Mendoza: Contar el pasado

 

Si nos dicen que nos cuentan una historia de Mendoza, de la Conquista a nuestros días, extraña pensar de qué va el ofrecimiento. Para empezar, sugiere un “nosotros”, los mendocinos, los destinatarios primeros de un relato inusitado dado que promete ser único al cabo de las distintas caras de la historia y las variadas tramas de su devenir en un tiempo tan largo; pensemos que este año se celebran los 450 años de la fundación de la ciudad.

 

Consabido es que un libro de historia es una intervención pública en el espacio que habitamos. Una forma de instaurar “modos de decir” entre tanta información circulando sobre el pasado remoto y el reciente, con todos los problemas de convivencia y construcción ciudadana que pueden ir apareciendo en una y otra instancia del tiempo vivido.

 

Las autoras son docentes. Saben de las dificultades de abrirse camino con una obra de alta divulgación en una disciplina milenaria que para ser aprehendida por los más jóvenes tiene que renovar su discurso y abolir esa distancia que llama a la modorra en el circuito educativo formal. Pero también saben del potencial empuje del “mundo de la historia” –es una realidad que cada vez más aparecen nuevos textos y más lectores interesados y curiosos–, de ahí que se hayan propuesto levantar el listón en suelo cuyano, consiguiendo encontrarle más ventajas que dificultades al relato de una historia contada en fresco, a ritmo de historia “viva”.

 

Te contamos una historia de Mendoza (de la Conquista a nuestros días) acaba de ser publicado por la Ediunc, la Editorial de la Universidad Nacional de Cuyo. Sus cuatro autoras son María Teresa Brachetta, Beatriz Bragoni, Virginia Mellado y Oriana Pelagatti, quienes investigan en el Conicet y enseñan en la universidad. El volumen tiene un aire inaugural ya que es la primera entrega de la colección “Ida y vuelta”, una novedosa propuesta de Ediunc pensada para la divulgación científica en lenguaje ameno y accesible.

 

Por momentos, la historia que nos cuentan es reflexionada y hasta iluminadora para los que tenemos los ojos clavados en este presente. La captura de los sucesos importantes se agradece como se agradece aquello que nos estimula o pone en funciones. Tan rodeados como estamos de enormes cantidades de información –vivimos en una era caracterizada como “de la información”– no caemos en la cuenta de la formidable ventaja que tenemos respecto de los actores del pasado. Lo que ellos no podían saber ni en ocasiones, imaginar, todo el curso histórico posterior al tiempo que vivieron, está a nuestro alcance, casi como si pudiésemos “mirarlo” en su profundidad. Sin confundirlo con el presente, el pasado asoma con “perfume a realidad”. No es poco atractivo a sumar a los que ya pululan en esta época de registros incesantes de lo que acontece o se vivió a efectos de ser compartido en las redes sociales.

 

La obsesión por el origen. Antes que la ciudad fuera la ciudad, o sea, antes de que se formara esa pequeña villa en los confines del imperio español –fines del siglo XVII– estaban los huarpes. No es difícil establecer que en el imaginario de los mendocinos se halla cómodamente instalada una versión pobre sobre cómo fue la acción de los grupos étnicos dominados. Entre que los huarpes no conocieron la escritura y por ende, muchos aspectos de su cultura y sociedad nos resultan desconocidos, y que fueron presentados retóricamente como los vencidos, pocas caras ofrece el relato de la conquista de los territorios que hoy constituyen la provincia de Mendoza.

 

Sin embargo, sí hay otra cara destacable. La de los distintos episodios de resistencia indígena que hará trastabillar la idea arraigada de que los huarpes eran pacíficos. El relato intenta hacer comprender la lógica social y política de la época: “Los huarpes resistieron el traslado forzoso a Chile (eran forzados a trabajar en las minas de cobre) refugiándose más allá de la frontera o cambiando de jurisdicción para no pagar el tributo. Recién a fines del siglo XVII la Corona prohibió su traslado a Santiago”. De capturar una fecha, esta podría ser 1564, ese año un grupo de huarpes se rebeló al punto tal que “en Santiago se temió que fracasara la conquista”.

 

En cuanto a nombres, apuntar los siguientes: “Bartolo” y su hermano “Juanillo”, caciques puelches que constituyeron una verdadera amenaza para los españoles. Eso sucedió a mediados del siglo XVII, cuando Bartolo se unió con los pehuenches del norte de Neuquén para invadir Mendoza. Del libro extraemos el siguiente pasaje: “Había movilizado unos 200 indios de lanza pero sus planes fueron descubiertos. Bartolo y Juanillo fueron conducidos a la ciudad engrillados para ser juzgados. Se les aplicó un castigo ejemplar para atemorizar a los rebeldes. Bartolo fue ejecutado en la Plaza Mayor de la ciudad mientras que Juanillo fue condenado a servir en las galeras en el lejano puerto del Callao. Cuando era trasladado hacia el Perú, consiguió escapar y retornó al sur de Mendoza donde continuó asolando la frontera. En 1660 murió luchando contra los españoles durante un ataque a las estancias del sur”.

