Ella quiere romance

–¿Quieres vacaciones o andas arañando paredes? –dije con tono burlón.
–Ash, no molestes. No quiero sexo, quiero romance.
–¿Y tu hombre?
–Pues me trata bien, nos divertimos, el sexo es bueno…
–…peeero…
–Siento que a veces la cosa es demasiado “técnica”, como que nos falta romance –respondió con un suspiro y siguió mirando las fotos de los tórtolos.

Me quedé pensando en lo que querría decir Tina con “romance”. Recordé a unos compañeros de la oficina que llevan un rato de novios. Todo el tiempo se hacen regalos, él lleva flores, ella le cocina panquecitos y se los deja en su escritorio por la mañana, él le pega en el monitor de la compu notitas adheribles que dicen “Te amo, bebé”. A pesar de la parafernalia, no alcanzaba a percibir en su relación el tipo de romance que hacía suspirar a Tina.

Enseguida pensé en la educación sentimental de nuestros días, esas películas y canciones “románticas” llenas de clichés, como te quiero tanto, tanto, tanto, tanto (cada día un poco más), no podré olvidarte nunca, siempre te amaré, no sé vivir sin tu amor… Tampoco. El romance al que Tina se refería no es el de los siempres o los nuncas, es algo que tiene que ver con momentos, con eso que llamamos “vivir el presente”.

Así, intenté ubicar esos momentos que generalmente se consideran “románticos”: cena a la luz de las velas, escapadas de fin de semana, pic nic en el parque, viernes de cocinar juntos… El rasgo común: intimidad sin testigos conocidos. A diferencia de los arrumacos en público, el romance sin testigos tiene la particularidad de propiciar que los amantes construyan un lenguaje que sólo ellos comprenden. Ese código, cuando sale de la intimidad, puede traducirse en chistes privados, miradas cómplices, gestos cuyo significado intriga al resto de la gente pero que hablan de un vínculo sólido en una pareja.

Entonces vino a mi mente la melcocha que derraman los enamorados cuando se hacen arrumacos. Viven como apartados del mundo por una burbuja imaginaria, se miran a los ojos mientras se hacen caricias en el rostro, luego se besan, después ríen sin pudor de las payasadas que el otro hace, se convierten en cómplices de su pareja cuando es necesario… El romanceo es como si uno fuera fan del otro y viceversa.

Compartí con Tina mi digresión sobre el concepto de romance y se quedó pensativa. No sé si fue a raíz de nuestra conversación o de las fotos, pero días después habló con su novio para ver si algo podían hacer para remediar eso que, a su parecer, le hacía falta a la relación. La respuesta de Don Galán fue: “Ese tipo de gestos no van conmigo, ¿te causa algún problema, nena?” Para no hacer el cuento largo, Tina lo intentó un par de meses y al poco tiempo terminaron. Aunque ahora anda de capa caída reponiéndose de la separación, en el fondo se siente bien porque sabe que -al menos en su caso- una relación sin romance es como un platillo desabrido.

fuente: yahoo.com.ar

Y tú, ¿cómo defines el romance? ¿Consideras que es algo indispensable en una relación amorosa o es un gusto adquirido?

 

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