Tanto ruido en lugar de despertar, adormece

Por Jorge Belaunzarán

-Sigue haciendo la misma película?

-Creo que sí, más allá de lo que me proponga. Inevitablemente un director de mis características hace una sola película, larga. De cualquier manera de todas las escenas de esa larga película me parece que esta es más distinta a otras, más distintas que las anteriores.

-¿En qué sentido?

-Más oscura la siento; más amarga, más cerrada, es más negra.

-Menos ilusa, más resignada.

-A pesar de que se llama Rehén de ilusiones, precisamente. Puede ser.

-Sobre todo por el final.

-Sí, el final tiene que ver con esta negrura de la que hablo. El final no era ése. Tenía otro y coincidió con la visita de Robert McKee, que es un pope del guión de Hollywood y tuve la suerte de que me pidieran de hacerle un reportaje público en la UBA. Lo consulté. Y cuando le conté el final lo que iba a filmar, el tipo me lo cambió. Tú qué quieres hacer, me dijo, ¿una historia de amor o un thriller? Una historia de amor; bueno, entonces el final es otro, porque como la estás terminando es un thriller, no una historia de amor. Ahí lo cambié.

Y cuenta más detalles al periodista, que vio la película, y entonces discurren como si ambos se conocieran, que algo se conocen: hace años, bastantes, hubo otros encuentros para otras publicaciones, que provocan el yo a vos te conozco con el que Eliseo Subiela da la bienvenida. Conocido en los años en que el cine parecía ser, junto con la música, el arte por excelencia de los nuevos tiempos, la que daría e indicaría el sentido del mundo. El cronista no recuerda una película suya oscura; él tampoco.

»El enamoramiento es una locura pasajera, un estado de enajenación; en general, digo. Si encima te encontrás con una mina como la de la película, agarrate. En el reportaje del comienzo el periodista le dice (a Daniel Fanego, que hace el personaje principal): usted dijo que el único amor verdadero es el amor imposible; y él le contesta: no sé si el imposible, pero los más intensos sí. Y lo que se busca de un amor es eso. Es combustible para su oficio, para escribir. Igual él intenta algo con la esposa, porque la chica le hace redescubrir, reconectarse con su energía sexual, e intenta el acercamiento. Tengo la sospecha a esta altura; está bien, he hablado de amor todo el tiempo, pero hablo mucho de enamoramiento y no necesariamente del amor. Excepto en Naufragio (Últimas imágenes del naufragio), ahí sí hay amor. Pero después son todos fuegos artificiales, Oliverio (El lado oscuro del corazón), en la segunda termina acercándose al verdadero amor. Pero el amor es otra cosa, no son esos fuegos artificiales que tanto nos gustan, ¿no?, y si los cuales no se puede vivir jajaja. Me parece que he hablado más de ese estado de encandilamiento, de eso que tiene que ver más con el amor imposible, el amor más intenso. Esto lo dijo alguien, alguno de estos nihilistas, Nietzsche o Schopenhauer, que el único amor verdadero es el imposible, frase que descubrí en mi adolescencia y me encantó. Si es posible se vuelve una esposa, dentro de esa simpleza.

-¿Y por qué sería el verdadero?

-Porque el amor es un trabajo, un compromiso, es otra casa; es más serio. Pero lo otro es fantástico, y sin eso tampoco se puede vivir, y seguramente se escribe y se componen boleros no a partir de los matrimonios sino a partir de este tipo de relaciones imposibles.

-¿Por qué cree que ahora le sale una película oscura?

-Sigo siendo muy optimista. Creo que intenté un poco despegarme de mí, que los personajes no sean tan parecidos a mí; éste se liberó un poco. En parte tuvo que ver esta intervención de Mckee, que lo puso en términos más técnicos, más fríos. Yo busco todo el tiempo; me parece que esta vez hice un ejercicio de a ver si no soy tan optimista. Te confieso que me angustia la película cuando la veo, ese plano final de Daniel (Fanego).

-Hay un tono en el personaje del escritor de Fanego, que es un miedo común en los artistas: caer en la reiteración o cambiar y que resulte un fracaso. ¿Le pasa algo parecido?

