Ciudad fantasma

 

 

En el valle de Uspallata, la montaña ocupa casi toda superficie. No hay nada que pueda ser considerado “ciudad”, en todo caso “campo”, al decir de los antiguos habitantes del norte de Mendoza, que en sus testimonios señalaron que allí se alzaba “el último refugio de los indios”. El territorio era el alojamiento relativamente próximo a los enclaves campesinos, ideal para arrieros y baqueanos y, a su vez, apto para el escondite del perseguido. Tanto es así, que tales estribaciones andinas acaso sean el símbolo mismo de la desaparición de los pueblos originarios.

 

En definitiva, un territorio fantasmal donde la huellas de la acción del hombre serán un núcleo de interés tanto o más potente que los que provee la naturaleza. Lo cual es mucho decir en el caso de Paramillos, un hito que ha sido el destino obligado de los más notables naturalistas y lo es aún para la comunidad científica mendocina.

Según un reciente estudio del área dirigido por el especialista Rubén Romani –Museólogo y Magister en Arte Latinoamericano– y la Dra. en Geología Ana María Zavattieri –investigadora independiente del Conicet– existe un área de más de 6 mil hectáreas en condiciones de ser un enclave de conservación único a la hora de conjugar tanto valores patrimoniales históricos como culturales y naturales. Producto del estudio es que ingresó en la Legislatura un anteproyecto de ley para hacer de Paramillos un Monumento Natural y Patrimonio Cultural de la Provincia de Mendoza.

 

Desde ya, esta iniciativa es un llamado a no dar por perdida la batalla contra la ignorancia y el saqueo, dos caras de una misma desolada y transitada realidad. El estudio procede a compilar por primera vez todas las contribuciones aportadas por profesionales de las ciencias naturales y de la gestión cultural en Mendoza. En él se fundamenta la necesidad de preservar un área de montaña ubicada a 24 kilómetros de la Villa de Uspallata, en el departamento de Las Heras. La altitud varía entre los 2.600 y los 3.100 metros. Se accede a esta región por la Ruta Provincial 52 –antigua Ruta Nacional 7–, que une la ciudad de Mendoza con Uspallata a través de las Termas de Villavicencio. Aunque hay que pensar que cinco siglos atrás, al mismo destino se llegaba por la principal vía de comunicación de los pueblos andinos, es decir, desde el Norte, siguiendo la línea que se continúa con los valles Barreal-Calingasta, toda una zona donde se han hallado momias, fardos y urnas funerarias de los aborígenes del pasado, incluso también los famosos recintos pircados, preexistentes a la imposición del imperio incaico en el territorio. Es después de la llegada de los españoles que el camino se reorienta hacia el Este, trazándose como ruta de unión entre Mendoza y Chile, comunicación que usaron mineros, comerciantes y soldados desde 1561 y todo tipo de vehículos en general hasta 1961, fecha en que se abrió el camino de Mendoza a Uspallata por Potrerillos –actual ruta a Chile–.

 

Esfuerzo continuado. Son anteriores a la fundación de Mendoza, están inactivas, abandonadas pero a su vez con un interés dormido. Nos referimos a las antiguas minas de Paramillos. El trabajo minero allí realizado para extraer plata y oro puede ser rastreado por los historiadores como de una magnitud equivalente a Potosí (Perú) o Fátima (La Rioja).

 

Según el estudio mencionado, he allí la materialización de un patrimonio industrial histórico que se inicia en la época precolombina –posiblemente en el siglo XVII– y se intensifica durante la Colonia por la acción de la Orden Jesuita y otros propietarios, emergiendo así como la primera explotación minera de la República Argentina, una de las más importantes a nivel subcontinental durante el Virreinato del Río de La Plata. La acción sobre ellas se extiende hasta bien avanzado el siglo XIX.

 

En Mendoza, la única explotación minera con antecedentes coloniales es la de “Paramillos de Uspallata”. Antiguamente era la “Mina San Lorenzo de Uspallata”, de plomo, plata y zinc, descubierta en 1660 según investigaciones del antiguo cabildo de Mendoza. Para entonces se hizo el registro de 319 bocas de mina. Las mineralizaciones metalíferas en vetas de esta región, fueron las primeras que se localizaron, ya en la época precolombina, y las primeras en ser explotadas por los jesuitas.

