La niña que cambió a Pakistán

Las adolescentes cantaban y charlaban entre ellas y con los profesores mientras el micro escolar se zarandeaba en un camino rural. Eran alumnas de una escuela secundaria femenina de Swat, en el noroeste de Pakistán, y habían terminado un trabajo final. A un kilómetro y medio de la capital regional, Mingora, dos hombres le hicieron señas al conductor para que parara y subieron a
bordo; uno de ellos llevaba un arma de fuego. »¿Quién de ustedes es Malala Yousafzai?», rugió. Nadie habló —algunas por lealtad, otras por miedo—. Pero, inconscientemente, sus ojos se dirigieron a Malala. »Ésa es», dijo el pistolero, mirando a la cara a la niña de 15 años y apretando el gatillo dos veces, hacia la cabeza y el cuello. Disparó dos veces más, hiriendo a otras dos chicas. Luego, ambos hombres huyeron.

Entre los gritos y lágrimas de sus compañeras, el chofer se dirigió a un hospital local a varios kilómetros de distancia. Malala sangraba profusamente y yacía inconsciente en el regazo de su amiga. Una maestra, horrorizada, cerró los ojos y empezó a rezar.

Malala aún lucha por su vida en el hospital Queen Elizabeth, en Birmingham, Inglaterra, aunque parece estar recuperándose. Sus asesinos fallidos no fueron atrapados. Pero resulta claro quiénes son los responsables. En los días posteriores al ataque, el 9 de octubre, la tristeza, la furia y la indignación se extendieron por todo el mundo.

Durante meses, tiradores talibanes estudiaron la ruta diaria que Malala seguía para ir a la escuela. Y tras el ataque, la organización Tehrik-e-Talibán en Pakistán (TTP) asumió alegremente la responsabilidad: Malala, acusó, era un espía estadounidense que idolatraba »al demonio negro Obama». Había hablado contra los talibanes, juró, y le dispararían otra vez si sobrevivía.

El poder de la ignorancia es aterrador. Mi padre, Salmaan Taseer, fue asesinado en enero pasado por defender a Aasia Noreen, una mujer cristiana muda que había sido sentenciada a muerte presuntamente por cometer blasfemia. Mi padre, que entonces era gobernador de la provincia de Punjab, creía que las leyes de nuestro país referentes a la blasfemia habían sido mal utilizadas; que con demasiada frecuencia eran usadas para perpetrar ajustes de cuentas y venganzas personales.

En los días previos al asesinato de mi padre, los fanáticos habían exigido una fatua contra él y habían quemado su efigie en masivas manifestaciones. Su asesino confeso, un hombre de 26 años llamado Mumtaz Qadri, dijo que se había convencido de matar a mi padre después de escuchar el sermón de un clérigo, quien, echando espuma por la boca, incitó a 150 hombres a matar al »blasfemo». Qadri, un guardia policial, había sido asignado para proteger a mi padre. En lugar de hacerlo, la tarde del 4 enero, en el cumpleaños 25 de mi hermano Shehryar, le descerrajó 27 balas por la espalda mientras caminaba a casa.

Mi padre, uno de los primeros miembros del gobernante Partido del Pueblo Pakistaní, fue encarcelado y torturado con frecuencia por su creencia inquebrantable en la libertad y la democracia bajo la rígida dictadura del general Zia ul Haq (de 1977 a 1988).

Pero en años posteriores, mientras criticaba las leyes relacionadas con la blasfemia, sus opiniones eran desvirtuadas para sugerir —erróneamente— que había hablado contra el profeta Mahoma —del mismo modo en que sus atacantes talibanes y políticos oportunistas deformaron las opiniones de Malala.

Uno pensaría que la pesadilla y la brutalidad del régimen de Zia terminaron cuando el avión del tirano cayó del cielo, en 1988. Estábamos muy equivocados.

