EL PALO ENJABONADO por Hugo Fernández Panconi

EL PALO ENJABONADO

por Hugo Fernández Panconi

El Aníbal lo encaró antes de que dieran por iniciado el juego, y uno de los organizadores lo bajó de los fundillos. Éramos unos cuantos haciendo la cola para treparlo. Tenía apenas cuatro premios, colgados de las tablas en cruz que le remataban la punta. Y claro, el Aníbal no se había anotado en la mesa donde daban el número para participar. Él era así. No se avenía a ninguna ley ni reglamento. Era el guacho del pueblo o al menos, el más guacho, porque ejercía esa condición.

Para ese tiempo, creo que todavía dormía entre los postes de viña para recambio, que se acopiaban en un baldío, a unas pocas cuadras de la bodega vieja.
(Esos postes se acomodan parados circularmente alrededor de un palo central en el que se apoyan, logrando la forma de un cono, de modo que, a cierta distancia, dan la impresión de ser esas chozas de indios que salen en las películas de vaqueros. A mayor cantidad de postes más grande es el círculo de base, y por más tupidos que los apilen, siempre queda un resquicio como para que se metan gatos y otros bichos. Y el Aníbal, por su condición, tenía algo de gato y de bicho, y mucho de esa osadía espoleada por la necesidad).

El tipo que lo bajó, lo empujó hacia el público y lo reprendió varias veces apuntándole con el dedo. El guacho se encogió de hombros, demostrando que no le importaba ningún tipo de reto y que, tal como hizo siempre, no acataría ni esa, ni cualquier otra orden que le impusieran los adultos. Y se quedó ahí cerca, a la expectativa, para intentar colarse de nuevo a trepar el palo enjabonado sin respetar la fila de los que estábamos anotados.
El primero que hizo “cumbre” fue el Pititorra y arrancó de entrada el premio más grande que era una camisa. Cuando se estaba afirmando mejor para manotear otro paquete, le avisaron a los gritos desde abajo, qué eso no valía, qué si sacaba otro premio se quedaba sin ninguno de los dos. Así que se bajó entre aplausos y con gesto de ganador, pero no muy contento con su cosecha.
(El Pititorra se había ido bien preparado. Llevaba talco en los bolsillos del pantalón y con eso pudo contrarrestar lo resbaloso del jabón embadurnado en el palo. A partir de ahí varios lo imitaron arreglándoselas con la arena que se podía manotear del suelo).

Eso es lo que hizo el Aníbal una vez que vio que a los demás les resultaba y, como lo paraban siempre que encaraba, al quedar libre el palo, se mandó en un descuido detrás de otro que ya iba trepando. Engañó con su agilidad gatuna al que lo había bajado antes y la gente alrededor lo celebró. Lo retaban y lo alentaban entre gritos y cargadas, y cuando el que iba arriba se vino abajo porque no pudo sujetarse más, se llevó puesto al Aníbal y cayeron los dos en la revolcada. Se mataban todos de risa. Los únicos serios, éramos los que todavía esperábamos en la fila.
El Flaco Vergara fue el segundo “premiado”. Nunca vi a nadie trepar un palo, ni ninguna otra cosa de esa manera. Como si fuera un mono. Tomó carrera desde la punta de la fila y pegó un salto para abrazarse casi a la mitad del palo.

(Este recurso era muy desaconsejado entre los que intentábamos la trepada cada festejo del día del niño, en el parquecito de juegos “Eva Perón”, porque el impacto del salto conspira contra el agarre al palo. Todos los que lo intentaron antes se vinieron abajo en forma inmediata, pero el Flaco no, quedó adherido como una garrapata y sólo se resbaló algo en el primer afloje de los brazos para dar el manotazo).
Bien trabado con sus piernas, tomó envión y en dos o tres brazadas más ya estaba arriba. Descolgó un paquetito misterioso que resultó ser un estuche con pañuelos de esos para la nariz. Lo levantó acusando el aplauso de triunfo, pero ahí mismo se lo tiró casi con desprecio a sus hermanas que estaban entre los espectadores.

Pareció que la cosa se iba a hacer más fácil porque había menos jabón en el palo. Nada que ver. Lejos de secarse, en algunas zonas se impregnaba y brillaba cada vez más, haciéndolo casi imposible, sobre todo en el arranque. Después de algunos intentos y un par de participantes frustrados, sucedió un arremolinamiento y lo sacaron de nuevo al Aníbal. En el tumulto, uno que se hizo “caballito” en las piernas de un compinche, consiguió llegar arriba. Arrancó uno de los premios y curiosamente no lo descalificaron. En la fila dijeron que era “por acomodo”.
Cuando me tocó a mí, quedaba un solo paquete arriba. Ya sabía que como premio sería otro chasco, pero al menos tendría el honor de descolgarlo. Me metí un buen puñado de arena en los bolsillos y frotando las manos en el suelo, empecé a trepar.

