GARCÍA LORCA por Héctor Rodríguez

García Lorca

por Héctor Rodríguez 

 

Recién asomaba la impiadosa Guerra Civil española. Federico García Lorca ya había terminado de escribir “La casa de Bernarda Alba” y trabajaba sobre una elegía sobre su niñez. Intuyendo el drama que se avecinaba y sabiéndose perseguido por los fascistas, se refugió en casa de los padres de su amigo y poeta falangista Luis Rosales.

Dos días más tarde fue detenido allí, una tarde opaca, “sin orden escrita ni oral”, rodeada su manzana por odio de guardias y policías falangistas. Sus denuncias sobre injusticias sociales y su popularidad lo apuntaron como un objetivo a destruir.

El 18 de agosto de 1936, en una trágica madrugada granadina de ese verano español, el poeta fue fusilado «por socialista, homosexual y masón”, a manos del franquismo intolerante. Lo enterraron al lado de un olivo, según se sabe, en un barranco a dos kilómetros de Fuente Grande, sin que hasta hoy se sepa dónde quedaron sus huesos. Dominados por la ignorancia, creyeron que enterraban allí mismo su memoria.

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Algún día espero concretar un viaje pendiente. Iré por Granada, a Fuente Vaqueros, un pueblito construido sobre el agua. Iré tras su casa hoy museo, en la Huerta de San Vicente, sobre la Calle de la Virgen Blanca.

Iré recitando en silencio sus poemas. Y cuando esté en el piso superior de lo que fue el hogar del poeta español más leído de todos los tiempos, después de saborear la magia que -percibo- conservan las paredes de su dormitorio, buscaré en mi memoria los versos de

“Despedida”

“Si muero 

dejad el balcón abierto.

El niño come naranjas

(Desde mi balcón lo veo) 

El segador siega el trigo

(Desde mi balcón lo siento)

 ¡Si muero, dejad el balcón abierto!”

Héctor Rodríguez

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