Separación y divorcio. Cómo se sienten nuestros hijos

Las reacciones de ambos sexos pueden ser diferentes. Los hombres mientras no están con sus hijos, pueden volcarse en el trabajo o aparecer rasgos depresivos o ir en busca de aventuras románticas… La mujer puede manifestar gran resentimiento, verse traicionada, “tirada en la cuneta” y puede que haya perdido toda su autoestima y status como mujer.

 

 

La vivencia de estos sentimientos o reacciones diversas, con fuertes y continuos altibajos, trae como consecuencia generalmente un camino interminable de reproches, de vivir convencido de que la culpa de lo que a uno le sucede a él /ella o a los hijos es del otro. Esto ocurre a menudo en una separación y lleva consigo una falta de responsabilidad, protección y cuidado de unos hijos pequeños que dependen totalmente de la estabilidad emocional y personal de sus padres.

La conducta o reacción más frecuente es hacer cualquier cosa con el fin de hacer daño al otro. Así por ello, los acuerdos de pensiones tienen un enfoque vengativo por parte de ambos (el hombre deja de pasar dinero o la mujer lo cree insuficiente), aparecen desacuerdos frecuentes en el régimen de visitas o bien de forma abierta y directa se realizan comentarios críticos, negativos y agresivos sobre papá o mamá por parte del otro.

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Si sucede algunas de estas cosas, los hijos pasan de ser un bien apreciable a ser una moneda de cambio porque los hijos aparecen en primer plano del conflicto y se sienten presionados, manipulados y dejan de ser contenidos emocionalmente.

¿Cómo se siente un niño cuando sus padres lo tratan como una moneda de cambio?

 

La variedad de respuestas es desde luego enorme pero todas las consecuencias van a ser nefastas: angustia, tristeza, retraimiento social, dejar de jugar, peleas con los iguales, negarse a comer, conductas regresivas (hacerse pis), agresividad, problemas escolares y una constante incertidumbre para el niño: “¿vendrá papá a buscarme? ¿Quién me lleva a fútbol?”, especialmente en niños pequeños de 3 a 10 años. Se sentirán solos y abandonados.

Los adolescentes experimentarán también miedo, depresión, culpabilidad. Dudarán de la posibilidad de ser felices en el futuro en pareja, de su habilidad para el compromiso afectivo, para mantener una relación estable y “feliz”. Todo esto dejará secuelas emocionales en su desarrollo futuro.

Evitar esto implica dos palabras a tener en cuenta: REFLEXION Y COMUNICACIÓN. Reflexionar sobre uno mismo, conocer lo que uno siente para evitar hacer daño al otro… y hablar, hablar, hablar con tus hijos desde la sinceridad, sin ocultar que yo soy un papá o una mamá confusa, que a veces me siento triste y grito, que pierdo el control, que dejo de creer en mí… Nunca deja de sorprender la tranquilidad que experimenta un niño cuando se le aclaran las cosas, cuando entiende lo que pasa, cuando no se le oculta la realidad ni se la disfraza.

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La clave es expresar con palabras, con gestos, emociones… lo que uno siente. Pararse a pensar en uno mismo y en los demás, en la felicidad de unos niños basada en la felicidad de unos padres. Conocerse a uno mismo para conocer a tus hijos y poder darles lo mejor de ti.

Solo si este proceso de reflexión y comunicación ocurre, el “darse cuenta” de que mi dolor y resentimiento me ahoga, me invade vitalmente y limita mi felicidad y la de mis hijos, puede venir el cambio, la luz, la superación del dolor. Y tus hijos “re-situarán “su vida y serán unos niños felices. Recuerda: “Toda crisis es una oportunidad para el cambio”.

fuente: charhadas.com

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