No hay que salir a buscarlo.

Lo indican las cifras pero, con más fuerza, lo que cada cual ve cada semana golpeando a su puerta. Nos lo recuerda el veinte por ciento del voto evangélico que se concentró en la candidata presidencial que obtuvo el tercer puesto en las últimas elecciones brasileñas, o los tres mil centros de reunión que contabilizan los evangelistas en la ciudad de Buenos Aires, o la clara división de la población indígena de Bolivia, Perú y Ecuador entre católicos y protestantes, prácticamente a partes iguales. Situaciones inconcebibles hace sólo un cuarto de siglo.

¿Y qué? se preguntan a unísono el agnóstico, el ateo, el progresista e incluso buena parte de los católicos.

Para los primeros, que han identificado a la religión como uno de los grandes flagelos de la humanidad, el hecho de que todo un Continente cambie de confesión no significa gran cosa. Es más de lo mismo: “hoy creen en esto y mañana en aquello”, se dicen; “la fe religiosa es siempre fe religiosa”. Entre los que pertenecen al catolicismo, en cambio, el mismo alzar de hombros tiene otros motivos. El principal, quizás, tiene por eje el que la mayoría de los católicos tiene muy poco conocimiento de su propia religión y, mucho menos, de las ajenas. Además, por la propia naturaleza de la diferencia, el católico común y corriente, a diferencia del protestante, es muy poco dado a opinar sobre religión, sobre asuntos religiosos y sobre todo aquello en que se rocen religión y política.
Hay otro sector social en América Latina al que podríamos llamar “intelectualidad laica”, que no opina y ni siquiera describe la situación porque cree erróneamente que el principio de la libertad de cultos prohíbe incluso investigar los cambios sociales en materia religiosa.

Unos piensan que no les incumbe; otros, que no han recibido instrucción alguna al respecto; es por eso que América Latina será, en no más de treinta años, protestante, de manera suave, incruenta.

Anteriormente, en Europa, el cambio de confesión religiosa de un país o una región no fue posible sin guerras, invasiones y grandes sufrimientos. Pero el paso de América Latina del catolicismo al protestantismo es silencioso, pacífico. No habrá luchas internas.

Siendo este un trastorno inevitable, no es ya hora de plantearse cómo evitarlo (incluso, para eso, habría que “querer” evitarlo y tener algún motivo), sino, simplemente, al menos, dilucidar qué significará para todos aquellos que habitamos en Latinoamérica.

Muchos no religiosos creen que no hay gran diferencia entre una religión y otra; a fin de cuentas se trata siempre de la fe en lo sobrenatural; de la fe religiosa. Es esa una visón, más que simplista, simplona.

Todo el progresismo latinoamericano ha tenido siempre a la estructura católica y, en particular, su injerencia en el Estado, como un factor retrógrado en materia social. Esta lucha secular le ha llevado a un conocimiento más o menos realista de la política católica y, paralelamente, a una gran ignorancia de la política protestante. Así, el progresismo latinoamericano parece ignorar las raíces del fenómeno religioso y no comprender, por ejemplo, que la gente no deja de ser religiosa por el hecho de que se le demuestre que su iglesia colaboró con la dictadura o que entre sus sacerdotes hay demasiados casos de pedofilia, sino que, cuando esto le resulta demasiado bochornoso para la forma de su fe, deja de creer en la estructura intermediaria, la curia, y pretende relacionarse directamente con Dios. Es decir, se vuelve, técnicamente, protestante.

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Dicho de otro modo: los ataques del progresismo, las demostraciones del progresismo en su crítica de la iglesia católica no generan ateos, ni agnósticos, ni librepensadores, sino, simplemente, protestantes. Más protestantes. (Lo cual, por supuesto, no significa que esas críticas no deban hacerse y seguirse haciendo).
En cambio, para muchos católicos de América Latina sí es claro que pertenecer a la iglesia Católica Apostólica Romana no es para nada semejante a la filiación protestante. De hecho, buena parte de las fuerzas de la inquisición fueron dedicadas, en América, desde el siglo XVI al XIX, a combatir la “herejía” protestante. El protestantismo no es simplemente “otra religión”, como podría pensarse del hinduismo, que es más distante, sino una confesión que surge como protesta y desafío de la católica. Desde un punto de vista teológico elemental, y a pesar de los movimientos ecuménicos contemporáneos, catolicismo y protestantismo son irreconciliables.

