La era del hielo

Sin nostalgias, idealizaciones edulcoradas, ni mucho menos apelaciones al todo tiempo pasado fue mejor. Toda corriente musical circula y se hace visible a través del las industrias culturales. Más allá de su valor artístico, las convicciones o concesiones de sus creadores y el carácter masivo o modesto de su convocatoria. Desde el fenómeno de Gardel en los ’30, pasando por la explosión del be-bop en los ’40, la revolución del rock con Elvis en los ’50 y todo lo que vino antes, durante y después. La profunda caída de la venta de discos como producto de la descarga de música por Internet cambió las condiciones de producción de contenidos en todo el mundo. Este nuevo escenario desalienta la aparición y desarrollo de nuevas bandas –sobre todo si tienen pretensiones artísticas– y estimula la sobreexplotación de propuestas de rentabilidad garantizada. Las características del mercado argentino hacen estas tendencias todavía más determinantes y el resultado es una escena masiva peligrosamente estática –por momentos casi petrificada– y bandas nuevas y no tanto que parecen condenadas a la desaparición o a un eterno limbo under.

Ni la era digital ni mucho menos la piratería matará al rock. Sí, lo hacen y harán funcionar de forma diferente. En los ’80 y ’90 era muy claro que las discográficas impulsaban a las bandas a salir de gira para que se vendan más discos. Hoy el negocio está en las giras y el disco es una excusa que muchos grupos ni siquiera necesitan –el fenómeno de los regresos, los tours para »celebrar» el aniversario de álbums míticos y hasta los tributos son hijos inequívocos de este momento–. La industria ya no tiene la necesidad ni interés de buscar/reclutar nuevas figuras. Es más sencillo y seguro sacar a girar a »marcas» probadas que invertir en »productos» nuevos. Esa situación es muy notoria en los países centrales y se hace más dramática en mercados como el argentino.

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