La parábola del remisero que explica la recuperación de YPF

El autor analiza con un didáctico ejemplo el mal momento que atravesó la petrolera con su privatización y la importancia que tiene la reestatización de una firma con promisorio futuro.

Empeñados están ciertos periodistas y supuestos »especialistas» en presentar el exitoso acuerdo entre el gobierno nacional y Repsol como un pésimo negocio para el país. Para ilustrar su posición, brindan de los más insólitos ejemplos, todos atentos a la hora de sumar los intereses de los bonos a la compensación de los U$S 5000 millones. Un caso emblemático lo proveyó el periodista Maximiliano Montenegro, quien comparó el acuerdo por la expropiación y los pagos anuales (capital + intereses), con la compra de un DVD en cuotas. Su argumento era el siguiente: en función del monto total que uno desembolsa (precio del artefacto más los intereses) que la compra haya valido la pena.

El problema es que Montenegro no profundizó su ejemplo: ¿conviene adquirir un DVD por $ 5.000 pagaderos a 20 años, con un 8,5% promedio anual de interés? El cálculo quedó pendiente. Con ánimo de abandonar la lógica de los electrodomésticos, sírvase el lector de un ejemplo que consideramos más pertinente a la hora de analizar el resultado económico y financiero de la renacionalización de YPF. Los números, intereses, plazos, períodos, etc. que aquí se dan son exactamente los del acuerdo recientemente suscripto con Repsol.

Es esta una historia real, triste y dura, pero con un presente rico y un futuro promisorio. Fui remisero de toda la vida. Hasta 1992 y al igual que mis compañeros de trabajo, tuve auto propio. Pero ese año se nos dio la posibilidad de vender una parte. Las deudas nos agobiaban y se nos prometió el oro y el moro. La cosa no anduvo bien; para nada bien. En 1999, las remiserías del barrio con llegada directa a la municipalidad nos presionaron para que nos desprendiéramos de nuestras participaciones. El comprador, un sujeto que nadie conocía, sin experiencia en el rubro, y del extranjero. Nos prometió comprarnos los autos pero a cambio de mejores vehículos, mejores servicios, más ingresos, mejor calidad de vida. La presión se hizo insostenible. Se nos fue de las manos. La municipalidad se puso al frente y se nos dejó con una participación simbólica, aunque con bastante poder (y que luego ejercitamos). A muchos les pusieron plata encima y dejaron todo.

¿Cuánto vale llegar a casa exhausto, pero feliz de que el esfuerzo de mi trabajo se vuelca puertas adentro de mi casa?
Sin embargo, lo que vino después, por desgracia, fue todo lo contrario. Entre 1999 y 2011 condujimos autos que andaban cada vez peor. Los problemas mecánicos no cesaban. Cada vez más plata encima para repararlos (que el dueño se negaba en poner). Las pérdidas recaían en nosotros. La debacle avanzaba. No teníamos el poder para revertirla, al menos eso creíamos. Pero el señor tenía negocios más importantes afuera, según nos enteramos después: otras remiserías propias en lugares con mayores ganancias. La hipocresía era mayúscula. ¡Habían sido nuestros ingresos los generadores de aquellas nuevas empresas! La indignación iba en aumento. El punto de quiebre fue 2011. A partir de ese año, reparar el destartalado remís nos costaba más de lo que podíamos cobrar. Nos juntamos varios y resolvimos actuar.

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Uno de nosotros encontró un viejo reglamento del rubro remisero, mediante el cual podríamos terminar con semejante engendro y actuar en defensa de nuestros intereses y familias. Si demostrábamos las pérdidas, la desidia y el desinterés del dueño en el negocio, entonces podríamos quedarnos con un porcentaje del auto tal que nos permitiera gestionarlo nosotros y así, que los ingresos caigan directo a nuestros bolsillos, como era antes y como nunca debía ser. Nos amoldamos a los términos del reglamento. Hicimos la presentación a una municipalidad que desde 2003 nos sonreía, y avanzamos con la idea. Fue en abril de 2012, hace casi dos años.