 

La cosa no quedó ahí. En el siglo XVIII, los pehuenches hicieron temblar la “paz de los cristianos”. Por este tembladeral se levantó el fortín de San Carlos, frontera sur de un imperio que hacía de la defensa de su jurisdicción una cuestión política central. Para eso estaban los comandantes de frontera. Por ejemplo, Francisco Amigorena, quien sorprendió a los pehuenches en sus propias tolderías, enfrentamiento que dejó como saldo centenares de indígenas muertos y otros tantos prisioneros que fueron conducidos a la ciudad. Los pehuenches se vieron obligados a pedir la paz, y se transformaron en “indios amigos” o “aliados del Rey”. Esta forma de “pacificar” la frontera se extendió hacia el sur, hasta la confluencia de los ríos Atuel y Diamante, donde se fundó el fuerte de San Rafael. A su alrededor, un grupo de caciques se asentó para cultivar sus granos y criar su ganado. En tren de la convivencia pacífica aceptaron que se construyera una capilla donde vivió durante largas décadas el fraile mapuche Francisco Inalicán, personaje “bisagra” entre este capítulo primero de la historia y el que vendría a convertir a tantos súbditos del rey en ciudadanos de una república.

 

La ola revolucionaria. Esta es la etapa de la historia donde el relato pierde ese tono de “tierra adentro” para instalarse en la acción de las elites. Una acción bulliciosa, por cierto, a tono con una época de fervor revolucionario ante el surgimiento de una experiencia colectiva que transformó la cultura política colonial. De esta época brotan palabras típicas del siglo XIX: “patriota”, “causa revolucionaria”, “detractor”, “opresión”, “desertor” y sitúa el ejercicio del poder en el centro de la “alta política”.

 

En lo que hace a lo específicamente local –aclarando que el énfasis de lo revolucionario en la provincia está inserto en un contexto más amplio, lo cual invita a huir de una perspectiva localista para intentar comprender la manera en que ese contexto ha modulado nuestra realidad provincial–, hay un personaje “fundamental” que es José de San Martín, el gobernador-intendente que tenía la mente puesta en un plan ofensivo para atacar el corazón del poder realista en América del Sur. Si hay una cifra a retener es 5.187: es el número de hombres que integraron los regimientos y batallones del Ejército de Los Andes. El siguiente desglose también es digno de un lugar en la memoria: 3.610 eran mestizos, criollos pobres e indígenas originarios de la jurisdicción cuyana. Mayormente engrosaron las filas de la caballería, mientras que alrededor de 1.500 eran esclavos negros y pardos libres que integraron los cuerpos de infantería. En su mayoría, antes de ser reclutados fueron comprados por el gobierno a sus respectivos amos.

 

Decididamente, la gestión política realizada por San Martín para movilizar a todos estos hombres y recursos además de volcar la opinión de los cuyanos a su favor, resulta más que fascinante. Sobre todo porque palpitamos el curso posterior de los acontecimientos, con todos sus bemoles. En sólo diez años transcurridos entre el arribo de un San Martín al Río de la Plata y el periplo recorrido a lo largo de las campañas militares –con un Simón Bolívar haciendo lo suyo en otros puntos de la geografía política, a modo de una operación de pinzas–, toda la liberación de un continente entero parece estar a sólo un paso de ser cumplida.

 

Una palabra querible para el azaroso registro de captura de esta historia de Mendoza es “lenguaraz”. Es una palabra que remite al fuerte de San Carlos. El lenguaraz era nada menos que Fray Francisco Inalicán y alude a su famoso “parlamento” el día que se reunió con los caciques, capitanejos pehuenches y pampas, con la intención de invitar a los pueblos nativos a unirse a la revolución en contra de sus antiguos opresores. De esa reunión saldría un pacto a cambio de una promesa de parte de los revolucionarios: la de defender las tolderías si estas eran atacadas por los realistas. El mensaje de quien oficiara de “lenguaraz” fue publicado aquel 1812 en la Gazeta de Buenos Aires.

 

Interrogantes de la Mendoza moderna. El desarrollo vitivinícola y la inmigración europea contribuyeron a forjar la Mendoza contemporánea. Este es como el puntapié inicial de un relato donde ya se presiente el mundo social y urbano que se sintetiza con algunas caracterizaciones típicamente “provincianas”. Si alguien tiene la idea de que este mundo cambiante está libre de “suciedad”, se equivoca. Lo político está siempre presente, sostienen las historiadoras. Si nadie escribe desde el limbo de la neutralidad y ningún historiador es objetivo, no se entiende por qué ellas han de ser la excepción. Lo que sí, están las reglas del oficio. Te contamos una historia de Mendoza no sólo las acepta sino que las respeta de manera profesional y por momentos crítica. El recurso empleado es el de las “voces integradas”. Es una forma de contar y opinar a la vez. Aquel interesado en conocer una parte más allá de lo escrito, sólo tiene que darse a la multiplicidad de archivos históricos y fuentes disponibles como los fondos del Archivo Histórico provincial y la Hemeroteca de la Biblioteca San Martín que alojan documentación valiosísima y allí se aprende todo lo que aún podemos conocer de los mendocinos y mendocinas que nos antecedieron.

