Aprendió a pintar en prisión y hoy vive de su arte

Cumplió su condena, tras 5 años que se le hicieron eternos, pero fue en ese lugar donde pudo reflexionar y cambiar su vida.

El 27 de febrero del 2014 la vida de Carlos Romero (hoy, 30 años) cambió rotundamente. Por diversas circunstancias del destino (no precisamente las mejores), su rumbo se había desviado de los parámetros de la corrección varios años antes ya; pero ese día llegó el tropezón final para este ex empleado de Vialidad. El mismo tropezón que lo llevó a pasar los siguientes 5 años en prisión, con estadías que fueron rotando entre los penales de Almafuerte y Boulogne Sur Mer. “Fue por robo y narcotráfico. Fueron 5 años eternos, para mí y sobre todo para mi familia”, se explaya con timidez y humildad, pero con la contundencia de quien sabe que se equivocó y pagó. “Nunca más”, acota.

Pero fue también en este período cuando algo su cabeza hizo un click. No sólo al caerle la ficha de todo el camino recorrido y que lo había llevado a ese lugar, sino al descubrir su gran pasión y talento: la pintura. Desde que ingresó al sistema penitenciario -ya purgó su condena y salió en libertad el 18 de febrero de este año- hasta la fecha, Carlos ha pintado más de cien cuadros.

“Siempre supe dibujar, desde chico. Mientras estuve privado de la libertad participé de un taller de tallado y pintura, y ayudaba a los muchachos con los dibujos. Eran talleres que nos permitían subsistir, ya que vendíamos nuestros trabajos. Y con eso podíamos ganar algo de plata para nuestras familias”, rememora el hombre en el living de su casa ubicada en un barrio del oeste godoicruceño.

Además de ser el responsable del proyecto de reparación del módulo en el que se alojó mientras estuvo en Almafuerte, Romero también dibujó y pintó un mural en el pabellón 10 de Boulogne Sur Mer. “Esa fue la primera vez que pinté. Queríamos remodelar el lugar y hacer un lugarcito agradable para recibir a los pastores y a la gente que venía de afuera, porque nadie quiere estar en un lugar donde se cae todo”, reconstruye.

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Ya sin su trabajo en Vialidad -no pudo retomar su puesto al recuperar la libertad, y hace un mes y medio le notificaron que finalmente lo habían cesanteado-; Carlos se las rebusca vendiendo sus cuadros. Además de aquellos que hace para despuntar el vicio y que nacen de su imaginación, también hace por encargo retratos -de personas o de mascotas- y sus trabajos cotizan entre 500 y 600 pesos. “Me muestran una foto y me preguntan si lo puedo hacer. Si yo veo que voy a poder, les pido que me manden más fotos de frente y de perfil. Me las pasan por WhatsApp directamente”, agrega Carlos, quien sostiene que -al menos- lo que gana les alcanza para vivir a él, a su mujer (Yanina) y a su hijo Alexis (6).

“Cuando has hecho cosas malas, siempre salen a la luz. A mí la ficha no me cayó de buenas a primeras, ni tampoco apenas salí. Yo estuve 5 años detenido y cuando me volví a enfrentar con la calle, no era la misma. A eso se suma que adentro viví millones de cosas que no quiero vivir nunca más”, se sincera Carlos, quien completó la secundaria mientras estuvo detenido y hasta comenzó el pre universitario de Gestión de Políticas Públicas en la modalidad de Educación universitaria en contexto de encierro.

“En un primer momento uno entra a la penitenciaría con enfado y no se arrepiente de lo que ha hecho. Pero con el tiempo toma conciencia de los hechos y cosas, y cómo repercuten en uno y en los demás. Uno no se da cuenta del daño que hace cuando comete un delito -cualquiera sea-; y si uno no hace el click, sigue estancado en lo que lo llevó a esa situación”, reflexiona.

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Con el don para dibujar desde pequeño, Romero aprendió a pintar “de mirar, simplemente; así como hay músicos que tocan de oído”. Utiliza pintura acrílica y sus trabajos son plasmados en madera o placas de MDF. De hecho, la mayoría de sus obras están asentadas sobre maderas que sobran de los pallets de gaseosas.

Luego de participar en los talleres de carpintería y dibujo, y de su trabajo inaugural en el mural; Carlos sintió que en esa pasión podría encontrar también un cable a tierra. “Mi segunda pintura fue un paisaje nocturno de un árbol, un lago y la luna que se reflejaba. Lo copié de una imagen que vi en Pinterest; y mientras estuve detenido hice unos 25 cuadros. Cada vez que podía, pintaba. Es necesario estar tranquilo y que se preste el ambiente”, sigue el artista autodidacta, siempre con la compañía de su hijo y quien lo mira con orgullo y hasta exhibe el retrato de él que su padre pintó cuando era más niño.

Por una verdadera inclusión

Carlos sabe que se equivocó y pagó. “Yo lo tenía todo, pero no lo veía. Tenía trabajo, casa, familia. Pero quería más, y lo quería tener más rápido. Entré a la calle cuando tenía 20 años y estuve haciendo cosas que no debía hasta que caí detenido”, repasa el hombre, quien está entusiasmado con poder estudiar Educación Física.

“Me gustaría que haya más seguimiento de la gente que sale en libertad. A mí me ha pasado de salir a buscar trabajo y cuando me piden el papel de buena conducta, sé que tengo una mancha muy grande. Eso ya lo pone a uno en una situación de desventaja. Y es muy común que esa falta de reinserción laboral real termine siendo causante de reincidencia en delitos”, concluye.

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