¿ Porqué los radicales «culturales» no asesoraron a Cornejo – Suarez ?

por *León Repetur

Desde el principio del desatino de modificar la 7722 esta pregunta me ronda sin cesar. 

¿Cómo fue posible que ninguna voz radical de la cultura  alertara del peligro que significaba salir a atacar el estilo de vida del 80% de los mendocinos? 

Una de las respuestas que me daba era que el mejor cuadro cultural radical se les había quedado en el Frente popular después de la transversalidad de Cornejo – Cobos – Kirchner e incorporado luego en el  Frente de Todos. Me refiero a Mario de Casas. Esa ausencia en parte podía explicar la falta de asesoramiento especializado y vital a los gobernadores de esta última  etapa en la Provincia.

La otra es que coherentes con la visión liberal de la cultura, los radicales como siempre  (aunque también los peronistas lo han hecho) han tercerizado la gestión cultural en operadores políticos, escasos de conocimientos y vuelo cultural. Estos operadores, en vez de interpretar el estado de  desarrollo de las culturas de los mendocinos, de sus valores, de sus estilos de vida, de sus prioridades, vienen a cumplir el triste papel de productores de eventos sin riesgo.  Esto lo afirmo, porque es muy fácil hacer eventos con la plata de los impuestos de todos los mendocinos, con el solo objetivo de sumar clientes y votos al partido de turno en el Gobierno. Esto se denomina en todas partes: uso emblemático de la cultura por el poder político. 

Pero el Gobierno cultural es otra cosa. Es saber navegar en ese mundo cada más complejo, heterogéneo y diverso de los sentimientos, valores y estilos de vida de cada sector de la comunidad que te toca representar. La importancia de esta forma de pensar la Cultura es la que soporta la necesidad y la jerarquía del Ministerio de Cultura en todos los gobiernos del mundo. Porque un Ministro de Cultura sentado en el Gabinete de igual a igual con el de Hacienda, Salud, Educación o Infraestructura es capaz de parar desatinos que atentan contra la paz social, la cohesión comunitaria o los valores y tradiciones de la mayoría. 

Esa ha sido la enorme carencia, palpable e irrefutable, que han tenido Cornejo y Suárez. Cornejo en los 4 años de su administración no ha podido integrar al sector más dinámico de la cultura: los artistas mendocinos. Tampoco ha podido integrar los valores y tradición de miles de mendocinos que no se quieren parecer ni a Australia ni a Singapur. El sólo hecho de hablar de imitar a esos países es una muestra de la falta de estrategia y discurso cultural que han tenido. Los mendocinos no necesitamos imitar. Hemos demostrado a lo largo de nuestra historia la fuerza de la originalidad para construir un lugar único y potente, aunque tengamos deficiencias. Deficiencias que seguramente serán menores a la hora de comparar con esos supuestos paraísos que tienen otra historia, otro devenir y otras culturas, ni mejores ni peores, sino distintas a las nuestras.  

Porque dejar superendeudada una Provincia y un heredero que salga como  desaforado a romper la paz social, es catalogable como una falta total de cultura mendocina, signada por la cultura del agua, la cultura del árbol y los valores sanmartinianos. Los tres pilares fueron violentados. Con la destrucción de la 7722 se pone en peligro el agua y la cordillera que la provee, los árboles y cultivos que requieren de ella y los valores sanmartinianos con la entrega del patrimonio, el sometimiento a los buitres financieros de afuera y de adentro y la austeridad que nos legara el Gran Capitán.

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Sin marco cultural, la política navega sin brújula, sin mito, sin combustible y lo que es peor sin marineros. No existe direccionalidad, magia, alimento simbólico y menos hombres y mujeres que sean los abanderados de un destino colectivo.

Sin marco cultural, se opta por oportunistas como aliados de viaje, que solo acompañan por avaricia o codicia, con el único objetivo de rentabilizar rápido sus inversiones, caiga quién caiga.

Sin marco cultural, se toman decisiones urgidos por la coyuntura y las presiones sectoriales, dejando de lado a los representados y al bien común. La mirada cultural permite pensar estratégica e históricamente, haciendo caso omiso a las urgencias de los poderosos y priorizando al conjunto de la población y sus estados de conciencia y de práctica cotidiana.  

Esa carencia se ha sentido. No puede ser vocero un funcionario de segunda a cargo del área más conflictiva o repudiada por las mayorías. Y encima, como otros funcionarios de la administración, pasar de la defensa de los bienes comunes, partidarios otrora de la7722 y ahora destructores de la misma en una pirueta inexplicable para el conjunto.

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Otra cosa importante que la visión cultual provee es la variable tiempo. Las poblaciones se manejan con tres relojes: el arcaico, el moderno y el globalizado. Cada uno de los sectores que lee su reloj reacciona de distinta manera a una misma propuesta. Por eso, el rol del Ministro de Cultura es el de consolidar el discurso gubernamental, pesando todas y cada una de las heterogeneidades, complejidades y diferencias culturales de los actores de una comunidad. 

Lamentablemente la política aun no toma conciencia de la importancia de la Cultura en la gobernabilidad. La sigue subestimando, escamoteándole presupuesto y bajándola de jerarquía. Porque la sigue pensando como la Comisión de Fiesta y Festejos. Y eso la trasforma en  una simple productora de espectáculos y de otorgadora de dádivas para que los artistas no rompan la paciencia. 

Esa carencia del Ministro de Culturas priva a la política de una mirada holística de la sociedad. Esa carencia rompe las  “redes  de conversaciones” que debe tener todo Gobierno con sus ciudadanos. Esa carencia se nota en Mendoza. El bochorno legislativo que vivimos y la posterior escena sin guión del Ejecutivo así lo demuestra.

Es hora de revalorizar el rol de la Cultura en la gobernabilidad. Y para eso hace falta que tanto los funcionarios como la comunidad tengan un espacio de confluencia, dialogo y debate sin temores y con todos. Y eso es la Cultura, el ágora, la construcción de ciudadanía cultural. 

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