 

Refiere Rubén Romani que “los primeros trabajos mineros en la Argentina fueron realizados por indígenas –particularmente por los Incas– avezados mineros que, en busca de oro y plata, explotaron algunas vetas y aluviones auríferos, fundamentalmente en el noroeste argentino. Durante la época de la colonización, y con posterioridad a ella, la búsqueda de minerales de plata tomó gran impulso. La plata (Ag) representaba, para el español, un elevado valor de cambio y era el patrón monetario de aquel entonces. La búsqueda de este metal precioso fue uno de los principales móviles de la conquista española”. Y agrega: “En nuestro territorio, sólo se instalaron pequeñas explotaciones, que languidecieron durante las guerras de la independencia y la organización nacional. Durante los siglos XVII y XVIII, los Jesuitas se encargaron de su primera explotación sistemática y organizaron a los indios en los trabajos mineros. A mediados del siglo XVIII trabajaban allí más de 4.500 aborígenes. En 1788, el Abate Juan Ignacio de Molina decía que era la veta más rica de plata del reino, ya que las consideraba continuación de las de Potosí. Los relictos de las ruinas jesuíticas que allí se conservan, tanto del campamento, como de la antigua planta de concentración, datan de esa época”.

 

Después de la expulsión de los Jesuitas, la mina quedó abandonada a laboreos por pequeños mineros. Luego fueron explotadas por los españoles y más tarde, por los ingleses. A partir de 1885, se encargó de la explotación la Sociedad Exploradora de “Paramillos de Uspallata”, entre cuyos socios se pueden mencionar importantes figuras del quehacer nacional de aquel entonces, como R. Lezica, H. Bunge, O. Bemberg, E. Ramos Mexía, A. Mantels y J. Storni y el destacado Perito Francisco Pascasio Moreno, quienes contrataron al Ingeniero francés G. Avé-Lallemant como administrador a cargo de la explotación. Es el período de mayor desarrollo de la mina, con piques de hasta 120 m de profundidad y la instalación de una planta de concentración. Algunos años más tarde, fueron abandonados los trabajos por problemas metalúrgicos en la concentración del mineral. Entre 1908 y 1913 el Dr. Villanueva, miembro de una aristocrática familia local, adquirió la mina. Bajo su gestión como gobernador de Mendoza se profundizaron sus túneles para explorar las vetas minerales, trabajos que en el decenio de 1940 fueron abandonados.

 

A fines de la década de 1960, Potagua autorizó a la Compañía Minera Aguilar a explorar el yacimiento, la que determinó reservas insuficientes para encarar una explotación rentable. A partir de 1971, las firmas Conmina y Velke S.A. realizaron tareas de explotación de las viejas escombreras con material. El plomo extraído en esta etapa fue prácticamente el 75% de la producción total de la provincia desde 1945. Este yacimiento está compuesto por más de 40 vetas (fracturas o grietas rellenas con mineral) que se disponen en forma subvertical a vertical, en rocas volcánicas del Triásico. Esta mina cuenta con más de 10.000 túneles y galerías subterráneas que pueden ser visitadas en un paseo turístico, previa contratación del interesado con una empresa privada que organiza el recorrido didáctico.

 

El hito Darwin. Como se sabe, el naturalista inglés Charles Darwin argumentó y sostuvo que todos los seres vivos tienen una ascendencia común y las diferentes variedades y especies que se observan en la naturaleza son el resultado de la acción de la selección natural en el tiempo. Pues bien, pese a no ser tan conocida, la relación Darwin y Paramillos tiene que ver con el “armado” mental de esta argumentación, su génesis, digamos, paso previo al cambio que produciría en el orden de las ideas.

