París

Por Emilio Vera Da Souza

Los parisinos, bastante parecidos a los porteños de Buenos Aires pero con más pretensiones, adjetivaban: “París, la ciudad luz”. Entre las callecitas que andaban Osvaldo Soriano, el larguísimo Julio Cortázar, el amigo del “Negro” Julio Castillo, Julio Le Parc, ya se percibía el apagado progresivo y los cronistas extranjeros lo confirman y las imágenes y los detalles que me envía la melómana Suzzette Kaiser no dejan lugar a dudas: París es oscuridad. Su noche muere apagada, poco a poco.

Lo que pasa, desde hace un tiempo, es que los vecinos de París protestan de todas las formas judiciales posibles contra los ruidos, lo que produce ruido o lo que interrumpe el descanso de la noche. Allí se pone en evidencia la supremacía de los adultos muy mayores sobre la “ruidosa juventud”. La noche en la que fuera la ciudad más despierta del mundo es una “aburrición” constante.

El problema es que los turistas y los mismos ciudadanos que buscan actividades en la noche, entre la diversión, el arte, la cultura y la bohemia… no encuentran nada, y por lo mismo están mudando sus preferencias a otras ciudades: Barcelona, Berlín, Londres, e inclusive, algunos han llegado a decir que “la Unión Soviética era más divertida de lo que es París ahora”.

Las autoridades de la ciudad –el municipio– están pensando qué hacer. Para eso reunieron especialistas que propongan ideas superadoras al hostigamiento policial, a los quejosos de las actividades nocturnas y a los altos precios que esto genera por la falta de ofertas en los locales del centro y la demanda de los visitantes que piden algo para ver.

Hace más de un año se juntaron los propietarios de restaurantes, bares, locales nocturnos de todo tipo y elaboraron un pedido concreto para que las autoridades dieran cuenta del problema. Allí afirmaban que “la noche se muere en silencio”.

La lista de ejemplos: una cerveza en un lugar berreta cuesta 14 dólares. La policía sale a realizar procedimientos a cada rato por las quejas de los vecinos, los vecinos se quejan porque la gente se junta a fumar en la puerta de los locales, ya que adentro está prohibido. No hay colectivos de noche y circulan muy pocos taxis. No hay artistas en las calles, “todo es gris y aburrido”, no hay sorpresa, no hay espontaneidad. Para divertirse hay que hacer un programa con tiempo, hacer reservas por Internet, contratar previamente los servicios y el menú de los que se quiere consumir, pactar los horarios y la forma de transporte… una verdadera diversión.

Los vecinos tienen razón, en cuanto a los ruidos que no los dejan descansar. Se necesita descansar si al otro día hay que trabajar. Pero los que dependen del trabajo nocturno, se van quedando paulatinamente sin clientes y la cosa parece no cambiar.

Hay tantas reglas en la actualidad que cualquiera que pensara hacer lo que hacían en la ciudad hace solo 10 o 15 años, iría preso.

A Mendoza no se parece. Las calles de París no son las calles de Mendoza. Los turistas de París no son iguales a los que vienen a Mendoza. Los agentes municipales que todo lo controlan son iguales en todas partes. Las reglas para ordenar todo y no dejar a los paseantes hacer nada, podrían ser iguales a las de París en Mendoza.

Pasar largo tiempo en las computadoras entretenidos con los amigos de virtualidad en las redes sociales es tiempo que se le resta al bar, al café, al compartir con los amigos de verdad. Tomar un trago en buena compañía en Ítaka de la calle Arístides es mejor que dormir en París por falta de propuestas interesantes. Pasar un rato conversando de cómo encontrar los famosos bueyes perdidos, la argentinidad y cosas trascendentes como la fórmula para ganar en la ruleta, se viven mejor en las calles nocturnas de Mendoza.

En París, los bares y cafés han dejado de ser un lugar de encuentro e intercambio, son sitios para que uno tome algo, pague altísimos precios y tenga que irse rápido. Son sitios aburridos, no puede consumir más porque se acabó el dinero si un vaso de ferné con cola sale 25 dólares. París pasará a ser una ciudad museo, todo ordenado, todo reglamentado, todo para hacer con luz natural, todo para pagar, todo para aburrirse.

Mendoza aún está viva, y los que queremos a esta ciudad, la queremos vital, activa, iluminada, transitada, profunda, compartida, segura, sabrosa, condimentada. Mendoza con aromas a carnes asadas, a Malbec recién descorchado. Mendoza con sus mujeres hermosas, con sus calles con acequias, con sus hojas de otoño, con su viento Zonda… Mendoza ciudad luz… Mendoza de todos… Mendoza para disfrutar y para que todos vengan a pasarla bien.

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