Federico Fernández, ballet y compromiso: “El Colón dejó de ser una casa de cultura”

Con 26 años recién cumplidos, es el Primer Bailarín más joven del ballet estable del Teatro Colón. De cuerpo estilizado, postura elegante, rubio y de cabellos lacios, es el perfecto príncipe que rescata doncellas. Abrió la temporada 2012 del Colón con Carmen; hace un mes protagonizó La Sylphide; el 9, 10 y 12 de agosto bailará La Bella Durmiente y todos los domingos estará en el teatro Konex interpretando El cascanueces y las princesas encantadas. Sin embargo, apenas traspasa los molinetes de control que desde hace un tiempo dominan el paisaje del Colón, Federico Fernández demuestra que fuera de la danza tiene los pies en la tierra. »En varones no hay concurso para ocupar el puesto de Primer Bailarín desde hace 20 años –aclara quien oficiara de vocero de los trabajadores en el último conflicto del teatro–. Habrá dos o tres generaciones que nunca pudieron concursar. Se resuelve por contrato». De lunes a viernes ensaya desde las once de la mañana hasta las cinco o siete de la tarde, según el programa en marcha. Cada vez que entra o sale, aunque sea por unos minutos, debe firmar una planilla con horario, nombre y número de documento. Un régimen de empleado público poco acorde con una actividad artística.

–¿Cómo sigue su agenda?

–Ahora empiezo a preparar una gala para Miami, en octubre voy al Festival de La Habana, y tengo una invitación personal para presentarme en Belem, Brasil, junto a una bailarina del Teatro Argentino de La Plata, con quien ensayamos como podemos. A veces voy a La Plata porque yo puedo entrar al Teatro Argentino, en cambio ella no puede ingresar al Colón; es raro, sobre todo cuando el Colón también se beneficia con esta actividad porque lo represento.

–¿No lo complican tantas actividades?

–A veces si, pero no me quejo. Aprovecho este momento porque sé que es ahora, después no voy a poder hacer todo. Reconozco que a veces el cansancio me supera, en general me levanto con ganas de quedarme en la cama, ahí es donde digo bueno, es mi trabajo. Después viene la emoción y la parte artística, la ilusión y la buena energía. Cuando termino sólo quiero volver a casa.

–¿Qué lo llevó al ballet?

–Mi mamá es pianista y mi abuelo violinista, nací escuchándolos. Cuando mi mamá tocaba el piano yo bailaba, un día me preguntó si quería estudiar danza y dije que sí. Así empecé con mis maestros, Katty Gallo y Raúl Candal, los mismos que tengo ahora. Caí en buenas manos, fueron formadores de grandes bailarines del mundo. Era el mejor lugar donde podía estar. Me prepararon para entrar al Instituto del Colón, donde conocí a otros maestros, pero volví a ellos.

–Y tuvo rápidos resultados…

–Sí, tenía 14 cuando entré a la compañía de Julio Bocca a trabajar, pero duré un año, no era para mí en ese momento. Después trabajé con Iñaki Urlezaga, entré por concurso al Teatro Argentino de La Plata y en diciembre de 2004, también por concurso, al Colón como bailarín de fila.

–¿Qué lo llevó a actuar como vocero durante el conflicto?

–No soy delegado, pero soy un trabajador consciente de las necesidades básicas y de asumir un compromiso como persona, más allá del ballet. Es una cuestión de crianza, en mi familia siempre me inculcaron la preocupación por el otro. En el momento del conflicto, me estaba yendo muy bien, tenía que protagonizar dos obras grandes y viajar a Cuba, pero me plegué a una decisión del cuerpo de baile y del teatro, y la apoyé porque la creí justa. Fui uno más de los que estuvo al frente del conflicto, me pareció necesario. Estoy conforme con lo que surgió y con lo que me dio como crecimiento personal. Qué mejor que estar todos juntos peleando por algo que creemos justo, enriquece muchísimo y lo que vuelve es maravilloso.

–¿Por qué se declara conforme?

–Fue muy duro y la pasamos horrible, hubo una campaña de prensa mutua, nos levantaron la temporada, teníamos las salas de ensayo cerradas con candado, pero pasó, tuvimos lo que queríamos, el piso flotante, y ellos tienen una gran temporada. Estamos en otra etapa, tenemos más diálogo con la dirección de ballet, hay y habrá otros problemas, pero también una buena programación.

–¿Cómo ve los cambios en el funcionamiento del teatro?

–Hay cosas que funcionan mejor, pero otras que funcionan sin el alma del teatro, de una casa de la cultura, artística, donde todos nos conocíamos. Antes veíamos todos los días a la misma gente de maestranza, hoy hay una empresa privada de limpieza y está lleno de gente de seguridad que cambia todos los días, no hay forma de conocerlos. Tenemos que pasar la tarjeta para entrar, para salir, esas cosas no las había vivido nadie en el teatro hasta ahora.

–Resulta raro en un edificio de la cultura…

–Seguramente está más ordenado en algunos aspectos, pero también hay cámaras por todos lados, si dejo la puerta abierta de mi camarín mientras me cambio, me ven. Se terminó la privacidad. Siento que eso debería volver a lo que era. Antes, las puertas de madera, el mármol, le daban calidez, ahora uno se queda con el picaporte en la mano, demasiado moderno para un teatro de cien años.

–¿Las refacciones fueron un cambio más que una reparación?

–Las refacciones no tenían que ver con el teatro sino con una oficina, pero el teatro, le guste a quien le guste, es una casa para quienes trabajamos con el cuerpo, lo emocional. En los descansos vamos al camarín a tirarnos un rato, es nuestro lugar. Quizás haya que acostumbrarse a esta tendencia en el mundo de modernizar por modernizar y no importa si lo de antes era bueno porque ya no está de moda. Pero es triste.

–¿Sucede lo mismo en otros países?

–No a ese nivel, al menos en los grandes teatros; los camarines siguen igual y los pasillos siguen siendo pasillos de teatro lírico. Acá ya se habían hecho cambios durante la dictadura, con una visión cuadrada, entonces los pasillos y ambientes del tercer subsuelo responden a eso. Ahora se parece más a un sanatorio, privado. Terrible.

–¿Qué opina de la actual gestión?

–El gran problema es que no tiene una política cultural. Se hacen pocas funciones, con entradas de valores muy altos y la mayoría de la población no puede acceder al ballet. Por ejemplo, de La Bella Durmiente, donde tengo el honor de acompañar a Silvina Perillo que se retira el año próximo, se harán seis, ¿por qué no hacer doce y una gratuita? O por qué no hacerla fuera del Colón, al aire libre, no puede ser tan complicado.

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