LA CARA OCULTA DE MENDOZA Y LA PANDEMIA por Ariel Robert

 

por Ariel Robert

“Si no es bueno, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas” (*)

Puestos a comparar las cuestiones inherentes a lo delictivo, podemos aseverar que la Pandemia ha sido fructífera en los términos que actualmente se denominan “seguridad”. Los índices evidencian descensos en la mayoría de las fechorías que los humanos solemos cometer, al menos en la polifacética Mendoza.

Habrá quienes sospechan que el Covid 19 es un virus con características y funciones de deidad, pero puestos a examinar lo que viene ocurriendo, bastante lejos de las bonhomías celestiales está esta criatura que para convertirse en ser, precisa de los seres (y humanos) completarse, subsistir y multiplicarse.

Ante la inevitable pregunta sobre ¿cómo se puede evitar? la respuesta es dura, dolorosa y podríamos asegurar, anti humana. Aislarse. No tomar contacto. Protegerse del otro (u otra). Evitar respirar a menos de dos metros. Y lo más tremebundo es que si ese, tu prójimo, reviste una amenaza para Vos, tu presencia también es para la otra (el otro) una amenaza. Un duelo involuntario en el que para ganar hay que demorar el disparo.

Suena contradictorio o acaso se parece al guión de una tele novela colombiana de los ’80. “Porque te amo debemos tomar distancia” Obligación que no terminamos de comprender y por consecuencia, de obedecer. Quizá por eso uno de los filósofos contemporáneos llama a este virus como una “caricatura del mal”. Es indeterminable su poder. Se ignora hasta ahora su capacidad de daño. Es invisible pero comprobable. Tiene rasgos similares a otros pero a la vez es muy diferente. No se pronuncia. No habla. Esconde su peculiar estilo de aparecer y también de desaparecer y por momento nos da la impresión que trabaja para algún laboratorio, ese capaz de encontrar como combatirlo, impedirlo, eliminarlo.

Imaginamos que para las autoridades político – sanitarias esta Pandemia ha sido y será el desafío más bravo que hayan podido especular. Suena imposible pensar que en las campañas para acceder a cargos electivos en las últimas elecciones, hubiesen apelado a promesas tales como. “Si me votás, vas a poder salir y juntarte con amigos en tu casa o en el bar”. O “nadie podrá impedirte que hagas una fiesta”. Si alguien se hubiese pronunciado como previsor sanitario de una Pandemia, no mostrando matrícula de profeta, nadie lo hubiese votado.

Los antecedentes, por ejemplo la Gripe Española en 1918, ya nació con una denominación a la que hoy llamaríamos fake news. Porque ni comenzó en España, y tampoco ahí fue más virulenta. Quien diga que esto es un dato subsidiario y carente de importancia, se equivoca.

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La Pandemia de la Influenza virus A subtipo H1N1 provocó la muerte del 5,2% de la población de ese tiempo. A números de hoy, y en la odiosa comparación, es como si por el Covid 19 se alcanzara la cifra de 40 millones de muertes, número del que, afortunadamente, estamos bien lejos (698 mil personas fallecidas hasta este informe según World Meter Reseach) sobre una población mundial que supera los 7 mil 800 millones de personas.

Estas cifras que pueden sonar alentadoras para quienes leen esto, se evaporan y pierden substancia si acaso alguien de su entorno, si alguna persona por la que sienten afecto, es una de estas escasas que suman a la estadística de muertes.

Aquella Pandemia de hace 102 años atrás, estigmatizada como Española, se inició en Kansas, Estados Unidos. Pero esa gripe de origen aviar, cobró títulos en los diarios de España y por una circunstancia que bien deja esclarecido qué significan los medios de comunicación social. España no intervino en la “Gran Guerra” (Primera Guerra Mundial) y eso habilitó para que informara sobre esta Pandemia, ya sobre el final de la contienda bélica, con mayor preeminencia. Mientras el resto de la Europa Occidental, Estados Unidos, Rusia, Japón informaban sobre el desenlace de la Guerra y evitaban ocupar la mente de la población con otros flagelos (tan o más acuciantes), fue a la Corona de Alfonso XIII a quien se le adjudicó el nombre de la Pandemia.

