Lambrusco, Trosseau, Ancellotta, Granacha y Sangiovese son algunos varietales que refrescaron la escena nacional de los tintos, reino histórico del Malbec. Un repaso por siete originales etiquetas que desafían a la emblemática cepa argentina en su propia casa

La diversidad del vino argentino no sólo está dada por estilos o por la gran cantidad de terruños vitivinícolas, sino también por los cepajes. Entre las más de 220 mil hectáreas de viñedos nacionales, el Malbec es el líder con el 18% de la superficie plantada con vides tintas. Esto convierte a la Argentina en el mayor productor de Malbec del mundo y, por suerte, también en el mejor. Porque más allá de la competencia internacional, los Malbec locales han demostrado (en todos los segmentos de precio) ser los más destacados por la prensa internacional y los más apreciados por consumidores globales, traspasando la barrera de lo original para competir de igual a igual con las variedades más prestigiosas. Lo mismo sucede en el mercado interno, donde el cepaje emblemático lidera las ventas.

Pero el Malbec nunca estuvo solo, desde hace muchos años comparte la escena con las mejores variedades tintas de Francia (Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Merlot, Cabernet Franc o Syrah), España e Italia. Pero, lejos de peligrar su reinado local, hay algunas uvas que se animan a provocarlo.

Gratis y nuevo son las dos palabras más utilizadas en comercialización. Dejando de lado la obviedad de la primera, es cierto que la novedad vende. Pero es efectiva en la primer botella, ya que para que se produzca la segunda o tercera compra por parte de un mismo consumidor, la novedad no es suficiente. Simplemente porque originalidad no es sinónimo de calidad. Entonces, se puede ser raro, pero eso no implica garantía alguna. Sin embargo, hay bodegas –pequeñas por lo general- que apuestan a lo novedoso para ganarse un lugar en el mercado. Y es ahí donde el varietal juega un papel fundamental. Porque el estilo ni el origen se pueden explicar tan bien en las etiquetas y contra-etiquetas como la variedad. Es una palabra que, más allá de explicar o no su significado, o conocerla, sugiere algo diferente. Un mensaje directo, mucho más simple y claro que ponerse a analizar el estilo del hacedor o la influencia del terroir en un vino.

Esto que hoy parece novedoso lo descubrieron los americanos cuando en la década del ’60 denominaron a sus vinos por el tipo de uva, ante la imposibilidad de competir por origen con los vinos europeos. Y tuvieron mucho éxito. Muchos años después, en la Argentina el varietal es, después del precio, la segunda excusa de compra. Así es que el consumo está en 70% de tintos, 20% de blancos (y creciendo), y el resto repartido entre espumosos, rosados y vinos dulces.

Pero sin entrar en la polémica del sucesor del Malbec -no es necesario ya que si el mercado es el mundo, bien puede seguir siendo el ícono nacional eterno-, la aparición de varietales alternativos nunca deja de ser interesante. Sobre todo si detrás de cada etiqueta hay un vino y concepto atractivo.

Vinos que desafían al Malbec

Acá no se trata de analizar la superficie plantada, ya que eso no es directamente proporcional al impacto de lo original. Puede ser incluso que se trate de una variedad debutante en le mercado. Lo que importa es el mensaje que hay dentro de la botella, porque más allá de la calidad –que a esta altura está fuera de discusión- el gusto sigue siendo personal. Hay que recordar que, según los agrónomos y enólogos, solo con una buena uva se puede hacer un buen vino. Esto significa que si se la trata con los mayores cuidados (bajos rendimientos, podas adecuadas, riego suficiente), cualquier vid puede dar uvas de calidad con las cuales hacer un buen vino.

La Criolla asoma con mayor potencial, es una uva rosada muy implantada que no sólo le puede competir a los rosé de Malbec, sino también a los tintos. Porque si bien es una variedad autóctona que no es considerada fina, por más maceración que se realice, el vino resultará en el mejor de los casos como un tinto ligero. Pero son interesantes las apuestas que empiezan a aparecer de pequeños productores, buscando rescatar los orígenes de una vitivinicultura noble y masiva, que en sus comienzos tuvo la sana intención –importada por los inmigrantes italianos y españoles- de concebir vinos para la mesa de todos los días. Estos nuevos “vinos criollos” son ligeros pero mordientes, frescos y con dejos rústicos que revelan de donde vienen, pero con un paso por boca muy actual que dan ganas de servir y beber seguido.

En Barreal, Valle de Calingasta (San Juan) hay una pequeña bodega comandada por jóvenes profesionales que están poniendo en valor las variedades autóctonas de la zona; y el Moscatel Tinto es uno de sus vinos más curioso. Un vino rústico y potente, maduro y con calidez, para beber bien fresco. Se nota que la herencia italiana está más plasmada en las bodegas que en los viñedos. Ya que ni el Nebbiolo ni el Sangiovese, los dos cepajes más prestigiosos de Italia, han sido muy difundidos como sus pares franceses. El Nebbiolo es la base de los grandes Barolo y Barbaresco en el fresco Piamonte, pero al parecer no gusta tanto de la calidez mendocina. No obstante, uno de los vinos más pretenciosos de allí es un Nebbiolo. Por su parte, el Sangiovese es el protagonista del afamado Chianti, un tinto más ligero que en la Toscana adquirió vuelo internacional. Pero a pesar de tantas bodegas fundadas por inmigrantes italianos, son muy pocos los exponentes de Sangiovese disponibles en nuestro mercado.

