Castigado en el trabajo

 

Por Pablo Sales ([email protected])

 

Cuando un jefe de una empresa o de cualquier organización laboral se ensaña con un empleado, la mayoría de las veces como vía para obligarlo a renunciar o a cambiar de tarea, a esa acción se la llama “mobbing”.

Muchas personas víctimas de esa práctica padecen serios problemas psicológicos y hasta físicos. En la actualidad hay empresas que han diseñado programas de prevención del mobbing.

 

Los antecedentes pueden encontrarse hace más de 20 años y fue el psicólogo alemán Heinz Leymann, quien realizó los primeros estudios de este fenómeno de la vida moderna descripto como acoso moral y psicológico que se aplica en el ámbito laboral.

 

En su investigación, Leymann platea que el acoso laboral no es un conflicto, porque mientras el conflicto es inevitable, el mobbing es un proceso de destrucción que se puede evitar. Mobbing, significa “rodeo o asedio de una multitud hacia algo o alguien”, es una especie de acoso personal, moral y de desgaste psicológico al que recurren, muchas veces con la complicidad de otros miembros del personal, directa o indirectamente, jefes o altos directivos de empresas para lograr que los trabajadores jóvenes, o aquellos con mayor experiencia y prestigio, incluso quienes poseen los sueldos más altos, renuncien a su trabajo y a los resguardos de ley que implica un despido.

 

Muchos profesionales que estudian estos casos plantean que es la “nueva forma de esclavitud del siglo XXI”. Cuando comienzan casos como estos en general el objetivo es que el empleado renuncie para que la empresa no tenga que pagar indemnización.

El costo para el trabajador es altísimo. Buena parte de los casos deriva en serias complicaciones psicológicas y hasta físicas: algunos terminan con una depresión profunda, fobias y otros con problemas cardíacos o gastrointestinales, entre otros padecimientos.

 

Relato de una víctima

 

“Desde que se puso a trabajar mi nuevo jefe yo sentí que me cambiaba todo. Me hizo la vida imposible desde el primer momento. Fui avergonzada ante mis compañeros, humillada, discriminada, insultada y perseguida. Me sancionaron por llegar tarde a una reunión de la que nunca fui notificada. Me desacreditaban todos los días por lo que hacía en mi trabajo. Pude aguantar nueve meses esta situación. En estos momentos no puedo trabajar porque mi médico dice que todavía no estoy lista. Yo siento que me arruinaron la vida, y la carrera.

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La empresa, de origen extranjero, empezó a cambiar la política de recursos humanos, y a querer desprenderse de quienes teníamos más antigüedad. Al poco tiempo de tratar con ese nuevo jefe tuve depresión aguda, insomnio, ataques del llanto y de nervios, gastritis; y a los cinco meses ya estaba en tratamiento psicológico y psiquiátrico, tomando antidepresivos y calmantes en dosis cada vez más fuertes”, dice y recuerda que a los nueve meses de vivir esa situación, su médico le dio licencia por “estrés laboral. Luego vino el despido y el juicio por no querer la empresa pagar la indemnización. Muchas personas de la empresa declararon voluntariamente a favor de la acosada.

 

Martina, era secretaria ejecutiva, de 42 años. Hoy está sin poder trabajar.

 

La gran culpa como excusa

 

“En estas situaciones, lo primero que surge, dice una abogada especialista en temas de derecho laboral, es la culpa del trabajador que piensa que hizo las cosas mal; que no cumple correctamente con su trabajo.”

 

Para que alguien empiece a utilizar la táctica del mobbing no hay un patrón único; como tampoco algo en particular que dé inicio a la acción.

Un especialista en violencia laboral, médico psiquiatra, indica que uno de los posibles disparadores es “que el subordinado pueda generar envidia en el acosador”.

 

Y advierte: “No todo es mobbing. Esto se da cuando es persistente. Entonces se va generando un sufrimiento mental que puede derivar en lo físico. Se produce una pérdida de la autoestima del empleado, lo que prepara el terreno para la depresión, que puede manifestarse en hipertensión, gastroenteritis y dolores musculares, entre otras cosas”.

 

Algunos especialistas prefieren llamar a esta práctica “síndrome de violentación laboral.”

Los vínculos jerárquicos generan una relación de poder, real o ilusoriamente, que se traduce para algunos niveles de la organización empresarial en impunidad.

En general las víctimas del acoso moral son lo más jóvenes, estudiantes universitarios que están en pasantías; quienes tienen contratos precarios. A diferencia del acoso este no es un problema de género que ataca más a las mujeres que a los hombres.

 

Un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) indica que en el país un 6,1% de los empleados varones son víctimas de este tipo de presiones. En el caso de las mujeres, la cifra trepa al 11,8%. La OIT calcula que en Europa el fenómeno ya afectó a más de 13 millones de personas.

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En algunas provincias argentinas existen legislaciones sobre “acoso moral o psicológico”, pero las normas sólo amparan a los empleados del ámbito público. A nivel nacional, como no hay una legislación específica sobre mobbing, la Justicia opera a través de las figuras de “daño moral”, “discriminación” o “conducta abusiva” y “acoso moral” en el ámbito privado.

 

Ya hay un caso en la justicia de Río Negro que sienta un precedente ya que se admitió la existencia de la figura de mobbing como causal de despido indirecto. Hace menos de un año hubo otro caso en Córdoba donde un tribunal laboral utilizó la misma figura en un juicio por despido injustificado.

 

“El acoso moral se ha profundizado por la desocupación, por los trabajadores en negro; por la situación de desamparo que sufren los empleados”, explica el abogado especialista en derecho laboral de la CGT, Héctor Recalde.

Dice Recalde que es en el ámbito público donde más casos de abuso y desgaste de los empleados se presentan, debido a que no es fácil remover por vía legal –y además no pagar la indemnización– a trabajadores de “planta” que tienen muchos años en una institución.

 

Casos posibles. Casos extraños.

 

En Mendoza se han dado por lo menos dos casos de personas que fallecieron luego de discusiones con sus máximos superiores jerárquicos. En ambos casos se dio de la misma manera, aunque con diferencia de casi un año. Los dos, hombres de más de 45 años, sin antecedentes de enfermedades crónicas, ni conflictos laborales anteriores, fueron maltratados por las autoridades de su área (salud), dentro del Estado, y fallecieron el mismo día del conflicto.

 

Las familias ya han iniciado causas judiciales civiles que son investigadas por la justicia laboral. Ni los abogados ni las viudas, quieren hablar por miedo a entorpecer la investigación de los peritos de sendas causas.

 

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