“El capitalismo salvaje no invierte en los pobres”

Empeñado en luchar contra la pobreza y en construir una sociedad más equitativa, Bernardo Kliksberg acaba de vivir dos grandes alegrías: la Sociedad Hebraica Argentina (SHA) lo distinguió como Socio Honorario –nombramiento que recibieron muy pocas personas, entre ellos Albert Einsten, Shimon Peres, Jorge L. Borges–, y la Universidad Hebrea de Jerusalén le otorgó el Doctorado Honoris Causa, una distinción que merecieron apenas una docena de personas a lo largo de los cien años de vida de la institución, entre otros, Umberto Eco, Itzjak Rabin, Golda Meier, Amos Oz y Albert Gore. El economista, reconocido internacionalmente como el padre de la Responsabilidad Social Empresaria y máximo referente en ética para el desarrollo, es asesor de Naciones Unidas, Unesco y Unicef. En el país propuso que todas las empresas en las que el Estado tiene participación accionaria presenten su balance social y a partir de diciembre asesorará ad honorem a YPF en el tema. Sin embargo, los lauros no alcanzan para que olvide su preocupación principal: »El desarrollo inédito en conocimiento, ciencia y tecnología generó las posibilidades de asegurar una vida digna a todos los seres humanos. Se pueden producir alimentos para diez mil millones de personas cuando el planeta tiene siete mil millones. Pero eso no se refleja en una mejora significativa en las cifras de exclusión social o pobreza: hay mil millones de personas con hambre severa y el hambre mata. Cada año mueren cuatro millones de niños por desnutrición. Es un escándalo ético. Es la gran paradoja de nuestro tiempo: posibilidades de dar vida digna a todo el planeta y por otra parte, privación y exclusión en escala gigantesca».

–¿Por qué se produce esa paradoja?

–La explicación está en las grandes desigualdades, probablemente las mayores en la historia del género humano. El uno por ciento más rico del planeta tiene el 43 por ciento de los activos patrimoniales, mientras el 50 por ciento de la población tiene sólo el dos por ciento de los activos. Es una concentración de riqueza fenomenal que se ha ido acentuando. Los 400 millonarios mayores de Estados Unidos tienen más que 150 millones de americanos. El período de Bush exacerbó las desigualdades, desgravó los impuestos para los más ricos, los favoreció de múltiples maneras, les quitó servicios a clase media y población pobre…

–Parecido al menemismo…

–Absolutamente. La receta en aplicación en Europa es la misma que se aplicó en la Argentina en la década del ’90 y que casi destruyó al país, llevando a 58 por ciento la población pobre a fines de 2002, en un país que a inicios de los ’60 tenía menos de un 10 por ciento. Las desigualdades son la razón central de los problemas, porque hay tres mil millones de personas que ganan menos de dos dólares diarios y, como es obvio, no pueden comprar alimentos. A eso se suma que hay una especulación fenomenal en el mercado de alimentos. Los inversores, los mismos que causaron la crisis del sistema económico en 2008, ahora están comprando a futuro en el mercado de alimentos, en operaciones especulativas que sólo persiguen hacer subir los precios para ganar la diferencia. Eso coloca a los pobres del planeta en situación de vulnerabilidad alimentaria extrema. Estas maniobras suceden en casi todos los otros terrenos, pero no se trata de falta de posibilidades sino de que el capitalismo salvaje no invierte en los pobres.

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–¿Debería ser una inversión de los Estados?

