Forster sobre la reforma constitucional: “¿Por qué tanto miedo al debate?”

Hace pocos días usted se refirió a la impugnación hecha por la oposición mediática y política a discutir una eventual reforma constitucional, como si fuera parte de una maniobra antidemocrática…
–Hay una suerte de teoría de la conspiración. Cada acción supone una suerte de ajedrez maquiavélico para que el gran jugador siempre vaya orientando, en función de su estrategia, cada situación. El secreto, la lógica conspirativa, la conjura, son parte de una Argentina que, siempre, solapadamente, va acumulando poder, poder y poder. Y de esa manera lo que se hace es, primero, reducir lo interesante y lo enriquecedor de un debate público. La Argentina contemporánea hace tiempo que viene discutiendo prácticamente todo. No hubo tema fundamental de la vida cotidiana, de la política, de la economía, de la cultura, de los derechos que no se haya discutido. Desde el matrimonio civil igualitario hasta la cuestión jubilatoria, pasando por la deuda externa, el rol del FMI, hasta el de los medios de comunicación. El ciudadano de a pie pudo discutir cuestiones que antes ni siquiera aparecían entre los especialistas. ¿Por qué tenerle miedo a un debate público? ¿Por qué tenerle miedo a abordar un tema fascinante como puede ser la cuestión de la constitución, que hace a la convivencialidad, que hace a problemas centrales, que es la columna vertebral de la ley de nuestra sociedad?

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–Debatir la Constitución de 1994 evitando el tema de la re-reelección, ¿no es una conducta funcional a la impugnación de los medios?
–Por supuesto. Sobre todo teniendo en cuenta que la Argentina contemporánea no es la de la década del ’90, hegemónicamente dominada por la matriz neoliberal. Si bien aquella constitución del ’94 puede tener, por supuesto, artículos reivindicables y que tienen que ser parte de una nueva constitución, hay una matriz, hay una concepción de país que la atraviesa y ya no se corresponde con las transformaciones que se dieron en la Argentina contemporánea. Es saludable que imaginemos que para este contexto histórico es imprescindible que la propia constitución pueda adaptarse a las demandas de este tiempo, y no quede adherida a un modelo neoliberal, que de alguna manera atrapa legalmente a las transformaciones y les pone un cierto condicionamiento.

–Usted mencionó el caso de las democracias más respetadas por gran parte de la europeizada tilinguería local, como el caso de François Mitterrand, que gobernó Francia por 14 años. Ahí no aparece ninguna crítica, no son autoritarios ni populistas…
–Es la lectura de Europa como el súmmum de las virtudes democráticas y América latina como territorio de la barbarie. Si entre nosotros se construyen liderazgos ligados a procesos de transformación social popular, se dice que esos liderazgos son construcciones autoritarias. Estamos cansados de leer y escuchar expresiones brutales que hablan de fascismo, de dictadura. Si la Argentina actual fuese algo equivalente al fascismo quiere decir que el fascismo fue un juego de niños, donde no hubo un genocidio, donde no hubo nada. Discutir la Constitución Nacional puede implicar discutir qué régimen político, si presidencial o parlamentario, si la Argentina necesita o no una cláusula de reelección, si la constitución es un texto intocable o un texto amasado en el movimiento de la historia. Por otra parte, no existe ninguna posibilidad de ir a una asamblea constituyente si no hay un acuerdo político amplio que implique, entre otras cosas, que dos tercios de ambas cámaras tienen que aprobar el llamado de Asamblea Constituyente. Entonces, ¿cuál es el temor? Si fuese cierto que Cristina con sólo poner su nombre ya tiene garantizada de acá a la eternidad la presidencia, ¿qué quiere decir esto? ¿Existe eso o existe una sociedad compleja que, cada dos años, vota y va construyendo el mapa político de la sociedad?

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