Un clásico a la mesa

 

 

En el pasado las piezas de Colbo fueron un ícono y marcaron una tendencia;

en el presente el contexto cultural y político del país, proclive a las innovaciones

del diseño industrial, les asegura un eco con resonancias históricas. En sus tres

variantes esmaltadas en turquesa, amarillo y verde los platos juegan a la espesura

y a la geometría en múltiples usos, haciendo honor a una visión estratégica

bellamente resuelta en una casa de la calle Clark según la cual el diseño hace

a esas »cosas para la vida», como definía Gerardo Clusellas -integrante de la

Oganización Arquitectura Moderna -OAM-, en los años 50.

 

Su reedición es una de las buenas noticias de la actualidad ya que detrás de éste

clásico-moderno está la recuperación de una interesante experiencia productiva

que había quedado trunca con la crisis económica de la década del 80. Así las

cosas, la historia se vuelve retrospectiva a la vez que reactivadora de un espíritu

de avanzada marcado a fuego por la personalidad de su creadora la arquitecta y

ceramista Colette Boccara.

 

Una mujer a bordo de un jeep

Todo lo que hoy puede saberse sobre Colette Boccara y la historia de Colbo ha

sido tenazmente trabajado por el investigador y diseñador mendocino Wustavo

Quiroga junto con los hijos de la pareja Boccara-Jannello. No es una historia de

una sola pieza, es más bien un legado que al narrarse resulta sorprendente por

la riqueza de las osadías y las tenacidades de cada período del arte, la vida y

también o sobre todo, la economía. .

 

Hacia 1948, los arquitectos Colette Boccara y César Jannello se trasladaron de

Buenos Aires a la ciudad de Mendoza, donde Jannello había sido designado

director de la Escuela de Cerámica de la Universidad Nacional de Cuyo. La

Escuela tomó la característica de escuela-taller, un formato muy novedoso para

la época, que permitía la aplicación inmediata de los conocimientos y resultados

académicos. Colette comenzó a realizar sus primeras piezas de cerámica únicas,

y en poco tiempo decidió sistematizar la producción. Con el material que había

sobrado de la Feria de América- un evento continental celebrado en el Parque

San Martín organizado por el gobierno de Juan Domingo Perón para promover

 

los últimos logros en materia industrial- la pareja arma el taller en la calle Clark

de la ciudad Mendoza. Allí es donde se consolida la marca “Colbo” que es la

abreviación de Colette Boccara asociada a la producción de platos triangulares.

 

Hacia 1953 produjo las primeras piezas de vajilla en gres, material también

conocido como “porcelana roja” por sus propiedades de resistencia y pureza, que

ella misma extrajo de la cordillera mendocina. Esto le permitió tener control del

producto a lo largo de toda la cadena de valor, desde la materia prima hasta la

pieza final.

 

Entre 1960 y 1965, luego de separarse de Jannello, Colette Boccara invirtió todo

su capital en la empresa. Con el aporte de socios, logró ampliar las instalaciones

en Las Cañas y 25 de Mayo y adquirir maquinarias para establecerse como “Colbo

Gres Cerámico SCA”. En 1967, su juego de vajilla, caracterizado por una fuerte

y coherente línea formal, alcanzó el reconocimiento a su calidad con la Etiqueta

Roja de Buen Diseño otorgada por el CIDI. Durante los ’70 Colbo logró el mejor

desempeño de su historia. De la mano de su hijo Matías Jannello la fábrica mejoró

notablemente su eficiencia y productividad, avanzó en el desarrollo de nuevas

líneas y estableció una presencia a nivel nacional e internacional. Se incorporó

la producción de vajillas decoradas con serigrafías vitrificables de artistas como

Libero Badii o Bruno Jannello (también hijo de Colette), para darle valor agregado

y personalidad.

