LA CASA ESTÁ VIVA

La casa está viva

por Cristian Carniello*

Hace poco llegué a la conclusión de que mi casa está viva. Ya antes de la cuarentena yo sospechaba que acá pasaban cosas, pero ahora lo puedo confirmar.
No voy a mentir, al principio me sentí un poquito perseguido al saber que hubo alguien mirando cada vez que yo creí estar solo, pero me voy acostumbrando a la idea. Además nos llevamos bien con la casa. No parece molestarle que un día haya llegado yo a vivir adentro, traer gente, mover los muebles, arreglar cosas y arruinar otras. Muy por el contrario parece sentirse satisfecha, como si todo lo que esperara de mi es que le preste atención.

A veces me deja regalos escondidos en los cajones. Cosas que necesito pero que no he ido a comprar. Las guarda y, justo cuando yo las necesito, las encuentro. Una vez se me rompió la pava eléctrica y, antes de poder empezar a quejarme, miré arriba de uno de los muebles de la cocina y había una cafetera eléctrica, nueva, que había pasado desapercibida dos años. Yo sé que soy colgado, pero prácticamente lo único que consumo para subsistir es café y esa puerta de la alacena yo la abro todos los dias. Tengo razón en pensar que la casa la hizo aparecer ahí justo cuando yo la necesitaba.

¿Y qué va a pasar si algún día la casa se enoja? Me preguntó un amigo cuando le conté. ¿Qué pasa si un día la casa se chiva porque no limpiaste o porque todavía no arreglás las paredes con humedad? Me heló la sangre. Supongo que cuando uno empieza una relación nueva no está pensando en qué va pasar en un eventual desencuentro.
Quiero creer que si algún día pasa que yo y la casa dejamos de llevarnos bien, solamente nos vamos a ignorar. Pero me hizo pensar el desgraciado de mi amigo, y de esas maquinaciones salió este cuento que ahora comparto con ustedes:

Me mudé al 327 de la calle Los Pinares, en la localidad de San Cipriano, el 24 de mayo del año pasado.
—¿En este sucucho vas a vivir? —me dijo mi nueva vecina cuando me vio entrando las tres cajas que traía conmigo. Le expliqué que necesitaba un lugar donde vivir y que los dueños, amigos de mis tíos, me habían ofrecido aquella casa que tenían desocupada a cambio de hacerme cargo de las expensas.
—Ni gratis viviría acá —me respondió—.

Algo parecido me había dicho mi tía, que por unos años había frecuentado el barrio y conocía muy bien la fama de la que gozaba la casa. Antes de decidirme, yo ya había visitado todas las habitaciones que ofrecían en los clasificados del diario y dos de la agencia inmobiliaria del pueblo. Eran todas espantosas. Además, el alquiler de cualquiera valía, como mínimo, el doble de los gastos de los que tenía que hacerme cargo si me venía a Los Pinares. No tenía razón para hacer caso a la opinión de un par de viejas trasnochadas. Todo lo que yo necesitaba era un lugar para dormir y poder estudiar en relativa paz cuando llegara del trabajo. Si de casas encantadas se trataba, estaban las suyas, porque eran lo más parecido a brujas que yo conocía.

Llegué nada más con tres cajas, como dije, ahí traía toda mi ropa, mis libros, algunos cassettes y el resto de mis cosas. No tenía nada más, pero la casa estaba amoblada y, por lo que había podido ver en visitas anteriores, tampoco me iban a faltar ni ollas, ni platos, ni vasos ni sábanas. En la casa había de todo. Los dueños a veces se las prestaban a amigos de la familia que venían de visita a San Cipriano, me dijeron, pero la verdad es que yo sospechaba que la usaban de depósito para muebles viejos y todas las cosas de las que, por alguna razón, no se querían deshacer.

Desembalar mis cosas, obviamente, no me llevó casi nada. Pero tenía que ordenar y limpiar el living, la cocina, la habitación y el baño que conformaban la casa. Había sábanas y cortinas viejas encima de todos los muebles. No me hizo falta moverlas siquiera para saber lo llenas de polvo y ácaros que estaban. Dejé esa tarea para el día siguiente, porque me sentía agotado por la mudanza, y pasé mi primera noche en la casa en total paz.
La mañana del 25 la dediqué a ordenar el living. Descubrí, al mover las cómodas y estanterías, que era mucho más espacioso de lo que yo había imaginado. Descubrí también que bajo la mesa había cuatro mesitas de café con las que rellenar, un poco, diferentes espacios.

