¿Cómo salir del laberinto del Rais y no repetir Irak?

Por Mariano Aguas

Furibundas batallas entre las fuerzas rebeldes que pugnan por la toma de Trípoli y las pocas tropas leales a los Khadafi muestran el horror y la destrucción producto de lo encarnizado de esa guerra civil.

Mientras esto escribo y con una capital casi tomada por la insurgencia, la lucha se renueva por la conquista de la ciudad de Sirte, hogar natal del autoproclamado y hasta hace no mucho también proclamado »líder y guía de la revolución».

Dichas batallas no son otra cosa que la continuación de un proceso que va durando ya casi siete meses, y que alentado por una multiplicidad de razones ha ido ganando terreno en medio de idas y vueltas en la lucha por el poder.

En efecto, no podemos disociar estos eventos de esa ola de cambio mayor que afecta la región bautizada como Primavera Árabe.

No sabemos aún si dicha primavera sigue siendo un movimiento vigoroso de lucha de dichos pueblos por una mejor forma de vida, o si se ha transformado en una especie de otoño empantanado por la resistencia de regímenes que como el libio o el sirio, no trepidan en quemar el bosque para evitar la floración…

Desde lejos y aun con ciertas diferencias de grado, hemos querido ver a partir de los casos tunecino y egipcio una especie de transición acorde con lo que hemos aprendido de otros ejemplos, otras olas u otras primaveras.

Tal vez la relativa celeridad de la caída de los regímenes de Ben Alí y Mubarak y las posteriores movidas políticas relativamente incruentas nos hayan persuadido de que gran parte del mundo árabe se encaminaba en esa dirección.

Sin embargo el caso de Yemen, el de Bahrein, el libio y ahora el sirio nos deben llamar a la reflexión sobre las posibilidades, formas y efectos de dichos cambios.

Volviendo a lo puntual, el fin del régimen de Khadafi marca el inicio de la verdadera lucha por el poder en Libia.

Derrotar al »Rais» era el objetivo que fusionaba la voluntad política de muchos y de diversos grupos diferentes entre sí, cada uno de los cuales representa diferentes orientaciones potenciales de la rebelión.

Lo que parece que se avecina como proceso es el tema de la sucesión, viejo y dramático asunto de la política.

Khadafi, fiel a su visión y naturaleza, no parece dispuesto a allanar el camino a dicha transición sin incendiarlo y volverlo lo más tortuoso posible, porque allí radica en este momento su pírrica táctica dilatoria, recurriendo a las últimas reservas de sus fuerzas, transformadas en violentas guerrillas.

El viejo autócrata no parece ya capaz de gobernar el país, pero sí de seguir destruyéndolo…

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Existe un rasgo común en muchos tiranos, la pérdida del sentido de la realidad. Como otros dictadores enceguecidos por su poder omnímodo, Khadafi parece haberse construido un universo irreal que tal vez lo llevó a imaginarse eterno e invencible arropado y cuidado por miles de milicias populares que no dudarían en defender a su líder…

¿Por qué Libia, por qué ahora?

Tal como apuntáramos en una nota de abril, el riesgo de la Fitna o guerra civil siempre fue un escenario con el que Khadafi procuró disuadir a Occidente, a Rusia, a China y a las comunidades árabe y africana sobre la conveniencia de su estabilidad en el poder.

Este aspecto resulta a mi juicio muy interesante, sobre todo a la luz de una de las interpretaciones sobre estos hechos como una especie de guerra neocolonial por la posesión de las fuentes energéticas libias.

Ciertamente esa hipótesis no tiene nada de descabellada, salvo que puesta a ser analizada junto a otros factores me parece que no termina de explicar bien las causas del fenómeno.

Durante los últimos años, el régimen libio, dando muestras de una equilibrada realpolitik, había dejado el estatus de paria internacional convenciendo a gran parte de los actores relevantes de la escena regional e internacional de su conversión pragmática, un nuevo statu quo desde donde hasta se permitía puntuales juegos de presión sobre países determinados y la comunidad internacional.