 

La historia se remonta al viaje de cinco años que el naturalista encaró cuando tenía 22 años, a bordo del Beagle, como acompañante de una expedición que exploraría las costas patagónicas. Darwin tenía información de las minas de plata y zinc que explotaban los jesuitas y quiso conocer el lugar. Apenas llegó se encontró con un mundo geológico fantástico. Describió el perfil de la Sierra de Uspallata y, con su agudo poder de observación describió una secuencia sedimentaria con más de 52 troncos petrificados en posición de vida. Los describió en detalle, al igual que los sedimentos circundantes, caracterizados por su alto contenido volcánico. Como era su característica, intentó interpretar los procesos que habrían causado ese escenario geológico, y concluyó que los árboles habían quedado sepultados como resultado de fenómenos sucedidos en las costas del Atlántico, durante el período Terciario.

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En el área de Paramillos hizo las siguientes anotaciones en su Diario el día 29 de marzo de 1835: “En una escarpa de areniscas verdosas compactas encontré árboles petrificados en una posición vertical…” y se extiende en su explicación de la historia del lugar: “Estos fueron árboles petrificados, once silicificados y 30 a 40 convertidos en carbonatos calcáreos blancos gruesamente cristalizados. Fueron abruptamente cortados, la parte de arriba de los troncos se proyecta a pocos pies sobre el suelo. Los troncos midieron de 3 a 5 pies de circunferencia. Estaban erguidos a poca distancia unos de otros pero en conjunto formaron un grupo. El Dr. Robert Brown amablemente examinó la madera: él dice que pertenecen a una tribu de pinos, compartiendo el carácter de la familia de las Araucarias, pero con algunos curiosos puntos de afinidad con las coníferas… Se requiere un poco de práctica geológica para interpretar la maravillosa historia que esta escena una vez encerró; aunque confieso que estuve primero tan asombrado que pude escasamente creer la más clara evidencia. Ví el lugar donde un grupo de finos árboles una vez ondularon sus ramas sobre las costas del Atlántico, cuando el océano (ahora retirado 700 millas) vino al pie de los Andes….”.

 

El denominado “Bosque de Darwin” se halla en sedimentos de aproximadamente 230 millones de años de antigüedad –del Período Triásico– y se compone de grandes coníferas y otras gimnospermas en posición de vida. Hoy se interpreta que estos árboles vivieron en extensas planicies fluviales, por las que discurrían ríos sinuosos y crecía gran variedad de helechos en un clima subtropical y en un entorno de gran actividad volcánica.

 

Es de hacer notar que los aportes de Darwin, escritos entre 1838 y 1845, y publicados en 1846, constituyen el primer trabajo geológico, en sentido estricto, de la provincia de Mendoza. Pero hay más. Desde entonces, el joven naturalista ve procesos que no había visto en Europa; por ejemplo, encuentra fósiles marinos a 4.000 metros de altura cuando para entonces, sus libros de referencia hablaban de que el mar podía variar 100 ó 200 metros. Es decir, ve una cordillera en movimiento y es su idea del tiempo lo que en definitiva se modifica sustancialmente. Pasa a pensar que el tiempo se extiende mucho más de lo que en esa época se estimaba y llega a determinar que ya no serán diez mil o veinte mil años sino que son varios millones de años los que se necesitan para comprender los cambios en los ambientes. Este cambio que en su juventud operó para la tectónica, la erosión y los aumentos de nivel, luego se volcará a la comprensión del hecho evolutivo mismo.

 

Paramillos fue, hasta el año 1967, el paso obligado entre Mendoza y Santiago de Chile. Hasta no hace mucho tiempo, aún era posible encontrar algunos troncos fósiles in situ. Lamentablemente, todos los árboles fósiles descriptos por Darwin fueron extraídos y trasladados a museos de varias partes del mundo; o tal vez forman parte de colecciones privadas. Sin embargo, Agua de la Zorra, en “Paramillos de Uspallata”, es actualmente un lugar histórico, de interés científico internacional. En 1959, en ocasión de celebrarse el centenario de su histórica publicación El Origen de las Especies, un pequeño grupo de profesores de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Cuyo tuvieron la ocurrencia de hacer un homenaje a Darwin, sin las estridencias de los que hay en la actualidad. Fueron a Paramillo con todos los elementos de albañilería necesarios para colocar una placa de mármol esculpida en la Facultad de Artes. Con el tiempo, a esa placa se agregó otra de bronce en ocasión de la celebración del Cuarto Congreso Internacional sobre Estratigrafía y Geología del Jurásico, realizado en Mendoza durante el año 1994.