 

Como muestra basta un botón. Cuando se relata el nacimiento de la Fiesta de la Vendimia en Mendoza, las autoras despliegan la fórmula arriba descripta: “Este ritual que año tras año consagra a la vitivinicultura como actividad económica fundamental de la región, como fuente de vida y sustento para gran parte de los mendocinos y cuyanos surgió en el año 1936 y ya desde sus orígenes probó ser una celebración profundamente popular, muy estimada y reconocida por la sociedad. Ese año, el gobierno provincial liderado por el doctor Guillermo Cano –y su ministro de Industria y Obras Públicas, ingeniero Frank Romero Day– institucionalizó la Fiesta de la Vendimia a través de un decreto. Era su intención exaltar la excelencia de las cepas y los vinos de Mendoza, así como la belleza de sus paisajes. Desde entonces, la fiesta ha combinado tradiciones y significaciones muy diversas. Algunas celebran el modelo vitivinícola como expresión de la posteridad y el progreso de ‘todos’ los mendocinos. Otras, en cambio, evocan los sacrificios y desvelos de los más humildes para crear un vergel en medio del desierto… En la cristalización de esta tradición, probablemente haya incidido el regionalismo literario, afanado por restaurar la originalidad y el valor de la cultura cuyana. Es muy posible que la Fiesta de la Vendimia haya sido en sus orígenes una forma de canalizar ciertos relatos que tienden a ensalzar y legitimar diversos intereses económicos. Hoy, 75 años después, podría formularse la misma interrogación”.

 

Lo que despertó el lencinismo. Respecto del peronismo, es decir, del ascenso social y político de los sectores populares, las autoras se han esmerado en recuperar la herencia del liderazgo de José Néstor Lencinas, otro punto pobremente apuntalado en el relato de la historia de Mendoza. Una imagen fuerte en este sentido es la muerte de ese caudillo radical que ocupara el sillón de San Martín para implementar una política social que sería desbaratada por completo por los conservadores, como por ejemplo el impuesto a la uva y al vino con el fin de financiar un seguro agrícola que protegiera a los viñateros no sólo de eventuales pérdidas de la cosecha causadas por el granizo o las heladas, sino también de las fluctuaciones de los precios del vino. Esa muerte se produjo un 20 de enero de 1920. Fue el cortejo fúnebre el que puso en evidencia la popularidad de Lencinas. En las antípodas de este fenómeno peyorativamente denominado “populismo”, o “chusma ignorante y de alpargata”, estaba la figura de Emilio Civit, el mismo que engalana con su nombre una de las arterias más anchas y elegantes de Mendoza mientras que el primero sólo es evocado en una calle cortita y medio perdida, en las afueras. Para los lencinistas, Emilio Civit constituía la expresión cabal de una oligarquía enquistada en el poder por décadas que gobernaba la provincia en beneficio propio.

 

A modo de recorte, son dignos de captura algunos hechos transcurridos durante la administración peronista que incentivó la participación ciudadana repercutiendo en la vida política de la provincia y el país. En 1949 un hito significativo fue el Congreso Nacional de Filosofía. Del evento participaron los rectores de las universidades argentinas, destacados intelectuales del país y del extranjero –en su mayoría vinculados al catolicismo–, ministros y funcionarios. El Congreso finalizó con una conferencia del propio presidente Juan Domingo Perón en el Teatro Independencia, donde plasmó su concepción de la “comunidad organizada”. Al año siguiente, Mendoza y la Universidad Nacional de Cuyo fueron anfitrionas de un nuevo congreso que tuvo como motivo central conmemorar el centenario de la muerte del general José de San Martín. En aquella oportunidad, el objetivo oficial de “movilizar la conciencia histórica nacional” puso en marcha la maquinaria estatal y de las universidades para discutir los grandes temas de la epopeya libertadora continental que había tenido como actor protagónico a San Martín… El epílogo de esa fiesta sanmartiniana que reunió a políticos, intelectuales y escritores, también atrajo a calificados artistas y músicos quienes interpretaron el Canto a San Martín, compuesto por el poeta Leopoldo Marechal (el autor de Adán Buenosayres) y el músico belga afincado en Mendoza Julio Perceval. La multitudinaria fiesta tuvo lugar un 30 de diciembre en el flamante teatro griego construido al pie del monumento al Ejército de Los Andes.

Revista Veintitres

 

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