Molino

Cuando uno se prepara para escuchar temas musicales, canciones, melodías conocidas, tradicionales, recontra sabidas, puede pensar que no se va a encontrar con algo nuevo. Simplemente se prepara para oír algo que ya le produjo, en su momento, placer por ese arte. Pero siempre, y eso es lo mágico del arte, hay lugar para emocionarse con una nueva versión, con interpretaciones diferentes, con detalles y diseños que no sabíamos que se podían lograr en esa obra. Y cuando eso pasa uno reconoce a un verdadero artista: alguien que es capaz de hacernos sentir otras emociones con sutilezas, con simplezas inesperadas.

A mí me ha pasado. Yo fui a escuchar la presentación de un nuevo disco, sin haber escuchado el disco. Un poco por abulia. Pero más por prejuicio. Se trataba de temas conocidos y de canciones ya sabidas por mí. Y la verdad es que tomé varias decisiones en ese mismo momento. Primero: sacarme de encima los preconceptos con respecto a las canciones que ya conocía y que me disponía a escuchar en ese momento. Segundo: dejarme invadir por los sonidos y tratar de disfrutar profundamente del momento.

Y les aseguro que salí emocionado. Me dejé llevar y me gustó lo nuevo que encontré en algo ya conocido. Me liberé del prejuicio de pensar que ya esas canciones eran viejas e imposibles de hacerles mejorar lo que ya tenían de bueno. Y finalmente, me divertí y me sorprendí con la alegría que interpretaron los músicos esos temas que me parecía que no podían generar nada más.

Fabián Molino es el que ideó este disco, “Colorcito cuyano”, casi de folclore, casi tradicional, basado en canciones de Damián Sánchez. Una especie de rescate de un autor de otras épocas. Una reivindicación, anacrónica quizá, pero desde el punto de vista de Molino, un asunto necesario. El disco es simple y no tiene más pretensiones que las de cualquier artista que quiere mostrar su arte. Pero ese es su secreto: la sorpresa de la simplicidad y la mirada original de un artista original. Fabián Molino recorre en su disco su visión personal, con un historial extraño, ya que no proviene de los conservatorios. Fabián es arquitecto, y también se dedica al diseño, pero es un poco periodista también, se dedica al cine y tiene bastante de rockero. Y eso hace que su arte sea diferente. Y también los músicos que lo acompañan son sorprendentes, ya que a pesar de ser tipos muy profesionales y experimentados, son emotivos y son capaces de generar climas musicales más cercanos a lo fantástico que a la partitura. Hasta podría decir que son los encargados de repartir mimos para el público. Y así, un poco por sorpresa y un poco por voluntad, me empezó a gustar este disco y escuchar su presentación y asistir al espectáculo de descubrir a Molino moverse en el escenario con la facilidad que tienen los artistas que saben lo que hacen. Fabián Molino tiene también la compañía de la soledad, que no es poca cosa. Y de un público entusiasta que valora el calorcito que se genera entre el escenario y las butacas. Entonces yo le digo: cuando sepa que hay un disco que tiene canciones de Damián Sánchez, interpretadas por Fabián Molino y una banda que lo acompaña con sus sonidos y sutilezas, no se distraiga y escuche atentamente. Seguro que habrá algo que lo sorprenderá. Haga la prueba…

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