 

Con el paso del tiempo, la placa fue progresivamente dañada, hasta quedar en estado deplorable. El 12 de febrero del 2009, se conmemoró el bicentenario del nacimiento del prestigioso científico y naturalista inglés y sucedió una suerte de boom alrededor del tema. En todo el mundo, entidades públicas y privadas aprovecharon este acontecimiento para volver a traer a la actualidad el aporte de Darwin al mundo. En nuestra provincia, el Centro Científico Tecnológico –Conicet junto a la Universidad Nacional de Cuyo, emplazaron un nuevo monumento– en el mismo lugar que el anterior– en el denominado “Bosque de Araucarias de Darwin”, logrando una gran difusión mundial. Vinieron científicos de varias partes del mundo. Uno de ellos, repasando la historia, contó que fue Carlos Rusconi, destacado naturalista que dirigió el Museo de Ciencias Naturales “Cornelio Moyano” quien hacia 1950 llevó uno de los troncos de las araucarias al Museo de La Plata. Para entonces, los paseantes se los llevaban creyéndolos un pedazo de madera o bien sabiendo que estaban atesorando un despojo de épocas pasadas.

 

Camino a la liberación. Por esta región, la historia también es política. Al menos, al ser atravesada por una de las columnas del Ejército de Los Andes, dando inicio a la epopeya libertadora del sur del continente. Si bien para la gran mayoría las acciones bélicas sanmartinianas han tenido lugar en territorio chileno, también hubo combates en nuestra provincia, aunque fueron de características menores por el número de fuerzas que participaron de los batallones. Uno de esos combates tuvo lugar en Picheuta, enclave cuya estrategia fue advertida por San Martín para la vigilancia de la ruta de Uspallata, ya que desde ese punto podía detectarse el avance enemigo a gran distancia. La posesión de aquel sencillo reducto sería el motivo del primer encuentro armado en el cruce de los Andes.

 

En 1817, una de las columnas principales del Ejército del General San Martín emprendió la gesta al mando del General Juan Gregorio de Las Heras, quien se dirigió a Chile por el camino de Uspallata. Otra columna partió el 19 de enero de 1817 al mando del Capitán Fray Luis Beltrán al frente de la Maestranza y el parque que portaba los pertrechos de guerra, subió por la Quebrada del Toro y se dirigió hacia Uspallata, a través de Paramillos para reunirse con la columna principal del General Gregorio de Las Heras.

 

Durante el año 1815, las minas de Pismanta y Huayaguaz proveyeron 27 quintales de plomo y gran cantidad de azufre; y las de Uspallata produjeron igualmente plomo y algo de plata. De este modo, se lograron extraer de Cuyo elementos para la fabricación de pólvora y los metales para alimentar las fraguas que usó el Capitán Fray Luis Beltrán.

 

La apuesta del paisaje. La idea que trasunta el proyecto de creación de Monumento Natural de la Provincia de Mendoza no difiere de los principios generales que guían la gestión precautoria y la preservación de un patrimonio que en este caso conjuga una excepcional geología, paleontología, flora y fauna, como así también huellas históricas de la acción del hombre en estas tierras. Digamos que la importancia del área como reservorio de recursos naturales y culturales se extiende al resto del país y temporalmente a las futuras generaciones. Ahora bien, a toda esta perspectiva hay que sumarle la baza de la atracción turística.

 

Estamos hablando de un bellísimo escenario paisajístico y panorámico de la Cordillera de Los Andes, con vista a los cerros Aconcagua, Mercedario y El Plata.

 

El desarrollo de este aspecto no es ninguna novedad, ya que el circuito comprendido entre Villavicencio, Paramillos de Uspallata, la Villa del mismo nombre, Potrerillos y su dique, constituye uno de los caminos turísticos más importantes y concurridos de la zona norte de la Provincia, tanto por los atractivos mencionados que posee, como por su cercanía con la ciudad de Mendoza.

