltar el alcohol, con una abuela camionera y también alcohólica y un abuelo que había abusado de él cuando niño.

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“Mi vida era absolutamente aburrida”, cuenta Brodie, ”no había encontrado una dirección ni sabía qué es lo que quería. Sólo me parecía bien dejar mi pueblo y viajar, para ver qué pasaba. Era joven y no tenía responsabilidades, era lo mejor que podía hacer”.

Dos años después de los inicios en los trenes encontró que había bastante gente subida como él, clandestino, sin permiso y sin saber hasta dónde llegar, ya lo conocían por su apodo “Polaroid Kid”. Era el muchacho de la cámara que subía las fotos a internet. “Realmente me sentí intrigado por la gente que me encontraba, y las cosas que veía”, dice Brodie. “Quería capturar esos momentos en fotografías, así que me convertí en un adicto a documentar mi experiencia y a compartirla con otros”.


Su pasión por la fotografía se vio reforzada por azar. Él y su amiga Savannah robaban libros para revenderlos en amazon.com. Un día se robaron 4 libros de fotografía: The Bikeriders de Danny Lyon, se lo quedó Brodie, regalaron uno de Mary Ellen Mark, el de Sebastião Salgado fue para su amiga y el perro que viajaba con ellos se comió el libro de Steve McCurry.


Sin dinero, ni responsabilidades, él y aquellos nómadas inconformistas salidos del post punk hacían del anarquismo una práctica y el camino era su casa. Mike Brodie dice que no le gusta la poesía ni tampoco los libros. No sé mucho sobre viajes. Pero me he sentido muy halagado al verme comparado con un icono americano como Kerouac”.
Mike Brodie nunca quiso ser un artista, ni vio en la fotografía un medio de vida. Su fotografía nació de un deseo espontáneo mientras se alejaba de su casa y de lo que lo perseguía como destino inexorable.


Las imágenes de este “croto” como decimos acá, son arrancadas a la suciedad, la precariedad, el dolor, el desencanto, pero se acomodan con una pocas mantas sobre el metálico piso de un vagón, con el candor, y el romanticismo de una vida a la intemperie. La cruda realidad de un viaje destinado a terminar, de una libertad a la que el tiempo le destinó un final.

Tiene tres premios, dos libros, decenas de exposiciones en igual cantidad de lugares de todo el mundo. Pero, sorprendentemente algo más a pasado. Desde que muestra sus fotos y no anda por los trenes, recorriendo las vías de todos los lugares, no ha sacado más fotos.

“De vez en cuando, si veo pasar un tren, me recorre un escalofrío raro, y pienso que todo eso esta allí, cerca. No sé si volveré a las vías y los trenes. No me preocupa. Pero sé que están allí”.

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