Iba más o menos por la mitad y topé con un problema que no estaba en mis cálculos, ni en mi experiencia hasta entonces. Sentí como una cosquilla en el pito (por llamarla de algún modo, porque era casi un dolor) una suerte de ganas de mear, pero no exactamente, que me hizo ruborizar y aflojar la presión de las piernas contra el palo. Y claro, eso me jugó en contra porque me desconcentró. Quise meter la mano en el bolsillo pero no pude. Ni toda la arena de los médanos me hubiera servido para volver a prenderme bien de ese palo de mierda. Miré con amargura el premio que quedaba arriba y de a poco fui deslizándome hacia abajo. La dichosa cosquilla esa, parecía que me iba a hacer salir algo del pito, pero por suerte no me salió nada y ya descolgado, me lo tuve que apretar duro con una mano, mientras con la otra trataba de simular que tenía un raspón en la muñeca o algo así.
Apenas toqué el suelo, escuché que el Aníbal –burlando de nuevo el cerco que le marcaron– me decía: “Tranquilo Huguito, yo te lo descuelgo” y partió hacia arriba antes de que pudieran manotearlo.

(El comentario casi íntimo y cariñoso me descolocó un poco más. Recordé la visita a su choza de palos y los tesoros que guardaba enterrados. Botines de pequeños hurtos, recuerdos de sus afectos que ignoro de qué índole serían y la advertencia de mi abuela Elisa, como una cantinela “No te juntes con esa clase de muchachito”).

Al parecer, esos instantes que estuve en la base del palo, medio avergonzado y fingiendo que me había lastimado, distrajo lo suficiente a los organizadores y el Aníbal aprovechó la volada en su cuarto o quinto intento.
Una vez en el medio de la trepada, ya tenía todo el público a favor. Llegó a la cruz con poco esfuerzo pero teatralizando sus paradas. Por eso tanto entusiasmo en subirse desde aún antes del comienzo. Era el más “natural” para esa tarea. El drama aumentó cuando de abajo le gritaron que no iba a poder quedarse con el premio. Se oyeron abucheos, silbidos y algún insulto. El Aníbal tocaba el paquete, pero no lo descolgaba. El tontorrón que estaba abajo gritaba “¡No!” cada vez que lo hacía, así que era una fiesta para el guacho en las alturas: miraba para abajo con su sonrisa de niño malo, y tocaba una y otra vez el paquete, haciéndolo oscilar.

Comenzaron a recriminarlo ya sin miramientos. Qué cuando bajara lo agarraban de los pelos y ya iba a ver lo que es bueno, qué ya habían llamado a la policía y todo. “Qué vengan, qué vengan” respondió el Aníbal desde arriba y, tocado en su orgullo, se hartó de esa lógica de los mayores y arrancó el premio sin atender más amenazas. En cambio, mirando al círculo de público ofreció: “¿Quién lo quiere? ¿quién lo quiere?” Los pedidos no se hicieron esperar; todo el mundo levantaba la mano. Y el guacho loco este del Aníbal, sujeto de una de las maderas donde habían estado los premios, apuntaba a los que identificaba del público y les hacía señas así, con el mentón primero y luego un “Ahí va Tito” y hacía el amague de arrojar el paquete. Y el Tito preparaba sus manos y todos los de alrededor también, entonces el Aníbal cambiaba de parecer y decía “A vos Lidia ¿lo querés?”. Y la Lidia igual que el Tito y todos gritando “Acá, acá, a mí, a mí” y así, durante un buen rato.

Un muchacho muy flaco que cuidaba otro juego, decidió treparse a bajarlo. El público entró en fase delirio. El Aníbal lo alentó desde arriba: “Dale, dale, que vos podes”. El flaco miró para arriba y perdió fuerza, se dejó caer y volvió a empezar y el Aníbal de nuevo a alentarlo. La gente comenzó a hacer palmas. Ya había un policía en la base del palo que quería estar serio y solo lo conseguía de a ratos. Mientras apalancaba del traste al “perseguidor”, le pegó un grito al rebelde para amedrentarlo. El público lo abucheó sin piedad. Estaban todos con el guacho. De modo que ahí, el Aníbal pareció darse por satisfecho y ensayó su última pirueta. Le dejó caer el paquete en la cabeza al flaco que seguía intentando llegar a él y se agarró con las dos manos de una de las tablas, decidido tal vez, a descolgarse de esa altura, como de seis o siete metros. Tuvo la mala suerte de que antes de poder calcular bien el salto, la tabla se desclavó de la punta del palo, y se vino abajo como un hato de ropa vieja y sucia, que es lo que era también, en gran parte, el Aníbal.

Entre el policía y los organizadores lo ayudaron a levantarse y se lo llevaron más o menos “detenido” a la sala de primeros auxilios – rodeado de unos cuantos admiradores – para que le curaran el tobillo que le hizo un ruido raro al caer.
Aún en el dolor, el Aníbal, no dejó nunca de lucir su sonrisa taimada de niño malo. La misma que acompañó luego su pavoneo del pie enyesado, como un verdadero premio. Esa sonrisa que suele ejercer una atracción irresistible en las multitudes y hace que las abuelas atentas, les recomienden a sus nietos, no juntarse con esa clase de muchachito.

 

*Hugo Fernández Panconi, es músico y escritor. 

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