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El circuito tiene variados problemas y muchas posibilidades por explotar. Es también denominado “de las 365 curvas”, incluye lugares de singular atractivo turístico, como los caracoles de Villavicencio, los sitios conocidos como “El Balcón” y la “Cruz de Paramillos”, además de las Ruinas de la Mina de Paramillos, el Bosque de Darwin y demás atractivos mencionados en este documento. El problema se reduce sustancialmente a la falta de compromiso por preservar lo que tiene valor patrimonial. En cuanto a las posibilidades, son más que interesantes. Rubén Romani apunta a los fines educativos del circuito, pensando tanto para mendocinos como para turistas nacionales e internacionales. Piensa concretamente en una reserva de ámbito público, contigua y colindante con la “Reserva de Villavicencio” con la que comparte las mismas y privilegiadas condiciones ambientales.

 

Lo más destacable del área de “Paramillos de Uspallata” es que alberga testimonios de las poblaciones originarias y de la historia de Mendoza, así como yacimientos paleontológicos únicos, con lo cual el eje excede lo meramente didáctico, más bien apunta a una particular convergencia de valores, única e irrepetible, que de alguna manera está bajo amenaza de continuar la actividad humana sin control como sucede actualmente en esta zona: turismo aventura, sustracción de testimonios y especímenes en los yacimientos paleontológicos y arqueológicos, depredación de la flora nativa, cacería de especies protegidas y alteración del paisaje por el uso de vehículos todoterreno que transitan constantemente.

 

En cuanto a los sitios arqueológicos, el proyecto da cuenta del valor de la quebrada de Los Hornillos o del paso de Los Paramillos, verdaderos hitos de la prehistoria del área con ocupaciones humanas que, con solución de continuidad, abarcan el lapso de unos 5.000 años a.C. a unos 1.500 años d.C.

 

Por otra parte, documentación histórica y relatos de viajeros, especialmente del siglo XIX, entre otros, ofrecen testimonio de paisajes, usos y costumbres, infraestructura y actividades económicas. Éstos permiten no sólo afianzar la significación patrimonial de todo lo histórico-cultural de dicha región –que pudo sobrevivir al paso del tiempo y al impacto humano–, sino también contrastar con los conocimientos geológicos, botánicos, zoológicos y antropológicos actuales del área.

 

Estos antecedentes de contenido arqueológico y arqueo-histórico minero o industrial, indudablemente fundamentan el proyecto de referencia, que no agota en este espacio, sus antecedentes históricos y patrimoniales. Preservar este patrimonio, testimonio de los esfuerzos realizados por las sucesivas generaciones que nos precedieron a lo largo de muchos siglos, constituye una obligación para los que aún tenemos el privilegio de observarlos.

 

La huella del gaucho Cubillos

El estudio de Rubén Romani hace hincapié en el patrimonio intangible de Paramillos de Uspallata, concretamente, el que hunde sus raíces en las creencias populares. La información básica señala que en las ruinas de la mina de “Paramillos de Uspallata”, un crucifijo metálico y múltiples flores de plástico y ofrendas, recuerdan el lugar dónde fue muerto por la policía el famoso “Gaucho Cubillos”. El sitio es oratorio de los promesantes que, de todo el país, desean la mediación de ayuda del “santo popular”, perpetuando su mito.

 

Juan Francisco Cubillos fue un gaucho, según la tradición lugareña, que al estilo del famoso inglés Robin Hood, robaba a los ricos para darles a los pobres. Los documentos del Archivo Histórico de Mendoza, lo presentan como un “roto chileno típico” de los arrabales de Mendoza, del prototipo común de los inmigrantes trasandinos empobrecidos, con el rol de peones rurales como único capital. Fue perseguido por la policía, que se infiltró en el campamento de Paramillos –donde vivió durante varios años entre los mineros–, y muerto el 26 de octubre de 1895. La noticia conmocionó a la sociedad, por las dudas sobre la brutalidad del fin del sospechoso de tantos robos y, además, por su fama incrementada por los anónimos que lo inculpaban permanentemente. No tardaron en aparecer los pedidos y los “milagros” que a muchos les fueron concedidos.