 

A principios de los años 80, una trama de circunstancias asociadas a la realidad

económico-política del país y a la realidad personal de Colette concluyeron con el

cierre de la fábrica. Se interrumpió así la historia de uno de los contados casos de

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empresas dirigidas por el diseño en la Argentina nada menos que capitaneada

por una mujer que usaba el pelo corto y andaba en jeep por los cañadones de

Cacheuta, un lugar inhóspito pero sobre todo inaccesible al que ella sí llegaba

para recolectar la materia prima de esas canteras en bolsitas. Para entonces, toda

la popularidad que se había ganado en el ámbito de arquitectos, diseñadores y

gente que estaba asesorada por ellos para armar sus casas y estilo de vida se

licuaba hasta desaparecer de la escena. Había sido importante, la introductora

del concepto de diseño seriado, y sin embargo, pocos en Mendoza advirtieron su

legado.

 

En versión gourmet

Con el proyecto de recuperación patrimonial realizado por Fundación del Interior

en la conformación de Guón! -una colección de diseño mendocino- el equipo

interdisciplinario de esta institución propuso recuperar la experiencia productiva de

Colbo para dar continuidad a estas piezas de alto valor intrínseco. Desde 2007,

Matías Jannello junto a los diseñadores industriales Martín Endrizzi y Macarena

Ponce realizan en Colbo una apuesta por la innovación. Apoyados en nuevas

tecnologías, lograron dar continuidad a la herencia moderna y dar respuesta a la

demanda de vajilla gourmet planteada por el desarrollo gastronómico-turístico del

 

país. Prueba de este compromiso es la obtención en agosto de 2011 del Sello de

Buen Diseño, otorgado por la Subsecretaría de Industria de la Nación.

 

La nueva fábrica está ubicada en San Rafael, al sur de la provincia de Mendoza,

hacia donde se transporta el gres rojo, que es extraído de la Precordillera.

El material base es el mismo que el de las primeras facturas en los 50: en

aquella época se combinaba el gres con esmalte blanco; en la actualidad, las

terminaciones superficiales incluye variedad de colores en los esmaltes, como

amarillo, verde y turquesa. La plata se ha enfocado en una primera etapa en el

juego triangular sin embargo ensaya mediante pruebas pilotos la fabricación de

otras piezas que irán incorporando más rediseño de formas geométricas.

 

En agosto del 2011 la Subsecretaría de Industria de la Nación le otorgó el Sello

de Buen Diseño, un reconocimiento que viene de la mano de otros apoyos y

subsidios en curso o en tramitación como es el caso del Fondo Tecnológico

Argentino y el IDC –Instituto de Desarrollo Comercial-. Todos, adviértase, están

en una misma línea estratégica, empujando un proceso con todos sus eslabones.

Cuenta Martín Endrizzi que hoy por hoy en el país, la PYME Colbo es una de

las pocas fábricas que trabajan con prensado, una tecnología mecánica semi-

automatizada y que además desarrollan moldes, siempre a partir de un estudio

previo que duró cuatro años sobre la céramica que es un material muy complejo

que pasa por distintos estados. Sumado a esto hay que decir que en el rubro lo

habitual no es la fabricación de piezas de diseño argentino, todo más bien pasa

por lo que es estandarizado donde además sólo tres industrias nacionales cubren

el 10% del mercado mientras el 90% restante es material de importación.

 

Una cualidad a resaltar es que como la experiencia de Colette, el producto de

diseño nace desde la materia primera y recorre toda la cadena de valor. Su

importancia ya es nacional y por qué no, también internacional, tal como ocurrió en

el pasado, cuando la propia Colette vendía sus piezas a Sudáfrica o lugares muy

alejados.

 

Con la reedición, el logo que era la marca personal de Colette ha sufrido un ajuste

formal. Y toda una vuelta de tuerca con buenos resultados a la vista ha resultado

del avance tecnológico ya que así se logró aumentar la pureza geométrica y

realizar un juego de espesores que no habría sido posible en el pasado dadas las

condiciones de fabricación.