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Una de las estanterías, por otro lado, ahogaba dos de las hojas del ventanal, que era la única fuente de luz natural en toda la casa. Por lo que, al moverla hacia uno de los lados, el sol de la mañana entraba para renovar la atmósfera. Pasado el mediodía la casa ya se había transformado en un lugar en el que me daba gusto estar al contrario del sucucho de borrachín que había recibido. Puse sobre la mesa las sábanas que cubrían el sillón y me acosté para disfrutar de una siesta, breve pero merecida, antes de proseguir con la cocina.
La luz de la recién liberada ventana se abría paso hasta volcarse en mi cara mientras estaba en el sillón, por lo que en verdad no dormí mucho. No obstante, tuve un sueño, breve pero claro, en el que un gato blanco se paraba encima de mi pecho. Me miraba con ojos pardos, sin pestañear y con las pupilas contraídas en un hilo. Me estudiaba. Obviamente el gato no estaba cuando me desperté, inquieto, pero sin miedo.

Terminar de ordenar a mi gusto no me llevó más de dos días. Aunque no dejaba de sorprenderme con la cantidad de cosas que encontraba en los cajones, armarios, alacenas y cómodas. Literalmente la casa estaba preparada para que cualquiera viviera ahí sin tener que preocuparse más que por comprar comida y algunos productos básicos de limpieza. Aunque casi nunca encontraba las cosas donde esperaba hallarlas o donde buscaba la primera vez. El abrelatas, el sacacorchos, un mate con bombilla y yerba, por ejemplo, se me aparecieron luego de buscarlos por una hora en entre los cajones que había debajo de la mesada de la cocina.

Una vez, incluso, después de media hora buscando un perfume que me habían regalado y que, evidentemente, me había olvidado en la casa de mi padre, encontré en un cajón del baño un paquete de celofán con quince muestras de un eau de parfum francés —de esos que acá no se consiguen— que seguramente se habría olvidado alguno de los amigos de los dueños y que me hizo quedar bien con la chica con la que iba a salir esa noche.

Ahora bien, no estoy diciendo que en la casa aparecen cosas de la nada, no. Lo que digo es que la casa me ayudaba a encontrar cosas que ya estaban, en alguna parte, en los momentos en los que más las necesitaba o quería. Por lo que, muy a mi pesar, confieso ahora que un poco de razón tenían la vecina y mi tía con eso de que en la casa pasaban cosas raras.

Raro y malo eran, para mí, dos palabras que no tenían por qué significar lo mismo. Una cosa es encontrarse con un muerto parado en los pies de la cama a mitad de la noche y otra totalmente distinta es sacar una botella de buen vino de una alacena en la que antes nada más había latas de arvejas, o toparse con la suavidad de un rollo de papel higiénico mientras se busca con urgencia una servilleta. Yo nunca vi nada más que al gato blanco alguna que otra vez mientras estaba entredormido.

Me tomó algún tiempo comprender por qué la casa se comportaba así conmigo, aunque no debería de haberme sorprendido que una casa manifestara algún rasgo de humanidad o, como mínimo, de ser vivo. Es sabido que todas las casas muestran algún tipo de carácter o personalidad cuando, por ejemplo, se despiertan en la madrugada para sacudirse en mitad de un sueño intranquilo. Otras esconden las pertenencias de sus dueños para ahorrarles algo de espacio por un tiempo, y bueno… la mía me las daba. Respondía al principio básico de la cooperación: yo la mantenía, cuidaba y limpiaba como ni siquiera sus dueños habían hecho, y a cambio ella me facilitaba objetos que yo necesitara.

De esa forma pasaron los primeros meses. Yo emparchaba las viejas cañerías de plomo del baño, ella me dejaba en el cajón de cómoda tabaco y una pipa para que yo lo encontrara cuando me quedara sin cigarrillos y fuera tarde para ir a comprar. Yo arreglaba el machimbre de la pared y después encontraba en la estantería algún libro que me llamara la atención.