-No. Tendrías que ver la próxima que hice después de Rehén (de ilusiones), que se llama Paisajes devorados está hecha con una cámara de fotos y es un falso documental, y esa sí es como un desmelenarse y buscar desprolijidad, es una búsqueda más audaz. Está dando vuelta por festivales. No se me ocurre competir con nadie, tengo mi camino y soy muy coherente. Lo que pasa es que busco todo el tiempo, no me quedo instalado, al contrario, la gracia está en el riesgo y en la búsqueda. En todas mis películas aparece algo de eso a riesgo de que me hayan llamado cursi. No hay ninguna de mis películas instaladas en lo que podría ser una cine industrial »seguro». Si yo quisiera –y no sería simplemente desearlo y lo lográs, y tampoco subestimo al cine industrial exitoso, tipo El secreto de sus ojos- y buscara el éxito de taquilla no haría una película con una cámara de fotos, te hago la historia de un vengador anónimo con (Ricardo) Darín y arrimo el bochín. No digo que va a ser un éxito, pero voy a estar más cerca. En esa línea sí admitiría lo de competir, pero por otra línea no tengo con qué competir porque me considero tan cine nuevo como hacen los chicos más jóvenes.

-Arrancó cuando el cine parecía ser el arte que dominaría el planeta, y al poco tiempo la era digital y lo que eso implicó en la facilidad de acceso desbarató todo. ¿Se puede seguir pensando en hacer películas para estrenar en salas o hay que buscar alguna alternativa?

-Está cambiando todo. Hice la primera película latinoamericana de ficción en video digital, o sea que la vengo sintiendo de hace tiempo. Hoy por ahí estoy más desconcertado, porque lo que está cambiando no es sólo la forma de producción sino la forma de ver cine: la gente ve cine de otra manera. Esto es durísimo. Admitir para nosotros que la gente no va al cine y sin embargo ve cine, bueno, hay que cambiar todo.

-¿Por qué es durísimo?

-Sobre todo para un tipo de mi generación, de mi formación. La sala era como un templo. Nostalgia del celuloide no tuve nunca, pero de la pantalla grande y del sueño colectivo, mucha gente soñando el mismo sueño al mismo tiempo, que era parte de la magia del cine, y, un poco me da cosa. Cuando me hablan de una película que se puede ver en un teléfono, me da cosa. Pero me parece que lo importante es lo que cuentes, no importa el soporte. Y la forma de verla, el tema de exhibición, me interesa más que cómo se produce. Quizás porque el cómo se produce está un poco casi resuelto. Pero cómo llegás a la gente, cómo te hipnotizo; no es lo mismo ver una película en una computadora que con cientos de personas alrededor. Creo que nadie tiene mucha idea de para dónde va a ir el negocio. Pero está cambiando y si no seguís el cambio, te quedás.

-¿Haría películas para la Web?

-La haría pero no pensaría que es para la Web. Contaría una historia, y si me la ponés en la web, bueno. Salvo algún requisito técnico que tenga que observar porque se va a exhibir de esa manera, no me haría filmar distinto. No cuento distinto porque es digital o celuloide, y hago las películas pensando en la misma ceremonia mágica del cine, aunque después cada vez más terminen en una computadora.

-Dice hipnotizar, pero llamar la atención en Juramento y Cabildo es más difícil que hacerlo en un sitio más relajado, como puede ser una sala de cine, a la que además se va predispuesto.

-Creo que es la misma forma que en la sala: es una historia, si te engancho y te emociono… El tema es que hay menos posibilidades de que sueñes si estás durmiendo en un cuarto con mucho ruido y con mucha luz, pero soñar podés soñar igual. La forma de ver cine se ha contaminado de tal manera con el cine de Hollywood y con los videos juego, que lleva a una especie de epilepsia visual, el colmo del zapping. Eso me asusta, me da miedo, que se esté armando un espectador nuevo donde ahí sí definitivamente no entenderían una película mía. Por ahora podemos competir, no sólo las que hago yo, las que hacemos directores que no estamos en el maistreim. Pero no sé cuánto. Los trailes de las películas yanquis son tremendos: yo hago así (golpea el escritorio para marcar el ritmo) y te acierto con los cortes; matemáticamente duran dos, tres segundos, no pueden durar más, si no la gente se aburre, se duerme. Eso es tremendo. En el medio pongo explosiones, y suenan los parlantes de atrás, y quedás aturdido. Tanto ruido en lugar de despertar, adormece. Y uno clama por el silencio y el plano que dure 30 segundos. Que va a volver, va a volver a ser revolucionario, va a volver a conmover: el silencio.

-Hay que encontrar la forma narrativa que haga prestar atención al silencio.