 

Tal como ocurre con Jannello Editora, que comercializa en Tiendamalba la silla

W creada por César Janello, Colbo trabaja en conjunto con la Fundación del

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Interior para la custodia de las piezas patrimoniales, y propone una actualización

comercial que ayuda a generar puestos de trabajo, reactivar la herencia material

y continuar con el proyecto de investigación y desarrollo en diseño. El archivo

Boccara- Jannello pertenece hoy al MEC -Museo En Construcción- de esta

Fundación, a cargo de una investigación que llevó a descubrir múltiples relaciones

y a ampliar las búsquedas en otros caminos y autores.

 

Un material por explotar

Es insoslayable que la vajilla de gres o porcelana roja marcó tendencia a nivel

nacional y dejó un rastro persistente en el imaginario de nuestra cultura material.

Lo increíble es que aún ese material se mantiene ajeno a las oleadas del consumo

interno del país. Para Wustavo Quiroga “recién ahora lo que se está haciendo

a nivel general es poner en valor ese gres que es un material muy bueno, le

dicen porcelana roja, y tiene un montón de propiedades, lo que pasa es que está

desvalorizado al lado de la porcelana blanca por cuestiones de implantación

sostenida en el tiempo”.

 

Según señala Martín Endrizzi “el gres tiene propiedades similares a la

porcelana, mucha dureza, porosidad prácticamente cero, por lo que en realidad

prácticamente no necesitaría ser esmaltado. Y sí es más que notable que no

haya empresas que lo exploten siendo que la materia prima la provee nuestro

propio medio ambiente natural. En general los fabricantes de vajilla compran la

pasta o la barbotina ya preparada a un par de proveedores grandes en el país,

es una pena ya que el gres tiene un valor identitario y es que depende mucho

del lugar, entonces por ejemplo en la Patagonia lo que hay es gres gris con

piedritas, mientras en otros lugares el gress es amarillo. El gress de Mendoza

es rojo, ya sólo tenemos que ir a la montaña a buscarla y procesarla. La única

razón que frena su aprovechamiento es técnica ya que es un material muy difícil

de trabajar aunque con esta experiencia de incorporación de tecnología estamos

demostrando que la dificultad se puede vencer y vale la pena”.

 

Para la fábrica de San Rafael Martín y Matías Janello usan una combinación

propia de canteras de San Rafael y de Cacheuta. En estado crudo no son más

que piedras de la montaña, pero gracias a tantísimos ensayos de prueba y error

realizados por Colette Boccara y gracias también al conocimiento preservado por

su hijo Matías, he allí una materia prima clave para la industria nacional con un

horizonte de identidad que la historia del diseño argentino ha sabido poner en el

lugar de lo clásico. Si han sido creados lejos en el tiempo y tienen tanta vigencia

hoy será que la modernidad como tendencia no se licuó, más bien, salió de su

letargo como tantas otras estructuras empresariales o plantas industriales que

empezaron a reactivarse lentamente a partir del 2007. Al cabo de cuatro años,

la experiencia arroja buenos pronósticos: por ahora se fabrican cerca de 3.000

piezas por mes, pero la idea es llegar a producir entre 25.000 y 30.000 piezas por

mes, es decir, diez veces más.

 

A esta optimización industrial se suman planes de invitar a diseñadores, sacar

líneas reducidas, trabajar con aplicaciones de artistas invitados para los artículos,

y desplegar varias estrategias que tienen que ver con el diseño. En otras palabras,

rendir honor a la historia del devenir del diseño argentino que bien podría

escribirse como una novela donde los personajes, las disciplinas, los materiales

y los escenarios regionales se cruzaran con los de América del Norte y el viejo

continente en un curioso zigzag si es que nos detenemos en el amplio abanico de

 

cultura material que se produjo en el pasado en todas las escalas, desde viviendas

y vajillas, hasta muebles, transporte y gráfica.

Revista Veintitres

 

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