EL FACTOR CULTURAL COMO BARRERA PARA LA DIGITALIZACIÓN CULTURAL, por León Repetur

El factor cultural como barrera para la digitalización cultural

por León Repetur*

La pandemia nos ha puesto frente a muchos desafíos. 

Hacen falta nuevos cuidados para mantener la salud física: distanciamiento social, uso permanente de desinfectantes y desengrasantes, fortalecimiento del sistema inmunológico, uso de barbijos, guantes y otros dispositivos de defensa corporal, modificaciones en los comportamientos sexuales, en el consumo,  nuevas dinámicas para sostener el trabajo presencial, etc. 

Entre otras novedades que modifican nuestra cotidianeidad, también se nos ha planteado a la especie humana el enorme reto de cuidar nuestra salud mental. Y aquí es donde la cultura desempeña un enorme papel protagónico.

Ya en la nota “¿Por qué es estratégico el salvataje a la cultura?” , desentrañábamos  la enorme cantidad de satisfactores que la cultura dispone para dar respuesta a las nueve necesidades humanas universales, según  Max Neef.  Enumeramos esas Necesidades de nuevo para recordarlas: Afecto, Entendimiento, Subsistencia, Participación, Ocio, Libertad, Protección, Identidad y Creación

La cultura, entendida antropológicamente, como estilo de vida socialmente determinada, nos protege y potencia como linaje humano, reforzando los lazos comunitarios, generando redes de conversaciones con Afectividad y favoreciendo el Entendimiento, garantizándonos el uso apropiado del Ocio y de la Creatividad. Mediante el desempeño laboral disponemos del derecho a la Subsistencia. Con la política y otras prácticas socio – culturales,  sistematizamos la Participación de todos y a su vez ellas nos proporcionan lo adecuado para nuestra Protección y Libertad. Y todo ello, sinérgicamente, nos permite construir en forma dinámica nuestras Identidades. 

A pesar de esta síntesis, forzada por el espacio periodístico, la cultura es el sostén de nuestra cotidianeidad y también de la extra cotidianeidad. Esta última está relacionada con aquello que hacemos cuando nos salimos de la vida rutinaria y  rompemos lo establecido en el día a día. 

En el teatro esto se explica como  la capacidad del actor de dejar de lado su energía cotidiana, que utiliza en el día a día, y estar en escena con una proyección de su energía moldeándola para que su cuerpo sea una expansión de su energía.”

Si bien  los actores lo vivencian profesionalmente, la extra cotidianeidad es el terreno amplio de casi todas las experiencias artísticas y otras formas de representación.  Eso nos pasa  cuando asistimos a un recital, a una milonga, a un boliche, al teatro, al cine, a una ceremonia religiosa o pagana, cuando leemos un libro o concretamos un viaje turístico, a una movilización o a un acto político, a una cena con amigos, al cine  o a una conferencia. Todas estas experiencias culturales satisfacen al menos una, o sinérgicamente más de una, de las necesidades humanas arriba mencionadas.

Hasta ahora, casi todas esas necesidades se podían satisfacer en forma presencial. La pandemia ha modificado la situación y no sabemos qué pasará en el futuro con la tradicional forma de vida cotidiana y extra cotidiana que teníamos los humanos. 

Barreras culturales a la digitalización de la cultura 

Paradójicamente no estamos preparados culturalmente para la digitalización de nuestra vida cotidiana y menos de la extra cotidiana. 

Sumamos varias condiciones para que esto sea así. No estamos lo suficientemente entrenados para lo digital; la infraestructura tecnológica y los servicios digitales dejan mucho que desear, además de ser caros; seguimos apegados al cara a cara, a sacar dinero por ventanilla y pagar de la misma manera; los bancos no han realizado las inversiones necesarias para operar solo con la huella digital; la educación solo ha reaccionado por la fuerza de la cuarentena y todavía no tiene idea pedagógicamente que es la educación no presencial ; las compras a distancia son un verdadero embrollo y las comisiones de las plataformas altísimas; el sistema de  salud no permite aún que todos tengamos nuestro historial médico asociado a nuestro documento; las actividades artísticas en vivo se mantienen con el mismo formato que en el siglo XVII. 

Podemos seguir enumerando factores culturales sumamente arraigados que operan como barrera para la digitalización. Ha habido avances en los últimos tiempos, pero el cabezazo que nos estamos dando a partir de la globalización de la pandemia ha sido muy fuerte. Y nada se puede hacer a tontas y locas.  