Lo que deja claro el ataque contra Malala es que se trata de una lucha por la educación. En Pakistán, el sistema de madrasas, escuelas religiosas dirigidas por clérigos sedientos de sangre, son el caldo de cultivo del radicalismo islámico. Los clérigos no enseñan a pensar críticamente, sino que diseminan el odio. Creen en un islam de extrema derecha y aclaman a gente como Osama bin
Laden y Mumtaz Qadri como héroes. Enseñan a los niños cómo usar armas de fuego y bombas, y no a vivir, sino a morir.

Me pregunté muchas veces si Qadri habría matado a mi padre de haber conocido realmente su punto de vista y no la versión distorsionada de los medios y los clérigos. Tal vez si lo hubiera escuchado, Pakistán no habría perdido a su hombre más valiente, ni yo a mi centro de gravedad.

Después de su sangriento crimen, Qadri fue aclamado como un héroe por derechistas y fanáticos. En un repugnante espectáculo frente al tribunal donde sería juzgado, cientos de abogados bañaban al asesino con pétalos de rosas.

Pero esta vez, con el ataque a Malala, lo alentador es la ola de apoyo que concitó Pakistán para esta joven. No podemos, ni debemos, tolerar más demencia.

Malala tenía 11 años cuando empezó a publicar anotaciones de su diario en el sitio web en lengua urdu de la BBC. Su pseudónimo era Gul Makai, que significa »Flor de Azulejo» en pashtún, y es el nombre de la heroína de muchas historias populares locales. Estudiante sobresaliente de piel aceitunada, cejas tupidas e intensos ojos marrones, Malala escribía sobre la vida bajo el reinado talibán: cómo escondía sus libros escolares bajo su chal y cómo siguió leyendo incluso después de que los talibanes prohibieron que las niñas fueran a la escuela. En una anotación de enero de 2009 escribió: »Hoy nuestro profesor nos pidió que no lleváramos vestidos coloridos que pudieran hacer enojar a los talibanes». Describió su paso junto a los cuerpos decapitados de aquellos que se habían atrevido a desafiar a los radicales, y narró sobre un niño llamado Anis, quien, tras sufrir un lavado de cerebro por parte de los talibanes, se hizo explotar en un control de seguridad. Tenía 16 años.

Alentada por su padre, Ziauddin, un director de escuela, Malala se volvió famosa por manifestarse a favor del derecho a la educación. Aunque Ziauddin también tenía dos hijos, a sus amigos les decía que Malala tenía »una chispa única». Ella quería estudiar medicina, pero la convenció de que, cuando llegara el momento, debía entrar en política para ayudar a crear una sociedad más progresista. Pakistán tiene el índice de analfabetismo en niños más alto en el mundo.

»Espero que no se ría de mí», escribió Ziauddin en un e-mail a Adam Ellick, un cineasta estadounidense que filmó a la familia en Swat para el New York Times, en 2009. »¿Puedo soñar con que ella obtenga un premio Nobel a la educación?».

En esa época, los talibanes habían arrasado Swat, prohibido la educación de las niñas y atacado cientos de escuelas. Pero Ziauddin —quien, además de dirigir una escuela, es poeta, activista social y director del Consejo Nacional de Paz de Swat— los desafió y se negó a suspender las clases, pese a recibir continuas amenazas.

Como explicó Ziauddin: »El islam nos enseña que cada niña y esposa, cada mujer y cada hombre, están obligados a recibir educación».

Ziauddin le dio a Malala »un amor, una fuerza y una confianza poco comunes», señala Samar Minallah Khan, un periodista y cineasta paquistaní que conoce a la familia.

Malala se convirtió en un poderoso símbolo de la resistencia contra la ideología talibana. Para el exprimer ministro británico Gordon Brown, »por cada Malala baleada y acallada, ahora hay miles de Malalas más jóvenes a quienes no se puede hacer callar».

Ziauddin quedó destrozado por el ataque a su hija, pero planea regresar a Pakistán una vez que concluya su tratamiento. Quiere volver a trabajar en la educación con un compromiso renovado: »No abandonaremos, ni siquiera si todos morimos luchando», dijo.