Mientras escribo esto me vienen a la mente las negociaciones con Gran Bretaña y Estados Unidos respecto de personas libias comprometidas con el atentado de Lockerbie y su posterior liberación por razones »humanitarias», o las visitas que realizara el Rais a Italia, recibido y tolerado hasta en alguna licencia poco diplomática por un Berlusconi socio y premier, sin hablar de razones más complejas como la vieja política exterior mediterránea italiana que desde los años dorados de la Democracia Cristiana de Giulio Andreotti hizo lo necesario para asegurarse energía y seguridad a cambio de mirar para otro lado a la hora ciertos excesos.

¿Por qué entonces ese señor que garantizaba un »juego» que pagaba a todos, o como diríamos en la antigua perinola »Todos Ganan», de pronto se torna un dictador sanguinario que por razones humanitarias había que combatir?

Mi impresión es que la llamada Primavera árabe desata en Libia algo que nadie pudo controlar, ni Khadafi ni las potencias extranjeras, incluidas Rusia y China… Y mucho menos las comunidades regionales.

Dicho proceso lo que hace, entre otras cosas, es dar un marco regional totalmente diferente a lo que fueron otros intentos de rebelión y luchas palaciegas por el poder (de las que hubo varias y duramente reprimidas por el régimen).

Desde el reparto de poder cada vez más escueto entre apenas unos pocos y fidelísimos a Khadafi, la marginación del este (La Cirenaica) con sede en Benghazi de los procesos de inversión y negocios, y la concomitante exclusión de sus tribus del poder político, económico y militar, más la crisis de los alimentos, más las nuevas tecnologías, van conformando esa argamasa particular que encuentra en el espacio abierto por la protesta regional el elemento que permite su constitución como un movimiento de una escala nunca vista antes.

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Ante ello y haciendo gala del más puro pragmatismo los actores externos de ese juego debieron reconfigurar rápidamente su listado de preferencias y posibilidades.

Nadie pudo digitar la revuelta, y todos debieron cambiar de estrategia para combinar sus propios intereses con una situación que se les aparecía externa.

Sin dudas que esta interpretación no agota el tema, pero me parece que aporta un elemento al análisis que no puede ser soslayado, más allá de cualquier análisis que incluya nuevas prácticas del colonialismo o la lucha por los recursos naturales.

¿Qué futuro podemos esperar?

Hasta ahora, según los acontecimientos, hemos asistido a dos guerras paralelas. Una caliente y sangrienta conducida por las fuerzas rebeldes de la Cirenaica y sus aliados en Tripolitania y Fezzan que con la ayuda de las potencias occidentales estaban orientados a terminar con el régimen para dar inicio a un nuevo momento de la historia en Libia.

Sin embargo, bajo ese movimiento de ciertas características épicas, existe solapada otra guerra, fría y subterránea, pero no menos violenta (el caso del misterioso asesinato del general Younes lo demuestra) entre las heterogéneas fuerzas de la coalición anti Khadafi conformada por islamistas y laicos, conservadores y progresistas, componentes tribales y étnicos diferentes, sólo reunidos por un factor común además del odio al Rais, la conducción del Consejo Nacional de Transición de vieja matriz khadafiana.

Dicha conducción nos habla entonces de un lento pero continuo proceso de descomposición, o tal vez de un largo y sinuoso golpe de Estado que al llegar el momento adecuado pudo coagular.

¿Podrá entonces dicha dirigencia interpretar y dar cauce a la miríada de necesidades, intereses y visiones, muchos opuestos entre sí, que conforman la coalición bajo la forma que represente algún corpus institucional, que nos permita hablar en el futuro de un Estado de derecho, o simplemente de un Estado en Libia?

¿Habrán aprendido ciertos actores internacionales la lección que proporciona Irak?

Esos son los desafíos que presenta el caso libio no sólo a su población sino a la comunidad internacional y a otras naciones árabes »en transición…»

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