La pregunta es pues: ¿qué cambiará? ¿Qué significará para mis hijos y mis nietos vivir en un país de cultura protestante? Porque, y esto es lo que el progresismo no termina de entender: en movimientos sociales de tamaña envergadura como el que vivimos, no se trata de ser o no ser religioso, sino de que la cultura preponderante, la manera en que actuamos ante los otros, las fiestas y los feriados, los refranes que recibimos de nuestros mayores y transmitimos a nuestros hijos, la manera en que nos relacionamos con los vecinos, la forma en que entendemos el sexo o la amistad, la arquitectura urbana y la rural, el arte, la poesía, la gastronomía que preferimos, la vestimenta… las actitudes ante la culpa, ante el trabajo, el ocio, el disfrute y hasta la risa… en suma: todo lo que entendemos por cultura, tiene origen o sello religioso. Y es todo eso lo que cambiará.

América Latina es de cultura católica así como los países del norte de Europa son de cultura protestante, independientemente de que en las dos regiones vivan altos porcentajes de ateos, agnósticos, librepensadores e incluso miembros de otras religiones. La manera en que “se hacen las cosas”, la manera en que se vive, es la marcada por la cultura dominante. Esto es lo que cambiará.

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Esto no quiere decir que vaya a cambiar para mal. Es posible que el protestantismo sea la opción buena y el catolicismo la mala. En ese caso habría que seguir denunciando a los curas pedófilos sin mencionar el recurrente homosexualismo en que han sido descubiertos los teleevangelistas homofóbicos desde los años 50.  Señalar los vínculos de la iglesia católica con las dictaduras y dejar en las sombras las redes tejidas entre la derecha gubernamental estadounidense y los gobiernos centroamericanos, desde los años sesenta, por los evangelistas. Mencionar junto a Las Casas el papel de la iglesia católica en la Conquista de América y olvidar el de los misioneros protestantes en el colonialismo europeo de Asia y Africa… Entre protestantes y católicos, en materia de proselitismo, política e imperios, el que esté libre de culpa, puede tirar la primera piedra.

No se trata pues, en materia geopolítica, de tomar partido religioso, sino de entender lo que está pasando y lo que pasará; cuáles son las causas y los antecedentes que es necesario conocer para tener una visión del conjunto.

Existe, además, otro factor que vuelve necesaria la observación de la avalancha evangelista en Latinoamérica. Puede leerse más o menos así: Históricamente las grandes multitudes se unen por uno de tres factores: Clase, Nacionalidad o religión.

En el siglo veintiuno, las grandes potencias del XX tienden a centrar los grandes conflictos internacionalesen el terreno de lo nacional y religioso. Para contrarrestar el nacionalismo musulmán Estados Unidos viene impulsando masividad y radicalización religiosa cristiana entre su población (hay hoy en Norteamérica más religiosos que en los años 60). Sus intelectuales prefieren señalar el confucianismo chino, la cultura oriental, como la fuerza que moviliza la creciente economía china. Luchar por apoderarse del petróleo árabe o por detener la superioridad industrial de la China no sirve para crear banderas que vivifiquen las voluntades de la población del gran imperio. Europa sigue el mismo camino: llevar los enfrentamientos (que en el fondo son económicos) al terreno de lo religioso y cultural. “Cruzada” y “guerra santa” son los estandartes que pueden dar nervio al enfrentamiento político con el mundo árabe y al económico con Oriente, los dos principales problemas internacionales de Estados Unidos en esta primera mitad de siglo.

Para enfrentar ese mundo, a Estados Unidos no le basta ya, como hasta ahora, con una América Latina cristiana (“aunque” católica). Necesita una América Latina protestante.

El crecimiento protestante en América Latina no es el fruto de una orden o de una conspiración urdida tenebrosamente en el Norte, sino de una multitud de factores concomitantes entre los que el interés geopolítico es uno más.

Por eso no tiene que salir a buscarlo. Esta semana, el futuro golpeará a su puerta.

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