-Y, sí. Lo que no se puede es aburrir. Hay una cierta tendencia que no es la de cine de Holllywood que yo le llamo tediometraje: parecen estar en contra del público, yo no adhiero a eso. Yo estoy en el medio, y sobre todo siempre fui contradictorio. Y eso para mí es producto del cine iraní mal digerido. Esa pedantería a veo mucho en el cine que se está haciendo en estos días, no sólo en Argentina.

-¿Y qué le dicen sus alumnos cuando le cuenta estas cosas?

-Me miran jaja. Una escuela de cine se supone que tiene gente con vocación y cultura; no te digo que aman a (Andréi) Tarkovski pero saben quién es. Pero ni la escuela y mucho menos yo en los talleres impongo una ideología determinada, una forma de hacer cine.

-Pero tiene una visión del mundo.

-Más allá de los estilos el cine es un oficio; en cualquier lugar del mundo. Lo que tratamos de enseñar es un oficio, el oficio de narrar, de contar una historia. Mucho del cine actual adolece de problemas de narración básicos. Me pregunto, porque no lo he visto hasta acá, por qué hay películas que tienen defectos gravísimos de guión, de relato, y están hechas por alumnos de escuelas de cine prestigiosas. Sospecho que hay como una actitud deliberada, no puedo creer que ese tipo no sepa cómo hacer una mesa, pero de pronto decide hacer la mesa pata para arriba. Y los que más saben de esto son los norteamericanos.

-Pero una cosa es contar como Terrence Malick y otra como Christopher Nolan.

-Sí, pero saben por qué contar, por qué están ahí, por qué estoy yo acá viendo una película: para que me cuentes una historia, me conmuevas, me hagas pensar, y no para aburrirme. Y hay mucho cine hoy que es muy pedante. Después se quejan porque no va la gente al cine; por supuesto, si hacen películas contra el público.

-¿Y cómo le enseña a un alumno que un guión ya está?

-A mí no me gusta »enseñar», pero muestro que tan importante como la escritura es la reescritura. Lo muestro con mis películas. Cuando a mí me dicen: volverías a filmar algunas de tus películas, yo digo: más que filmar las volvería a escribir, porque soy muy ansioso y muy desesperado por concretar, que no está mal, porque eso me permitió hacer en un paisaje muy difícil 14 películas. Pero lo contrario de eso son los tipos que se comen la cola, que están tres años con un guión puliendoló, puliendoló porque es mejor ser una promesa que salir a que te den en la cabeza. Vos sabés cuándo está. Porque nunca está acabado. Si buscás la perfección estás listo. Pero uno sabe lo que quiere decir, a dónde quiere llegar; después buscás, tirás. No creo en las obras terminadas, me parecen que son siempre ensayos, escenas. Últimamente, al principio creía más en la obra terminada. Pero le quiero quitar solemnidad y trascendencia al cine. Esto también es contradictorio: a mí me hubiera encantado trabajar en un estudio. Una sola filmé totalmente en estudio que fue Pequeños milagros, y me producía una felicidad ir todos los días al estudio; me sentía un tipo de Hollywood, como un oficinista va a trabajar: me levanto y voy a hacer cine. Lo que pasa es que en un país donde es tan difícil filmar y estás tantos años esperando: »ahí viene la gran obra». Y después es terrible.

-En el estudio se ve claramente que es un oficio.

-Y sí, es lindísimo. No sé cómo habrá sido tener a algunos de los pops de Hollywood arriba de tu cabeza, editando tu película. O peor ahora, que son directorios de empresas que tal vez ni son de cine. Pero voy a esto de un oficio: sean buenos carpinteros. ¿Me preguntás qué le enseño? Es eso. Arpendan a hacer una mesa. Y nada más. No somos genios.

-Una curiosidad: tiene hijos pero en sus historia suelen no haber personajes con hijos

-Es que en las historias románticas que uno intenta contar los hijos estorban. Un hijo desequilibra, es un compromiso muy grande. Un mal padre para mí es peor que un mal director de cine. Siempre me preocupó más ser un buen padre. Y a esta altura puedo decir que mis mejores películas son mis hijos. Estuve siempre presente, y en el caso de un oficio como el mío es difícil: acá hay muchos hijos que te dicen yo a papá lo veía cada tres meses; a mí me veían todos los días. Y he elegido en general todo en función de estar con ellos y no perderme nada, y no me arrepiento. Fue fantástico. Son más importantes que las películas. No es cierto que el cine es más grande que la vida, la vida es más grande que el cine. Por suerte. Es un buen final jajaja.

-Muy buen final. *

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here