Públicos

 

Por Emilio Vera Da Souza ([email protected])

 

Quien no se ha reído con Antonio Gasalla cuando personifica a esa empleada pública que grita “atrás, atrás…”, mal vestida, pintados los labios como una mascarita, prepotente, canchera, pesada, casi poderosa. Quien no ha descubierto alguna ves en algún edificio de alguna repartición, un personaje como el del impecable actor, que con su arbitrariedad y su sólo criterio deja pasar a unos en detrimento de otros, luego de una larga y lenta fila.

A ese tipo de personaje NO es lo a los que quiero recordar ahora.

Hoy quiero recordar a los otros.

A los hombres y mujeres que nos atienden cotidianamente en las distintas oficinas públicas con una sonrisa.

A los que nos saludan bien, cuando llegamos, nos brindan su paciencia y su conocimiento, nos ayudan con concejos para que el trámite se termine y nos despiden con palabras de aliento.

A esos anónimos y desconocidos que soportan las quejas del público, que reciben a llorones contribuyentes, a pesados que quieren hacer valer parentesco lejano con algún funcionario de renombre o a tipos y tipas que quieren arremeter sólo porque son más grandotes que el que los atiende.

A las que soportan a “los piolas” que tratan mal a las que están en el mostrador, sólo porque son mujeres.

¿Alguien se detiene a pensar en ellos?

¿Alguien intenta imaginar cómo será la vida de esa otra persona?

Imaginemos juntos.

La persona que nos atiende en el mostrador de esa oficina de la Municipalidad, cerca de, digamos, las 12,45 horas. Esa persona que nos atiende debe tener por lo menos dos hijos en edad escolar y mientras trata de solucionarnos un problema o de encarrilar un expediente o de encontrar cómo acelerar un trámite atrasado, lo hace amablemente, concentrado en su tarea, responsablemente, quizá cansado o cansada de varias horas de atender al “público” que somos nosotros.

Mientras, en su intimo pensamiento, espera no olvidar de llamar a sus hijos antes de que partan para la escuela, saber si comieron bien y pudieron calentar lo que dejó preparado en el horno de la noche anterior, saber si los chicos terminaron prolijamente los deberes y si tienen la plata para el colectivo. Ah! No se olviden de la merienda, para el recreo y de poner la botellita de agua fresca en la mochila. Todo eso, mientras nos atiende.

Y nosotros nos vamos desde allí, a… supongamos, la cola del banco Nación, allí cerca, para pagar un código 040, y nos atiende la cajera. La misma que nos cobra la boleta del agua o el impuesto inmobiliario. A ella ¿qué le estará pasando, mientras nos atiende, pone el sello en la boleta, nos da el vuelto y nos despide con una leve sonrisa, porque ya está muy cansada y quedan varias horas de tarea. ¿Qué problemas tendrá? Imagino miles de situaciones.

Y los funcionarios, y jefes y gerentes ¿qué pensarán de esos empleados?

Para hacer un brevísimo balance debo decir que en casi todas las oficinas públicas y en todas las oficinas que se atiende público hay gente que resuelve la situación del que viene a buscar que lo atiendan.

Sencillamente si esto no fuera así, nada funcionaría. Y para decir verdad casi todo funciona. Pensemos juntos esto que yo afirmo.

Les aseguro que yo lo he pensado bastante y también he intentado hacerlo con varias personas y la conclusión es que si no hubiera personas que hacen su trabajo a conciencia, sencillamente no habría servicios en los hospitales, en las escuelas, en los juzgados, en los bancos, en los comercios, en los registro civiles, en las comisarías, en las delegaciones municipales y… sigue la lista.

Que a veces la cosa no nos gusta, es posible.

Que otras, no hallamos respuesta, también.

Que no siempre salimos satisfechos, seguro.

Pero, sino fuera por los que trabajan sin perder tiempo en chismes, o “en chupar medias” como antes se decía. Sino fuera por los que trabajan aunque el jefe no los mire, el asunto no andaría.

Otro ejemplo para reflexionar.

Mientras asumen nuevas autoridades cuando hay un cambio de gobierno, y llegan a sus oficinas los nuevos funcionarios y se informan sobre lo que hacen los distintos trabajadores de esa repartición y lee los papeles sobre los que tendrá que tomar decisión, deben pasar varios días. Mientras esos días pasan, la oficina sigue funcionando.

El que tiene que limpiar sigue limpiando, el encargado de llevar los materiales de trabajo (papel, biromes, sellos, llaves de los distintos armarios, seguimiento de expedientes, mantenimiento, etc.) lo continúa haciendo. Todas esas tareas menores, rutinarias, cotidianas, a las que nadie presta atención, se siguen realizando.

El que tiene que atender al público lo hace, el que lleva los expedientes en el carrito desde la mesa de entradas los lleva, el que atiende la cocina de cada piso de la casa de gobierno la sigue atendiendo. El que liquida los sueldos para que todos cobren a fin de mes. Los choferes siguen controlando el agua del radiador de las distintas movilidades, y el aceite y el combustible y el aire de las ruedas. Todos continúan con sus aburridas tareas (aburridas para mi, debo aclarar) para que todo funcione.

Si no fuera así, nada funcionaría.

Y después de hacer sus tareas, tienen que atender al “público”, que somos nosotros.

Ud. ¿saludó hoy al señor de la mesa de entradas?

¿Le preguntó el nombre al encargado de la playa de estacionamiento que acomoda y cuida los vehículos aunque haga frío, aunque llueva o al rayazo del sol?

¿Saludó al policía de la entrada de la guardia, que todos los días está parado haciendo su trabajo?

¿Agradeció al cajero del banco que lo atiende a pesar de los vivos que se quieren colar en la fila y a pesar de sus propios problemas?

A la señora de la computadora que siempre atiende tan bien ¿le agradeció?

A los de tribunales, a los del consejo deliberante, a los del cementerio, a los chicos de la oficina que no tiene aire acondicionado, a los del archivo del registro civil.

A los de la oficina del segundo piso, que siempre son tan amables ¿les convidó una sonrisa?

A los de la fotocopiadora que tienen las monedas para el vuelto, ¿les llevó alguna vez un caramelo?

No se le ocurrió pensar que sufren, lloran, ríen, tienen hijos, deudas, preocupaciones, ganas de ir al baño, de tomar un café caliente, de caminar un rato, de fumarse un pucho en la puerta, de saludar a la tía Ñata para el cumpleaños, de saber cómo está la sobrina enferma…

Al Pedro que vende pre-pizzas con su hija por los pasillos de Casa de Gobierno, luego de todo un día de servir el mate cocido para los empleados, ¿le dijeron que estaban ricos los pancitos que hornea?

A todos los que hacen que nuestras vidas sean un poco menos tediosas ayudándonos a que terminemos nuestros trámites o arreglemos nuestros problemas, les debemos un instante de reflexión y por lo menos, una cara más sonriente.

A los que atienden en los lugares más odiosos, a los de las guardias de los hospitales y centros de salud, a los de las mesas de entradas, a los de tesorería, a los que nos sellan los papeles, a los que limpian los baños, a los que les enseñan a nuestros hijos, a los que cuidan las puertas, a los administrativos, a todos ellos y a los que no puedo nombrar por falta de espacio.

A todos ellos dediquémosle un breve instante en nuestros pensamientos y un agradecimiento cuando terminan de atendernos.

A los que leyeron estas líneas, gracias.

Hasta la próxima.

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