La bandolera indómita

Es de noche. Martina hace un alto para descansar. Como el cielo está repleto de estrellas y no hace frío, decide dormir a la intemperie. Hoy no quiere encerrarse en una cueva. Su caballo se echa cerca. Y la soledad, como la noche, cae sobre Martina. Ya conoció el amor, junto a su hombre, en la vida y en las luchas por la liberación de las provincias. Ya se cansó, también, del amor urgente, de manos torpes y aliento a alcohol. Extraña a sus muertos, la Chapanay, y sigue creyendo aún en el amor a su tierra, en el valor de las provincias.

Como todos los mitos populares, la vida de Martina Chapanay fue construyéndose de boca en boca. Dos contemporáneos decidieron llevarla al papel. Pedro Echagüe trató de hacerlo desde un lugar moralizante. Unitario él, intentó redimir a una federal empedernida. Pedro Desiderio Quiroga escribió una relación sobre su vida que parece tener datos más precisos, y en esa dirección, la de una Martina valiente e indomable, va la novela de Mabel Pagano, Martina Chapanay, montonera del Zonda.

Hoy la tumba en el pueblo de Mogna, en San Juan, sigue recibiendo flores y velas a modo de ofrenda.

Martina nació cerca de 1800, aunque no se sabe si en las entonces Lagunas de Guanache, que hoy se han secado, o en el Valle de Zonda, de la provincia de San Juan. Su madre era una blanca de la capital de la provincia y su padre, uno de los últimos caciques huarpes que habitaban la región. El mestizaje produjo que ninguna regla fuera tan rígida para Martina. Provenientes de una tribu caracterizada por su pacifismo, exacerbado por la evangelización de los misioneros, alfareros y artesanos en su origen; habían aprendido a adaptarse a la vida pastoril. Los sometimientos y despojos de tierra a los que fueron expuestos desde hacía años habían forjado un espíritu guerrero en cada joven.

Martina tuvo la libertad de ser criada en los oficios femeninos, pero también en los quehaceres masculinos de la tribu: era una experta jinete, montaba en pelo como ninguno, participaba de las cacerías, oficiaba de chasqui por su desarrollado sentido de la orientación… Cuando un emisario de Facundo Quiroga llegó a la región para reclutar soldados para sus montoneras, Martina se enamoró del hombre que traía el mensaje, y de la causa. Hacia La Rioja partió la joven con su reciente marido, para pelear junto al caudillo que iniciaba su lucha contra los unitarios que pretendían un país mirado desde Buenos Aires. En esas campañas, las mujeres cumplían el rol de »soldaderas»: se ocupaban de cocinar, realizaban las curaciones y cuidaban de los enfermos. Martina no iba a desdeñar sus habilidades en pos de las tareas de su género; nadie tenía su destreza en el manejo del cuchillo y la lanza huarpe.

Facundo Quiroga debió darle el permiso para pelear junto a su marido después de que le llegaran los cuentos sobre el arrojo de Martina en la batalla de El Tala. En esas luchas estuvo la pareja durante más de diez años. Allí confluían, en las montoneras, los indios, los mestizos, los gauchos, los pobres y olvidados que luchaban por un país que fuera igual para todos. Allí peleó al lado del Chacho Peñaloza, caudillo al que quería y admiraba la Chapanay. Ella era la protectora en esos combates cuerpo a cuerpo. Su hombre estaba a salvo si ella cuidaba su espalda. Así, de a poco, empezaron a correr las voces de algún pacto, posiblemente con el diablo, cada vez que Martina salía intacta de una contienda.

Pero en la batalla de Ciudadela, en Tucumán, no pudo estar. Y su marido cayó, tajeado por un sable, a la tierra árida. No sólo su cuerpo quedaba en esa tierra: con sus hermanos caídos en combate y sus padres muertos por la vejez y la enfermedad, la última certeza de hogar se le iba con ese hombre.

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