Breivik y la decadencia europea.

Por Jorge Orduna.

De clase media acomodada, Anders Behring Breivik es ahora objeto de una atención que sin duda no le desagrada. Su gusto por el fisicoculturismo, por fotografiarse en tenida de masón o con un equipo anticontaminación (comprado en rezagos del ejército británico por internet), muestran lo que sus antiguos amigos reconocen: un cierto grado de narcicismo que, en los tiempos que corren, es difícil encontrar anormal.

Y justamente de esto se trata. Su abogado, Geir Lippestad,  piensa centrar la defensa en la insania mental de Breivik.
Pregunto a un periodista amigo, Emilio Vera Da Souza, cuáles son los elementos con los que se establece la insania mental jurídica (no clínica). Contesta si titubear: “Son dos; por una parte el individuo debe haber perdido contacto con la realidad hasta el punto de no tener control de sus actos y, por otra, carecer de conciencia de las consecuencias de los mismos. Para poder ser declarado insano, Breivik no debiera haber podido siquiera conducir un automóvil dos horas. El día anterior yo había perdido media jornada en obtener la misma respuesta de un especialista británico en derecho internacional, conocedor de la legislación noruega. Mendoza posee más sorpresas de las que uno cree.

Por eso a la fiscalía noruega no debiera costarle derrotar la estrategia de la defensa y probar lo contrario: que Breivik no es un loco; que actuó deliberada y conscientemente y con plena comprensión de las consecuencias de sus actos. Y aunque tal vez contradiga un poco el sentido común, lo más probable es que triunfe la fiscalía. Breivik no sería declarado jurídicamente insano. (Salvo que triunfe la opinión pública exaltada y su teoría de que todo ha sido obra de un “monstruo”, táctica que ya le ha dado buenos resultados para abreviar la historia de la Segunda Guerra Mundial).

La prensa europea, la norteamericana (y hasta la australiana) abundan en investigaciones sobre el pasado de Breivik. Una periodista británica la emprende en The Telegraph contra el padre de Anders Breivik, Jan, que vive actualmente en Francia con su tercera esposa y “abandonó” a su hijo, el actual asesino, cuando sólo tenía un año. Esa sería la causa principal de que Breivik haya hecho lo que ha hecho. Setecientos lectores salen a contradecirle y argumentar que los motivos por los que las parejas se separan no suelen ser tan frívolos y que los padres separados no son indiferentes respecto de lo que la separación significará para los hijos.
En Francia el foco está puesto en las declaraciones del derechista Le Pen que reducen la masacre a un “incidente” acusando a los noruegos de ingenuidad, y en el silencio de la hija de Le Pen, Marine, candidata presidencial que no sale a denunciar los dichos de su padre. Un silencio que aturde, dicen.            
El Daily Mail asegura que es muy probable que este rubio Noruego de dos metros de altura y apellido tradicional se hiciera cirugía estética para parecer “plenamente ario”. Cosa difícil de comprender por un latinoamericano, pero no para cualquier europeo, acostumbrado como está a realizar distinciones étnicas de todo tipo; entre ellas, las que insinúan el origen de una persona en las diferentes regiones de Europa. La Jefa de la Inteligencia Noruega, Janne Kristiansen, opina en una entrevista para el Sunday Times que probablemente Breivik recibió cirugía para parecer más ario”. Cosa que parecen confirmar sus amigos de hace años, que lo recuerdan insinuando haberse hecho la nariz, el mentón y la frente.

El neoyorkino Daily News publica las fotos de la prisión a la que eventualmente iría a parar el noruego: celdas sin barrotes, sala de gimnasia que incluye pared de escalada artificial y treinta hectáreas de bosques para caminatas y ejercicios. Una prisión en la que nadie teme ir a las duchas porque cada celda posee baño privado y donde uno de los castigos severos consiste en quedarse sin HBO. Nuestro acostumbramiento a la realidad conocida e imaginada de las cárceles latinoamericanas nos lleva a sonreír sarcásticamente ante tanto “lujo”, hasta que las palabras del director del presidio, que no es un filósofo de profesión, nos ponen en nuestro lugar: “Quitarle a una persona su libertad por un período de tiempo es un castigo suficientemente grande como para que no exista ninguna, pero ninguna necesidad de agravarlo con condiciones más duras”. Sí, leyó bien. No es ni Rousseau, ni Sartre, ni Platón. Es uno de los directores de la cárcel de Halden. (Puede que los noruegos sean insufribles bailando cumbia, pero hay que reconocer que tienen sus cosas.)

La prensa europea continúa obteniendo más y más “detalles” alrededor del caso Breivik.  Por haberse atrevido a gritar desde la tribuna que el debate debiera profundizarse un poco, y por sugerir que tal vez el multiculturalismo no funcione en una Europa de culturas tan arraigadas, el Jerusalem Post ha debido escribir todo un editorial de disculpas. Todo se va en detalles y así seguirá indefinidamente, porque lo que en realidad se quiere es obviar al que debiera ser el principal acusado: los prejuicios raciales y xenófobos que si bien vienen siendo alimentados por una decena de importantes líderes políticos europeos, surgen y se perpetúan desde hace siglos en millones de hogares de Madrid a Helsinki y de París a Moscú. Continente de tribus que suceden a tribus, de aldeas que resultan de tribus, de odios tribales seculares, lo étnico tiene en Europa un significado muy diferente del que tiene en América. Y si a ello se suma la religión… Por tener estos prejuicios una base tan antigua y tan arraigada es que resulta tan difícil sofocarlos. Y, como en los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial, cuando muchos europeos sienten: que están mal económicamente, que sus antiguas glorias no son tan eternas como los libros de historia parecían sugerir, que no hay futuro para Europa en el mundo que viene… reaparecen los viejos fantasmas. Y en ningún lugar hay tantos fantasmas como en la Vieja Europa.

La derecha radical europea habla de “Eurabia” y no llama a “detener”, sino a “revertir” la ola inmigratoria. Sano o insano, lo de Breivik era previsible y no es “su” exclusiva obra.
Los hijos de las principales familias bodegueras de Mendoza estudian chino. Probablemente no sepan quienes fueron Chagall, Hamsun o Althusser, pero en treinta años nadie los considerará incultos por ello. Este es el sentido en que está girando el mundo y que muchos europeos, además de Breivik, quisieran detener.

 

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