Feos, sucios, malos, garcas y gorilas

No me parece.

Creo que ahí hubo de todo.

Pero vaya uno a saber.

Seguramente no eran personas que quieran resistir un proyecto cada vez más evidente de eternizar a alguien en el poder. O que se sintieron ofendidas cuando les dijeron que pueden vivir con seis pesos. O que les resulte horrible que cinco días después de la tragedia de Once, ella inaugurara la consigna »vamos por todo». O que les parezca injusto que se establezcan límites materiales para irse de vacaciones a donde se les de la gana. O que no entiendan que se haga campaña contra la violencia de género mientras se deja salir de la cárcel a un hombre condenado por haber quemado viva a su mujer.

Es posible que nada de eso influya.

Y que sólo sean garcas.

Feos.

Y sucios.

Y pocos.

Nadie, entre ellos, está enojado por las mentiras sobre la inflación, y menos en tiempos en que ya la cosa no está tan holgada.

Y las frivolidades –como la lucha permanente por el poder, sin descanso, haya o no haya elecciones cerca– no indignan a ninguno de ellos, porque nadie cree que haya otras prioridades, como el transporte ferroviario o la inseguridad.

Y a nadie le molestó que se aplaudiera a los funcionarios responsables de una tragedia inédita.

O que en algunas aulas, militantes oficialistas fuerzan la transmisión de su mensaje ante hijos de familias que quizá no estén de acuerdo con él.

Seguro que nada de eso influye.

Como no influye la repetida cadena nacional, o la política de medios, donde los medios propios –que son los del Estado, más los de un montón de empresarios cercanos– no transmiten en directo la declaración de los familiares de Once, no mandan a nadie a cubrir el asesinato de Humahuaca, no cubren la represión de Catamarca y, en el colmo de la confesión de parte, ignoran olímpicamente a decenas o cientos de miles de personas que sorpresivamente salen a la calle a protestar. No importa para nada que la Presidenta pida que le tengan un poco de miedo –es solo un distorsión de Clarín, y de la gente estúpida que le cree–.

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Y no influye en el ánimo de nadie, por supuesto, que el Gobierno haya desplazado a un juez federal, a un fiscal y a un procurador general de la Nación para proteger nada menos que a su vicepresidente, de una investigación hecha, además, por gente sin ningún vínculo antikirchnerista.

Puede ser que nada de esto sea importante.

Que lo ocurrido sea esperable.

Que le tengan bronca al Gobierno porque el Gobierno es bueno y justo, por sus buenas medidas y no por las otras.

Vaya uno a saber.

De cualquier manera –lo digo con toda humildad– yo abriría la posibilidad de un análisis alternativo, complementario, un poco menos autocomplaciente. Porque el jueves, la verdad, había mucha gente. Diría yo: muchísima gente. Y sonaron cacerolas en lugares inesperados. Y se ocuparon plazas en ciudades muy lejanas a la Capital Federal y esquinas lejanas a la Plaza de Mayo. Y basta preguntar un poquito para saber que muchas pero muchas personas de clase media baja estuvieron ahí, o se quedaron con ganas de estar ahí. Y que a todos ellos –los que fueron, y los que se quedaron con las ganas– los pueden ofender con tantos insultos y de esta manera generar lazos de solidaridad impensados, incluso hacia adentro del oficialismo.

Para quienes no teníamos idea de que esto podía ocurrir, suena presuntuoso teorizar de manera terminante sobre sus reales alcances en términos sociales, espaciales y temporales. ¿Quiénes eran? ¿Cuántos eran? ¿A cuántos representan realmente? ¿Qué efectos electorales tendrán?, son preguntas demasiado abiertas.

Cuando estalló el conflicto con el campo, el Gobierno hizo lo mismo: los llamó piquetes de la abundancia, golpistas cuasimafiosos, grupos de tareas, comandos civiles, títeres de los medios. Cuanto más insultaba, más solo iba quedando y más gente sumaba en contra: al final, hasta el ministro de Economía, el vicepresidente y el jefe de Gabinete cruzaron el Jordán. Y millones de personas con ellos. Es cierto que años después el kirchnerismo –luego de la muerte de su líder y fundador– se recompuso. Pero en el medio, perdió una elección, es decir, fue repudiado por el pueblo. No eran, o no terminaron siendo, en aquel entonces, sólo garcas ni golpistas. Eran mucho más que eso.

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No está claro que esa experiencia se repita.

Pero tampoco que no ocurra, ni que sea más profunda o más superficial.

Uno puede pensar.

O patalear.

O quizás escribir como –de manera insólita– se escribió desde el kirchnerismo: »No quiero ni diálogo ni consenso con quienes vociferan ‘yegua, puta y montonera’. No quiero sentarme a soportar, ni por un solo segundo, a los que quieren para Cristina el final de De la Rúa. Me repugna que salgan a manifestar muchos de los que hace poco más de diez años canturreaban que entre piquetes y cacerola la lucha era una sola, porque les habían pasado la cuenta de la fiesta de la rata. No quiero saber nada con esa gente que a la primera de cambio apoyaría el golpe militar del que ya no disponen. Quiero tener con ellos una profunda división. Y concentrarme en de cuál manera se garantizaría mejor que se hundan en el fondo de su historia antropológico-nacional, consistente en que el negro de al lado no porte ni siquiera el derecho de mejorar un poquito. Quiero a esa gente cada vez más lejos. Y cuanto más los veo, más seguro estoy».

Se puede llamar »la rata» a un ex presidente e indignarse cuando se usa el mismo método con la actual presidenta. Se puede insultar, humillar, despreciar a cientos de miles de personas, pero enojarse mucho cuando te dicen nazi.

El ser humano es una caja de sorpresas.

Y la democracia es así.

Hay, por suerte, lugar para todos.

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