El mejor momento que tuvimos, creo yo, fue cuando conocí a Michela. Durante esos ocho meses yo mantenía impecable la cara para no quedar mal frente a ella. Fue ahí cuando encontré la botella de vino o, de golpe, en uno de los muebles de la cocina había un juego de tacitas de té y café hermosísimo. Cuando Michela empezó a quedarse a dormir, encontré también un juego de sábanas a estrenar, tan finas que hasta dudé de sacarlas o no del paquete.
Michela me dejó en marzo. No nos peleamos, no nos engañamos (a lo mejor eso hubiese sido menos doloroso). Ella se mudó a Barcelona y yo no podía (tampoco quería, en verdad) irme del país.

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Yo tenía menos fuerza para levantarme de la cama a cada día que pasaba. Con suerte había veces en las que a la salida del trabajo me desviaba un poco a comprar una pizza para tener de cena y desayuno. Empecé a acumular las cajas en la mesa del living. Una arriba de la otra. Iba vaciando los ceniceros adentro, aunque siempre había cenizas que se caían a los costados o por los agujeros de las cajas.

Sobre la mesa también dejaba las tazas usadas de café y los vasos con el último trago de cerveza. Recién los vi y algunos ya están llenos de hongos. En algún momento también puse arriba de la mesa, a un costado, a la guitarra. Había querido tocar para ver si con eso me animaba un poco. Ahí quedó. Desafinándose y llena de tierra. Como estaba esa mesa yo sentía que estaba mi vida, y la casa, obviamente no estaba mejor.

A veces me cocinaba, pero de lavar las ollas y los platos ni hablar. Mi pieza era una sucesión interminable de montañas de ropa sucia, colillas y cenizas. Y lo menos desagradable que había en el baño eran los pelos que dejaba en el lavamanos después de afeitarme.

Una vez leí en el diario que una vieja, que tenía por costumbre levantar a cuanto gato se encontrara por la calle, se había muerto y los animales, al no haber quien los alimente, se la terminaron comiendo. Yo creo que con la casa pasó lo mismo. No es crueldad, es que cuando una de las partes no coopera la otra tiene que buscar la forma de subsistir. Yo ya no la cuidaba. No me había muerto todavía, pero mucha diferencia no había y la verdad que bien me hubiese gustado estarlo.

La casa, por piedad o por lo que fuera, me dejó de proveer de las cosas usuales y en su lugar empecé a encontrar hojas de afeitar adentro de mi mesa de luz o veneno para ratas en los cajones de la cocina. La casa sabía lo que yo quería y supongo que si lo concretaba ella iba a poder sacar algún beneficio. El tema es que yo no me animaba.
Después de un par de días de inactividad encontré en la cómoda un revólver. El tambor estaba lleno. Cerré el cajón y me fui a trabajar. Ese día ni almorcé. Me vine derecho a la casa y me quedé toda la tarde sentado en la cama con el arma sobre las piernas. A veces lo agarraba y me ponía el cañón adentro de la boca y apoyaba el pulgar sobre el gatillo. Empezaba a temblar y me largaba a llorar, entonces lo volvía a bajar. Estuve así hasta la madrugada, sin concretar nada. Eso fue antes de ayer.
Por la mañana llamé al trabajo para avisar que iba a faltar, ayer y hoy. “Me voy a envalentonar”, pensé. “Eso, o la casa me va a dar otra opción”. Y sí, lo hizo.
Hoy a la tarde vi al gato. Yo estaba despierto y él me esperaba en la entrada de la pieza. Lo seguí hasta al living y vi lo que había al lado de la mesa, llena de moscas. Colgaba de la viga y oscilaba como si lo acabaran de atar. La silla estaba al lado, nada más la tenía que acomodar.

El gato sigue ahí, esperándome mientras escribo.
Esto no es una nota de suicidio. No me interesa que lo encuentre ni mi familia ni los dueños. La voy a guardar en la cómoda, en el fondo del cajón de los cubiertos o la voy a doblar y meter adentro de un libro. La casa, sola, se va a encargar de hacérsela llegar a la próxima persona que se venga a vivir para avisarle de lo que puede pasar cuando los gatos pasan mucho tiempo sin comer.

 

Cristian Carniello

*Cristian Carniello es Mendocino, escritor de fantasía y ciencia ficción.
Reside en un sucio cuarto en la ciudad de Godoy Cruz desde donde atrae a personas incautas con la excusa de instruirlas en las artes místicas de la literatura, aunque se rumorea que sus verdaderas intenciones son las de formar una secta dedicada a la impía trinidad de Neil Gaiman, Borges y Alan Moore.

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