También consta que los porcentajes de letalidad de aquella Gripe se acentuaron en la segunda etapa, cuando las personas advertidas pero ya fastidiadas por tener que ataviarse con tapa bocas, barbijos y adminículos para impedir la transmisión por salivas, se relajaron. Y no es ocioso aclarar que esa segunda ola de contagios se produjo una vez finalizada la Primera Guerra Mundial. O sea, cuando había indicios de que todo regresaba a su estado habitual, aquél virus aprovechó la guardia baja de la ciudadanía.

Hoy la circulación de la información supera con creces a la transmisión de cualquier virus. Esa herramienta que podría ser un arma eficaz contra esta experiencia traumática, suele transformarse en exactamente lo opuesto.

La cantidad de mensajes, videos, testimonios, documentos y manifestaciones que contribuyen a la confusión social, conspiran contra un comportamiento social equilibrado y armónico. Poner en duda la existencia del virus alienta a rebeldías sociales. Despotricar por las medidas de aislamiento, confinamiento y control, conspiran contra la salud pública. Hacer lo que en Mendoza venimos haciendo, abandonar a los trabajadores golondrinas y privilegiar a quienes tenemos recursos para asistir a un restaurante sobre quienes podrían encontrarse en una –mínima- reunión familiar, sólo promueve la clandestinidad.

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La incertidumbre es otro factor que incide negativamente. Pero cuando la única respuesta posible es que hay que prolongar la espera, para poder establecer una logística de atención sanitaria capaz de evitar el colapso, acelerar los tiempos puede ser trágico.
Aceptar cabalmente que todos moriremos no nos convierte en profetas. Sí lo seríamos si supiéramos cuándo. Y prolongar la vida ha sido, es y seguirá siendo sino el principal, uno de los fundamentos del progreso humano.

Seguramente a todos nos invade un deseo similar. Que el virus (su amenaza) desaparezca pronto y definitivamente. Hay expectativas en vacunas. Hay competencias maratónicas para saber cuál de los laboratorios llega primero. Pero también hay un instrumento de eficacia probada, menos sofisticado y al alcance de las mayorías: la consciencia sobre el rol indefectiblemente social y solidario que tenemos todos, todas y cada una de las personas que creemos administrar nuestros pensamientos.

El descenso en los índices de delitos es un dato que si las autoridades y expertos analizan de modo comprometido, podría ampliarse y de esa lectura tomar medidas a propósito, para que se apliquen luego, una vez superadas las incertidumbres que provoca el Covid 19.
Desistir de la falsa información, de la desinformación, de la omisión informativa, también podría contribuir, de parte de las autoridades- y principalmente provinciales- a una conducta social acorde a lo que vivimos y no fomentar una visión distorsiva de lo que es Mendoza y de cómo nos afecta. Fomentar que Mendoza es la provincia de gran institucionalidad y modos republicanos, y la más indemne ante cualquier flagelo es lo que nos ha traído hasta aquí.

A dos meses de un nuevo CENSO nacional, nos debemos la obligación de una introspectiva social. Saber quiénes somos. Qué poseemos. Cuántos somos. En qué situación estamos. Herramienta formidable para espantar del espejo toda fantasía ilusoria que sólo justifica privilegios y canonjías provincianas con ropaje republicano.

Así como nos valimos en el inicio de esta columna (*) con una sentencia de Marco Aurelio, el emperador sabio, quien murió precisamente por la Peste Antonina, la más trágica rescatada Pandemia por la historia, concluimos con otra sentencia del mismo autor, de hace algo menos de 2 mil años atrás:

Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad.

*Ariel Robert es periodista y escritor.

 

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