–Debería. Pero el planeta es como un Titanic, cargado de tecnologías de lujo y de injusticias fenomenales que lo están minando y producen explosiones de violencia. Europa se está hundiendo bajo las políticas neoliberales ortodoxas que provocan descontento social, con 25 millones de desocupados; eso está llevando a un recrudecimiento de la xenofobia y el racismo. El partido nazi sacó 19 diputados en la última elección. La extrema derecha, apoyándose en que el Estado y las políticas públicas no resuelven problemas sino que los agravan, aprovecha para echar culpas de todo a las minorías y desatar explosiones racistas. Llamo la atención sobre el avance de la ultraderecha porque se habla mucho menos de eso que de la crisis económica y social, pero su presencia en parlamentos o en gobiernos como parte de coaliciones es inédita desde la Primera Guerra Mundial. Este esquema de funcionamiento en base a desigualdades extremas deja a la sociedad vulnerable.

–¿Cómo se generan esas desigualdades?

–Por la receta neoliberal ortodoxa. Las políticas públicas condicionan seriamente las posibilidades de la gente. Cuando están sesgadas hacia los más ricos, como con Bush o Cameron, se retiran y recortan servicios públicos fundamentales para los pobres y la clase media; lo que la Argentina conoció en los ’90. Es la misma receta que promueven en Europa.

–¿Quiénes?

–Los grandes intereses financieros que quieren cobrar sus créditos de intereses usurarios, sólo dan préstamos para pagar si cumplen el plan de la Argentina de los ’90. Durante los diez años de gobierno de Menem, ocho millones de personas se transformaron en nuevos pobres, una importante cantidad de ellos en cartoneros. Esas políticas ortodoxas producen estos resultados. España tiene 52 por ciento de desocupación juvenil, en Grecia la cifra que más creció es la de suicidios, un 40 por ciento en los últimos seis meses. Estas políticas, además de favorecer a unos pocos, ese uno por ciento más rico que en este momento tiene un poder fenomenal, son mala política económica porque destruyen la riqueza de un país. El Producto Bruto griego bajó 20 por ciento en cuatro años. En Europa toda, el crecimiento del PB es de 0,5 por ciento, mucho menor que el crecimiento de la población.

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–¿Por qué los gobernantes no pueden enfrentarse a esos sectores?

–Hay algunos que sí lo hacen y otros que no. Un caso muy ilustrativo es Barack Obama, que tenía las mejores intenciones, hizo reformas significativas hasta que la Cámara de Representantes fue copada por el Tea Party. Pero los gobernantes que quieran enfrentarlos no están solos en el universo. Del otro lado hay sectores muy importantes del mundo movilizados para tener un mundo más justo. Miles de millones de personas en el movimiento cooperativo, 140 millones que hacen trabajo voluntario, y hay un despertar de emprendedores sociales, que inventan desarrollos útiles, con Mohamad Yunus a la cabeza; el banco de los pobres otorgó microcréditos a 500 millones de personas en el planeta. Emprendedores, voluntarios, cooperativistas, organizaciones sociales, quieren una economía con rostro humano, y en América latina han dado vuelta buena parte del mapa político. Se estima que el gobierno de Lula sacó de la pobreza a no menos de 30 millones de personas. El Frente Amplio, en Uruguay, redujo la pobreza del 35 al 13 por ciento de la población. En la Argentina, sea cual fuese el índice de pobreza, se calcule como calcule, no tiene nada que ver con el 58 por ciento de fines de 2002.

–¿Hacia dónde va el planeta?

–El destino de este Titanic, hundirse o no, depende de esa lucha que se está dando entre el capitalismo salvaje, el uno por ciento más rico, y estos amplísimos sectores que quieren una economía con rostro humano.

–¿Cómo ve esa pelea?

–Estoy lleno de esperanzas, porque el modelo nórdico fue atacado desde el autoritarismo soviético y el capitalismo salvaje, y sin embargo perdura. Por otro lado, en América latina nadie soñaba hace diez o quince años con una reducción de pobreza significativa. Esta lucha está en pleno desarrollo, va a depender de lo que hagamos los ciudadanos. Maimónides decía que las acciones de cada ser humano, de cada día, inclinan la balanza hacia el bien o hacia el mal, que nadie puede ser indiferente o neutral. Hoy hacer que la ética presida la economía es inclinar la balanza.

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