Marisa Lilian Lucero, custodia de Casa de Fader

No puede contener su emoción, al contar cómo ve el resurgir del sitio que la tiene de protagonista, desde hace 23 años.
A pocos días de su reapertura, Marisa Lilian Lucero está ansiosa, y no es para menos. Fue testigo de casi el último cuarto de siglo del Museo Provincial de Bellas Artes Emiliano Guiñazú- Casa de Fader, su deterioro, el daño estructural, el cierre, la promesa de reapertura y, muy pronto, el despertar de este ícono de la cultura mendocina.

Entre obreros y restauradores, esta empleada de la Secretaría de Cultura cuenta cómo han sido los últimos 23 años trabajando en el Fader. “Vengo del Teatro Independencia, pedí el traslado y acá estoy. Yo vivo cerca y siempre que pasaba, me interesaba, venía, los fines de semana, recorría el museo y me encantaba el lugar para pasar el resto de mi gestión. En el 96 llegué al Museo Fader”.

En relación con el cierre, Marisa cuenta: “Ha sido muy fuerte para mí. En el 2012, cuando fue el temblor del 18 de junio, el museo ya venía con algunos problemas en el edificio y eso empeoró la situación y decidieron, desde Defensa Civil, cerrarlo por partes. Se recibían grupos reducidos, no más de 50 personas, se sectorizó una parte del museo, se hacían visitas muy controladas y, si venía mucha gente, se tenían que quedar grupos afuera. Se mostraban los problemas que había en el edificio. Ya en el 2014, se decidió cerrarlo definitivamente, para hacer un estudio estructural y no se recibió más público”. Sus palabras reflejan nostalgia y dolor al recordar aquellos momentos”.

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“En el momento, fue muy fuerte ver cómo se estaba desarmando la historia de la casa, de tener cuadros preciosos colgados a sacar los paneles. Veías que a ese museo lo estabas perdiendo, pero sabías que era para algo mejor. Hacía años que estábamos esperando el arreglo del edificio y dijimos se tiene que empezar. Después, durante años, hubo mucho silencio”.

En 2016, el Gobernador Alfredo Cornejo visitó el Fader y anunció el inicio de las obras que permitirán la reapertura definitiva de uno de los espacios culturales más importantes del país. Marisa lo recuerda como un hecho “importante y triste, porque el equipo que trabajaba en el museo se desarmó. Muchas compañeras se jubilaron y otras fueron trasladadas y quedé yo sola, con el jardinero. Cuando anuncia el Gobernador que iba a invertir en el museo era lo más, porque en todas las gestiones veníamos peleando por eso”.

Durante todo este proceso, Marisa pasó muchos días sola en el Fader. Se quedó con la única compañía de un perro, que eligió la casona de Drummond como su hogar. Sin visitas, se encerraba en el museo y sentía el orgullo de ser custodia de este espacio fundamental para el arte. En sus recorridas por los pasillos, tenía un diálogo imaginario con el museo. “Cuando caminaba por la casa y miraba los murales, pensaba: ya vas a volver a vivir, a tener tu gente de nuevo y te van a admirar, como siempre fue”.

Hoy, alrededor de 80 personas trabajan en el Fader. Albañiles, ingenieros y restauradores dan todo de sí para la gran reapertura, prevista para el 29 de noviembre.

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Cuando comenzó todo este proceso, que incluyó el desarrollo del primer inventario del Museo Provincial de Bellas Artes; el posterior traslado de la colección; el refuerzo estructural del edificio y la restauración de muros, techos y pisos, Marisa sintió una gran responsabilidad, por formar parte del gran equipo que lleva adelante la recuperación del Fader.

“Tengo mucha ansiedad. Cuando llego a mi casa, pienso que nos queda ya poco. Sé el esfuerzo que han puesto todos, desde las restauradoras hasta los chicos que trabajan en la obra. Tanto vernos, hemos formado un gran equipo y todo esto se va a extrañar. Me imagino el día en que se inaugure y me pongo muy nerviosa” (ríe).

Marisa adelanta que, después de la inauguración, el público se va a encontrar con “algo soñado, con una casona que permite trasladarse al año 1900. Recorrerla va a permitir imaginar cómo vivió la familia Guiñazú, con Fader. Vamos a encontrar un museo totalmente renovado, precioso, y la gente va a estar orgullosa, como estamos todos nosotros. Yo creo que hasta voy a llorar de la emoción”.

Marisa es ejemplo de compromiso, de pasión y dedicación. Desde hace 23 años, se la ve todos los días recorriendo el Museo Provincial de Bellas Artes con paso firme, mirada atenta y con todos los sentidos puestos en el cuidado de una joya de nuestro patrimonio. Como una verdadera custodia.

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