Cátedra argentina en los Estados Unidos, en la huella de Tocqueville

A su regreso, de sus ricas observaciones nació La democracia en América, una brillante crónica política imprescindible entonces, y ahora, para entender el surgimiento de una potencia política y económica.

Tocqueville entendió que debía esforzarse por entender ese ahí y ahora, hasta terminar comprendiendo la novedad que representaba ese fenómeno norteamericano como incipiente centro de referencia mundial. Por eso advirtió enseguida: »Es necesaria una ciencia política nueva para un mundo enteramente nuevo.»

En nuestros días, Tocqueville hubiera tardado apenas unas pocas horas en unir París y Nueva York para volver a tomar notas, pero ese no sería precisamente el cambio más importante que hubiera notado. Es más, tal vez Francia lo hubiera enviado a estudiar el panorama en Shangai y allí se hubiera encontrado con varios norteamericanos tan interesados en aprender como él.

Para nosotros mismos, en el Sur, las relaciones políticas, económicas y sociales internacionales se transformaron totalmente en las últimas dos décadas. Como sugieren muchos, el mapamundi de este, nuestro »nuevo mundo», bien podría dejar de dibujar el Sur en la parte de abajo y trocarlo por el Norte. ¿Qué paradigma pesa más ahora: la corriente de latinoamericanos que ha buscado suerte más allá del río Bravo, o el de un mexicano convertido en el emprendedor más rico del mundo? ¿Los pronunciamientos del FMI o los índices de crecimiento de las economías de Brasil, Argentina y toda América del Sur?

La crisis financiera, fiscal y de empleo que en la actualidad atraviesa Europa se impone en la portada de los diarios que leemos. Pero lo cierto es que sus avatares no consiguen afectar el ritmo de crecimiento económico global, salvo por unas décimas. En el año 2006, el PBI de Alemania superaba al de China. En 2011, el PBI chino duplicó al alemán y, en esos pocos años, la población de China sumó unos 80 millones habitantes más: otra Alemania.

Del mundo bipolar de la Guerra Fría, hemos pasado por una rápida transición, del selecto Grupo de los ocho (G-8) se pasó ya al G-20, expresión de una multipolaridad que comenzó a expresarse, no sólo en cumbres, sino en flujos comerciales e intercambios de todo tipo. Es decir, los centros de gravedad son múltiples. Ahora, como Tocqueville, no sólo nos debe interesar el otro por curiosidad, sino por necesidad.

Argentina está en ese nuevo mundo y como el resto de América Latina, claro, ocupa también un nuevo lugar con nuevas responsabilidades (ya ha presidido en 2011 el Grupo de los 77 + China). Históricamente, y ahí está el ejemplo de otro cronista genial enviado a Estados Unidos, nuestro Domingo F. Sarmiento, nos hemos esforzado en comprender, en estudiar y en revisar constantemente nuestra mirada sobre la sociedad estadounidense, para apreciarla o criticarla, pero nunca ignorarla.

Tal vez, aquel gesto de Eva Perón de enviar ayuda social desde la Argentina en la cruda posguerra a unas franjas sociales todavía marginadas en Washington, tan incomprendido entonces, fue apenas un aviso de lo que inevitablemente afrontaría Estados Unidos: la necesidad de hacer un esfuerzo, académico y general, por conocernos más, por comprendernos. Para apreciarnos o para criticarnos.

Sería una nimiedad creer que el hecho de tener muchos argentinos caminando por Nueva York o comprando en Miami, y otros tantos norteamericanos disfrutando en El Calafate y caminando por el porteño barrio de San Telmo, aunque bueno, alcanzara para satisfacer una necesidad tan compleja.

Por eso también, esta nueva Cátedra Argentina, en el Centro de Estudios Latinoamericanos en la Georgetown University, se propone abrir otro canal desde lo académico, para ayudar a reformular la relación estratégica entre Argentina y Estados Unidos, en momentos en que el gran mazo del planeta se ha mezclado a lo grande, las cartas se están distribuyendo entre muchos más jugadores, y todos, todos, deben indefectiblemente volver a ojearlas antes de seguir jugando.

A sus lectores franceses de la época, apasionados como lo fueron después Sarmiento y Evita como argentinos, y podemos serlo nosotros hoy día, Tocqueville les advirtió sobre la verdadera vocación de su pensamiento, de un auténtico largo plazo y que todos podríamos hacer nuestra al interesarnos por otros países y sus sociedades:
»No pretendí servir ni combatir a ningún partido. No quise ver, desde un ángulo distinto del de los partidos sino más allá de lo que ellos ven; y mientras ellos se ocupan del mañana, yo he querido pensar en el porvenir.»

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