El camino del salto cualitativo debe ser muy bien planificado para ir modificando de a poco las costumbres, los valores, las rutinas, que son la base de nuestra cultura. Y en esto el Estado tiene una responsabilidad enorme. 

En el tema específicamente cultural nos enfrentamos a un Estado, por lo menos en Mendoza  que estaba acostumbrado a operar culturalmente como productor de eventos: conciertos, recitales, festivales, ferias, fiestas y  otras manifestaciones escénicas. Y lo hacía con la retaguardia cubierta por un presupuesto, generoso o no, devenido de los impuestos que pagamos todos los mendocinos. El mejor de los escenarios para cualquier productor: no arriesgo nada; si sale bien, mejor,  si no sale bien, mala suerte.  Esto dicho, sin dejar de tener en cuenta, que hay actividades que el Estado debe  hacer obligatoriamente por ley o por costumbre o tradición. 

Llega la pandemia y se termina “el vivo”. Y simultáneamente el estado se queda sin su principal rol de productor sin riesgo, de subsidiador sin plan, de Narciso sin lago.

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Y sobreviene el vacío, la falta de respuestas al sector artístico y a la comunidad, sin justificación de su accionar al no poder usar emblemáticamente la cultura para fines partidarios, turísticos  o recaudatorios. 

Y debemos concluir entonces, que la principal barrera para la digitalización de la cultura y su paso a una  nueva forma de  gestionarla, tiene su principal obstáculo en la propia estructura administrativa de gestión de un estado que no tiene ni idea de cómo adaptarse a nuevas realidades y a la famosa incertidumbre de la que nos hablara el mal recordado Ministro de Educación del macrismo, Esteban Bullrich. 

Caminos de transformaciones 

Que hay que cambiar, no hay duda. Nada será igual cuando retornemos a una relativa cotidianeidad. Algunas de las viejas prácticas podrán ser retomadas. Pero otras no, o  no como las veníamos haciendo. Frente al futuro, el gobierno cultural puede seguir con la inercia el pasado o pasar a desempeñar el papel que exigen los tiempos. Pasar de productor de espectáculos y eventos, a ser el articulador político y social, responsable de gestionar y promover, nada más y nada menos que un estilo de vida y de valores que la sociedad ha construído durante años.

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Para ello, se debe convertir en el nexo entre las demandas de mayor bienestar económico y socio cultural de todos sus habitantes y los artistas y gestores que trabajan en la trinchera creativa y comunitaria del territorio.

Esta competencia se puede desplegar si hay ánimo de diálogo, de encuentro, de trabajar mancomunadamente entre la sociedad civil y la administración gubernamental transitoria.

El paso acelerado que la pandemia nos está obligando a tomar, pasa por superar los antagonismos entre lo gubernamental y lo no gubernamental. Sinergia es la palabra que podría sintetizar una inteligente trasformación de la gestión cultural.

En el caso que nos ocupa hoy, la digitalización de la cultura y su monetización, como paso a una nueva forma de desarrollar las actividades rentables artísticas y la conquista de nuevos públicos y creadores, el rol del estado es crucial.

Pensemos nada más en la capacitación necesaria que hay que implementar para que el sector cultural y creativo pase de lo analógico a lo digital. Tenemos acá un enorme desafío para la administración de cultura. Pensemos en la implementación de una plataforma virtual, algo así, como un Teatro Independencia virtual, que planifique y programe una agenda de espectáculos on line, con contratos, bordereaux, promoción, venta de entradas on line, comentarios, crítica, etc.

Imaginemos una Galería de Arte Virtual, con diversas salas, que vaya contratando a los artistas plásticos, artesanos, fotógrafos, etc. para la realización de muestras con recorridos virtuales, curados y bien guiados, agregando la comercialización de las obras en forma digital y generando subastas virtuales abiertas a todo el mundo. 

Pensemos unas Ediciones Culturales Mendocinas operando como editorial en serio,  con sus diversos catálogos, contratando con adelantos en dinero a los escritores, ilustradores, diseñadores, correctores, para concretar las producciones literarias que serán puestas a la venta, en papel y libro digital, estableciendo los porcentajes que la industria editorial comercial ya maneja con toda habilidad. 

También podemos cambiar la estructura de mausoleo de nuestro Museos, digitalizándolos y poniéndolos al servicio de la educación, el ocio y el placer del mundo entero.

Estas son algunas de las posibilidades de una nueva forma de gestionar, que podrá combinar cuando sea posible el encuentro en vivo con el desarrollo de esta dinámica virtual que no puede esperar más tiempo en ser implementada.

 

 

*León Repetur es Gestor Cultural 

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