La ley nos permitió recuperar el 51% del auto que alguna vez había sido nuestro, aunque una parte del ingreso –muy menor– debería quedar en manos del ahora ex dueño, debiendo nosotros compensarlo por la parte adquirida. Funcionarios municipales nos apoyaron fuertemente. De hecho nos recomendaron fundar una cooperativa para actuar unidos. Del otro lado, el ex patrón, en yunta con los patrones de otras remiserías, todos furiosos. Nos decían que nuestro accionar era ilegítimo, una confiscación, y que al final nos quedaríamos sin auto y sin trabajo. Recuerdo que nos proferían una amenaza insólita que jamás comprendimos: »¡se van a caer del vecindario!» (¿Cómo puede caerse uno del vecindario?).

En fin, nosotros convencidos, nos mantuvimos impertérritos. Sabíamos que estábamos en lo correcto y que la ley nos avalaba. El ex dueño, desorbitado, nos llenó de demandas, en juzgados del municipio y la provincia por igual. Estaba claro, mi ex jefe no podía sacarme el auto y sabía que el reglamento y nuestro reclamo eran justos. De no resolverse amistosamente, él tendría mucho más que perder. ¿Qué sucedió? Comenzó a bajar el tono de sus amenazas y se avino a negociar. Pasó del reclamo de unos $ 15 mil a $ 20 milpor mi auto, a aceptar la tasación del tribunal municipal, lo que evaluó en $ 5000. La negociación duró dos años pero acordamos amistosamente.

Aceptó todo: el no pago en efectivo, el veredicto del tribunal, bajar todas las demandas y aceptar, en última instancia, una indemnización justa por el bien expropiado. Más allá del final feliz, en los dos años que duró la negociación nosotros comenzamos a arreglar los problemas más acuciantes del vehículo y del negocio. Logramos revertir las pérdidas anuales y comenzamos a ganar plata.

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Metíamos el grueso de la ganancia en la reparación del vehículo, que andaba cada vez mejor y, por tanto, representaba un mejor negocio y servicio.¿Cómo nos encontramos ahora? Ultimando detalles de los pagos. El préstamo vendrá de un banco con intereses más que lógicos para el valor del auto y la rentabilidad que el negocio nos genera a todos. El plazo de cancelación se extiende al 2033. Entre intereses y cancelación del préstamo en sí mismo, rondará los $ 300 por año. Pero mi rentabilidad es muy superior. ¡Ni qué hablar del valor real del vehículo al día de hoy: 20 mil pesos y aumentando! ¡Ni que hablar del ahorro desde la recuperación del auto: $ 2000 a nuestros bolsillos (que antes iban a parar a los bolsillos del patrón), más unos $ 1100 en arreglos evitados! ¡Más de la mitad de la compensación!

Y para terminar, algo mucho más importante aún, que no se puede mensurar, o mejor dicho, que resulta invaluable y que mis hijos y mi mujer no dejan de recordarme: la tranquilidad de volver a recuperar nuestro presente y destino. Volvemos a ser los dueños de nuestra vida, ingresos y decisiones. Recuperé el control de mi instrumento de trabajo, fuente de mi riqueza y la de mi familia.

No cedimos dignidad y demostramos además que esto de hacerse la vida a expensas de otros no va más. ¿Cuánto vale llegar a casa exhausto, pero feliz de que el esfuerzo de mi trabajo se vuelca puertas adentro de mi casa? Incluso hasta hubo comerciantes del barrio que nos contaron que sus números habían mejorado gracias a la legítima y justa actitud de los »renegados» remiseros. No era para menos. Dos años seguidos desde la recuperación en 2012, que decenas de familias volcamos nuestros ingresos en el vecindario, cuando antes partían con rumbo incierto a vaya uno a saber qué banco, provincia o país.

Nosotros compramos en nuestro barrio, arreglamos nuestros autos en talleres de la zona. En fin y a modo de despedida, una cosa más: la extraordinaria repercusión que tuvo nuestro caso. Empresas de remises que exhibían el mismo comportamiento dañino y mezquino que la de nuestro ex jefe, se están viendo forzados a cambiar la política.

Somos el fiel testimonio que, en el actual contexto económico municipal que ellas siempre presentan como nefasto (para así justificar cero inversión y una relación laboral depredatoria), invertir en mejorar el servicio rinde sus frutos y genera ganancias. La eficiencia no es patrimonio exclusivo de empresa privada. Nuestra cooperativa, con apoyo del municipio, demuestra hoy por hoy ser más eficiente que ellas, pues nuestro trabajo es considerado no como un bien privado sino como un bien social y público. ¡Si hasta ganamos mercado!

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