 

La figura del “gaucho milagroso” comenzó a hacerse famosa. Su recordatorio, en el poblado minero de “Paramillos de Uspallata” –en el sitio de su muerte– es hoy una especie de santuario y es lugar de peregrinación y ofrendas, especialmente para los pobladores de Uspallata. Su tumba, en la calle 7 del cementerio principal de la Capital mendocina, también se convirtió en un santuario, tanto que, en 1932, el municipio dictó una resolución que prohibía colocar velas en el lugar. Actualmente, las personas que visitan su tumba, sostienen que es el protector de los pobres, de la gente de trabajo.

 

Este tipo de héroes populares se encuentra en la República Argentina a lo largo y a lo ancho de todo su territorio: Pedrito Hallao en Tucumán; Basán Frías –muerto como Juan Moreira cuando saltaba una tapia–, en la provincia de Buenos Aires, etc. Resume Hugo Chumbita a Draghi Lucero, al comentar su tesis: Draghi ha subrayado el carácter ancestral de tales creencias, señalando en el símbolo ígneo de las velas, un resto del culto del fuego, donde la llama de la vida traspone las fronteras para llevar mensajes al más allá. Las velas se encienden los lunes, que es el “día de ánimas”, y los cuidadores voluntarios del sitio se encargan de que así sea.

En su penetrante análisis, Juan Draghi Lucero resalta que la exaltación religiosa de los bandidos gauchos proviene de los sectores más humildes. Se trata de “las mismas razones esgrimidas por Martín Fierro, Pastor Luna, Juan Cuello y otros perseguidos”. Dice al respecto Draghi Lucero: “Todo hombre que luche contra la justicia oficial y especialmente contra la institución policial y caiga víctima de ese luchar, es inmediatamente exaltado a ‘ánima milagrosa’. Los valores de ese medio social reclaman al varón “cierta postura de rebelde y de choque contra las instituciones oficiales sospechadas”.

 

Patrimonio natural

En esta belleza natural se pueden observar guanacos, zorros, choiques y cóndores, entre muchos otros animales, ya que éste es el hábitat natural de estas especies, declaradas “Patrimonio Natural”. En el grupo de las aves, se registran numerosas especies, particularmente en las quebradas y pampas de altura. Se destaca, por presentar gran tamaño y ser buen corredor, el ñandú petizo o choique, que se desplaza en grupos. Otra especie característica de pastizales y praderas es el inambú silvador. Entre las rapaces, se destaca el cóndor andino, el águila mora y el aguilucho común.

 

Habitan la región mamíferos muy adaptados al ambiente andino. Es habitual observar, en las Pampas de Altura como la de Paramillos, el guanaco, el zorro colorado y el puma. El guanaco y el zorro colorado han sufrido una fuerte presión antrópica, que ha afectado su presencia en la zona montañosa. No obstante, gracias a los esfuerzos de protección en la vecina “Reserva Villavicencio”, se ha detectado una tendencia a la recuperación de sus poblaciones. El zorro gris está más asociado al piedemonte. Entre los félidos, además del puma, habita el gato montés, especie que ha sufrido una intensa presión de cacería, debido al alto valor de su piel.

 

En cuanto a la vegetación, la región de “Paramillos de Uspallata” se caracteriza por el Piso de Stipa o de los Paramillos. Este piso denominado también “Pastizal de altura o Piso de la estepa de los Paramillos”, corresponde a la parte más alta de la Sierra de Uspallata, donde el camino asciende casi a los 3.000 metros

 

El término “paramillo” es un diminutivo del vocablo “páramo”, que significa, lugar de desierto y abierto, azotado por fuertes vientos, especialmente el foehn o Zonda, y tienen aquí particular violencia y constancia. El tipo de suelo de la región se caracteriza por litosoles, formados por arena gruesa y rocas fracturadas por fenómenos criogénicos. El paisaje está formado por suaves colinas y extensas bajadas, cubiertas por una vegetación graminosa, dura, conjuntamente con pastos bajos, con una alta proporción de suelo desnudo.

Revista Veintitres

 

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