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Se quedaron los líderes de los partidos políticos, los funcionarios, los asesores técnicos, los jerarcas de los sindicatos, los reciclados de siempre, los voceros de las asociaciones empresariales, los dirigentes del fútbol, los auténticos decadentes, los acomodaticios, los veletas, los pancistas, los que todo lo saben, los que algo habrán hecho, los que no hacen olas, los nuevaoleros, los dependientes, los independientes, los correctos y los impresentables.

También decidieron quedarse los que nunca antes, los desconocidos de siempre, los de galera, los de bastón, los engominados, los liceístas, los que se la saben todas, los que no saben nada.

Los informantes, los botones de muestra, los que se llevan las sobras a su casa, los que te dejan tirado en la calle, los curiosos, los analistas, los previsores, los que duermen sin frazada. Esos quisieron quedarse nuevamente.

Decidieron insistir los que hacían ruido con sus cacerolas, los bancarizados obligados, los bancarizados por conveniencia, los viejos de la otra cuadra, los que a la noche estaban todos mal, los que no tenían para ponerle nada a la olla, los que no tenían olla.

No hacían nada por irse los que nunca antes, los que siempre tenían todo, los clásicos, los modernos, los poderosos, los apoderados, los sin trabajo, los sin oficio, los sin sueldo, los sin voto, los sin voz.

Cada vez se sumaban más y más. Llegaban los de izquierda, los de centro, los de derecha, los psicobolches, los peornistas, los librepensadores, los liberales, los fanáticos, los indiferentes, los procesistas, los ególatras, los entusiastas, los mejores cerebros, los peores estómagos.

Otros grupos se fueron sumando: los heterosexuales, los paranoicos, los transformistas, los ortodoxos, los fundamentalistas, los sádicos, los prostáticos, los mirones, los onanistas, los pecadores, los monaguillos, los platónicos, los libidinosos, los precoces y los golosos.

Por ese tiempo nadie imaginaba que luego de diez años, un grupo ausente, un grupo impensado, pudiera ocupar el lugar que tanto tiempo les fue coartado.
El miedo mayoritario hizo que los dejaran afuera.
Todos el tiempo se decía: “El futuro es de los jóvenes”, y mientras tanto nada de presente, nada de caras nuevas en las listas, nada de oportunidades, ninguna tarea para “hacer experiencia”, ningún terreno para pagar el “derecho de piso”.
“La generación de Pepsi”, nos decían desde la publicidad. “Y el mundo de Coca Cola” respondían los carteles.
Pero no dejaban mucho espacio las corporaciones.
Sin lugar para los jóvenes.
Algunos eran señalados como izquierdistas, otros como hippies, había rockeros, poetas, artistas, locos, estudiantes, melenudos, tatuados, a la moda, pelados, románticos, anarquistas, entusiastas, soñadores, guevaristas.
Cuando cayó el muro y ya no existía la excusa de perseguirlos por comunistas fueron perseguidos por drogadictos, por villeros, por solidarios, por indiferentes, por abúlicos, por descomprometidos, por no ir a votar, por no participar de las internas, por no saber la marchita, por andar en grupos, por delincuentes, por ricoteros, por anarcos, por portación de cara, por emos, por dark, por flogger, por transas, por boludos.

Hoy, en estos días, se respiran tiempos diferentes.
Los jóvenes podrán equivocarse, cometer errores, llevar todo hacia lugares desconocidos. Pero esos lugares serán mejores que los lugares por donde siempre nos llevaron los que nos llevaron siempre.
Ojalá no se equivoquen los jóvenes.
Aun así los prefiero.
Los jóvenes siempre vuelven. Son la generación que naturalmente tiene la vitalidad de lo nuevo pero que cuando crecen, desde atrás vienen más.
Prefiero ensayo y error de los pibes nuevos y no la eficacia de los hijos de puta.
Prefiero a los pibes militando antes que a los experimentados conspirando.
Prefiero a los jóvenes confiando antes que a los adultos corrompiendo.
Prefiero a los jóvenes a los besos antes que a los adultos diciendo “en mi época esto no pasaba”.

Algo saldrá de tanta fuerza contenida.
La imaginación, la inteligencia, la solidaridad, el pensamiento, la generosidad y la justicia son palabras que parecen jóvenes.
A lo mejor no.
Pero seguramente envejecen más lento.

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