Para operar, los talibanes necesitan la aceptación —o la sumisión— de la población. En una encuesta de Gallup de hace dos años, sólo un 4 por ciento de los más de 180 millones de habitantes de Pakistán tiene una mirada positiva sobre los talibanes. Pero TTP aprovechó el creciente sentimiento antiestadounidense incitado por las bajas civiles provocadas por los ataques de EE. UU. con aviones no tripulados (drones). Para obtener el favor de la opinión pública, el mulá Omar, líder espiritual de los talibanes, presentó un »Nuevo código de conducta» en 2010 en el que prohibió los bombardeos suicidas contra civiles, la quema de escuelas y la mutilación de orejas, labios y lenguas. En Internet, TTP se manifestó contra los ataques con drones y condenó las agresiones contra santuarios, hospitales, escuelas y mercados. Sin embargo, en la práctica, el código no significaba necesariamente una insurgencia más apacible. Los críticos afirman que los cambios fueron superficiales —un cambio táctico como preparación para una lucha a largo plazo.

La agresión contra Malala parece una desviación de la »ofensiva de encanto» del mulá Omar. »El ataque podría ser un intento de mostrar que aún están activos», señala el escritor y analista Zahid Hussain. »Desean enviar un mensaje».

En lugar de sentirse reprobado por la indignación popular en Pakistán y en Occidente, los talibanes respondieron amenazando a los periodistas locales que cubrieron el ataque a Malala. TTP incluso amenazó a Imran Khan, famoso jugador de críquet convertido en político y percibido como defensor de los extremistas (»Khan el Talibán», lo apodan), afirmando que es liberal y, por lo tanto, un infiel.

En Pakistán llegó el momento de »el que no está con nosotros, está contra nosotros», declaró a Newsweek Bilawal Bhutto Zardari, el hijo del presidente Asif Ali Zardari y de Benazir Bhutto, asesinada en campaña en 2007.

Por desgracia, en Pakistán las difamaciones y teorías conspirativas no son raras —y benefician a la campaña de odio talibana—. »A los liberales les gustaría creer que esto es un punto decisivo para Pakistán», señala el periodista Najam Sethi. »Eso fue lo que pensaron cuando una niña de Swat fue azotada públicamente por los talibanes en 2009». Los paquistaníes se indignaron al principio, pero el consenso antitalibán se desvaneció pronto. Sethi cree que las próximas elecciones de Pakistán politizarán aún más el ataque. »El Gobierno hará el ruido necesario, pero ningún general o civil se arriesgará a realizar ninguna acción atropellada».

El gobierno de Pakistán está financiando el tratamiento de Malala y le otorgará un premio nacional por su valor. También prometió empleos para los miembros de las familias de las otras dos niñas que recibieron disparos. Pero muchos temen que —pese al arresto de casi 200 personas— la investigación sobre el ataque concluirá sin enjuiciar a los responsables. »Si capturamos a los terroristas que atacaron a Malala, espero que sean llevados ante la Justicia», declaró el vocero del Gobierno, Bhutto Zardari. Pero, poco convencido, advirtió en el mismo correo electrónico: »Ésta es una zona de guerra. Así como la OTAN o EE. UU. no pueden capturar a todos los terroristas de Afganistán, nosotros no podemos capturar a todos los de Pakistán».

El profesor de inglés de Malala, quien mantiene una estrecha relación con la familia, tampoco cree »en absoluto» que los atacantes sean atrapados y castigados. »¿Cuándo lo hicieron alguna vez?», dice.

Hoy se habla en Pakistán de más ataques militares contra fortalezas insurgentes. Pero la solución no puede ser sólo militar. El Gobierno debe abordar las causas fundamentales del terrorismo, como lo afirmó Malala. »Si a la nueva generación no se le dan plumas para escribir, los terroristas le darán armas de fuego», dijo antes de su atentado. »Debemos hacer oír nuestra voz».

Taseer es reportero de Newsweek Pakistán.

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