La reforma del código y los salvavidas de la oposición

Esto fue lo que sucedió durante el primer informe que el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, presentó ante los senadores. El cambio es positivo pero también obligado porque los tiempos se aceleran y el Frente para la Victoria (FPV) no sólo debe seguir gobernando: también necesita de todos los espacios posibles para demostrar que la contrapartida al proyecto que ellos representan implica un retroceso conservador.

A simple vista, el encuentro de Capitanich parecía desigual. No era para menos, porque la estrategia elegida fue que el jefe de los ministros respondería cada una de las preguntas que la oposición quisiera mientras el bloque oficialista hacía las veces de testigo privilegiado.

Es verdad que Capitanich es un dirigente político que ha demostrado no sólo una gran capacidad de trabajo sino también un manejo envidiable de datos, cifras y porcentajes que surgen a una velocidad envidiable como si tuviese en su cabeza un disco rígido y una memoria RAM.

Como contrapartida, entre la legión de senadores de la oposición hubo algunas exposiciones que daban cuenta, si vale la comparación, del atraso tecnológico que arrastran. Y es que si entre los funcionarios del oficialismo hay quienes perdieron esa gimnasia que provoca el debate y todavía les cuesta recuperar el estado físico, a los opositores les sucedió algo similar. Ocurre que durante años se acostumbraron a emitir frases hechas, estructuradas con escasa información pero efectivas a la hora de transmitirla por los medios de comunicación afines. Entonces, cuando enfrentan un debate franco los argumentos efectistas comienzan a hacer agua.

Por lo tanto, muchos de los opositores del Senado recurren, a manera de salvavidas, a la duda y la sospecha permanente que se expresa en el »no me generan confianza las propuestas del gobierno», el siempre útil »por qué no lo hicieron antes» o los gritos destemplados del siempre enojado senador Fernando »Pino» Solanas.

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Durante la sesión que se ocupó del informe del jefe de Gabinete se escucharon muchas de esas salidas de emergencia opositora. No son ni serán las últimas y si es necesaria una prueba sólo basta con recordar o releer las posiciones que se están expresando contra el anteproyecto del Código Penal.

Este tema se ha convertido en el mejor ejemplo de cómo se pretende obturar un debate antes de que se escriba el proyecto y, sobre todo, mucho antes de que incluso llegue a una de las dos Cámaras que tiene el Congreso, ámbito natural del debate de las leyes del país.

Amén de las falacias vertidas sobre el supuesto contenido »prodelincuentes» que tiene el nuevo Código, ante el hecho de que fue redactado por un grupo multipartidario la respuesta a la recurren los legisladores de la oposición es la muletilla de la inconveniencia de la oportunidad. Un recurso demagógico a todas luces porque lo que se pretende es mantener un código desordenado, caótico y hasta contradictorio que contiene más de 900 reformas desde que se aprobó hace ya 92 años, cuatro años menos de los que todavía disfruta el longevo supremo Carlos Fayt. Entre su articulado conviven cláusulas en desuso y las que surgieron al calor de las marchas del falso ingeniero Juan Carlos Blumberg.

Más allá de las consideraciones que puedan tener las penas que prevé el Código vigente, lo cierto es que ante tamaño aquelarre que tiene en su interior se hace imprescindible otorgarle a los jueces una regla, una pauta con claridad descriptiva para la delimitación del ámbito de lo permitido y lo prohibido.

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En tal sentido, lo que ofrece la oposición está lejos de otorgarle a la sociedad una mayor claridad de las reglas que necesita para la convivencia y su insistencia en dejar todo como está tiene que ver con lo que no dicen cuando intentan obturar la futura discusión parlamentaria de la propuesta.

Lo que ocultan los más vehementes opositores al nuevo código es su vínculo con los poderes económicos que se niegan a que se castigue con mayor dureza los delitos que provocan los monopolios, oligopolios y cárteles. Hay mucha impunidad en juego detrás de la fingida preocupación opositora.

El oficialismo cambió de estrategia al enviar a sus funcionarios a debatir en todos los espacios existentes. No era tan difícil porque no han encontrado escollos importantes y a los referentes de la oposición se les nota mucho la fragilidad de sus argumentos, incluso con aquellos que parecen lucir una toga de fiscal de la República.

El debate es necesario y hasta imprescindible porque lo que está en juego no es la suerte de un gobierno y el legado de uno u otro presidente, lo que está en juego es la sociedad argentina, a la que se pretende hacer más justa y solidaria.

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