Pero hay otras variedades que empiezan a asomar, como el Lambrusco. Un cepaje oriundo de la Emilia Romagna, que da vinos maduros y firmes, de carácter más herbal que frutal. Y de la misma zona, el Ancellotta, protagonista de un par de vinos varietales y participante en algún que otro famoso blend, pero que por sus características y capacidad de adaptación a los suelos mendocinos, empezará a ser cada vez más visto.

En 2016 algunos pronosticaron el boom de la Garnacha en nuestro país. Una de las uvas más plantadas del mundo cuyo origen es Español (región de Aragón), pero que también es protagonista en otros países como Francia (En Chateau Neuf du Pape en el Ródano, por ejemplo). Es una uva de ciclo largo, y por su madurez tardía se adapta muy bien a zonas secas, como Maipú en Mendoza. De allí han surgido un par de exponentes. Un varietal y un blend combinado con Malbec. Ambos son vinos ligeros y maduros, fáciles de beber por su fluidez, pero también por su frescura.

De Francia el abanico disponible es más grande, pero evidentemente siempre hay lugar para la innovación. En este caso con Mouvedre, un cepaje famoso en el Ródano para elaborar blends. Acá hay uno que emula esa combinación y un varietal del Valle de Uco que está por salir al ruedo y dará que hablar. Es voluptuoso y amable, maduro y herbal, de un carácter frutal muy diferente. Y si la diferencia es lo que manda, el Trosseau se lleva todos los aplausos. Con solo dos ejemplares en el mercado, ambos de la Patagonia, da un vino refrescante y tenso, con un carácter propio, capaz de competir con sus pares originales el Jurá francés.

7 tintos originales para desafiar al Malbec en casa

Cicchitti Colección Sangiovese 2012. Bodega Cicchitti, Tupungato, Mendoza.

A pesar de ser la uva más famosa de Italia, y acá los descendientes de italianos son mayoría, este es uno de los pocos varietales Sangiovese del mercado. De aromas algo maduros, pero intensos y frutales. Buen cuerpo, paladar franco de carácter maduro y con taninos firmes. Un tinto clásico pero con estructura para llevar a la mesa y acompañar muy bien las pastas con salsa bolognesa. Beber entre 2016 y 2017. Puntos: 87

Ver Sacrum Garnacha 2014. Bodega Ver Sacrum, Barrancas, Maipú. (Abril 2016 – $320)

Desde la copa anticipa su madurez y poca profundidad. Sin embargo es su agarre y frescura sostenida lo más destacable. Sus aromas son tenues y su paladar, poco profundo, con el roble asomando sobre el final de boca. La apuesta acá va por el lado de las texturas. Se nota que hay una intención y que, como los demás vinos de la casa, tiene un mensaje que busca diferenciarse entre tantos vinos argentinos. Un buen vino para beber en la mesa y acompañar pastas de todo tipo. Beber entre 2016 y 2018. Puntos: 88

Testarudo Lambrusco Grasparossa 2013. Bodega Pumalek, Ugarteche, Mendoza.

De aromas actuales e integrados, y paladar en sintonía. Algo maduro y de trago poco profundo, con taninos firmes y dejos herbales. De buen volumen, con un paso verde y mordiente. No es el equilibrio su atributo sino el carácter. Un vino más elaborado y con más potencial, en el que se siente una intención diferente. Puntos: 88

Verdaderos Invisibles Criolla 2016. Confuso Wines, Tupungato, Valle de Uco. (Enero 2017 – $240)

Su aspecto es vinoso pero muy atractivo porque no se parece a ningún otro tipo de vino, y tiene un brillo muy particular. De paladar seco y algo rústico, con cierto paso mordiente, y buena fuerza al final de boca. Hay algo oxidado en sus sabores cálidos y frutales. De trago liviano (10,2 de alcohol) y fresco, sin vueltas. Un auténtico vino para tomar muy seguido que bien se podría bautizar como “vino criollo”. Puntos: 89

D.V. Catena Malbec-Grenache 2015. Catena Zapata, Mendoza. (Octubre 2016 – $370)

Primer blend argentino que combina estas dos variedades y además, como es usual en esta línea, se combinan dos zonas. El Malbec proviene de San Carlos y el Grenache de Rivadavia. Sus aromas son intensos y muy afrutados, casi golosos, directos y vivos. De trago ágil y paladar franco. Con volumen, buena frescura y un paso muy fluido; eso lo hace muy tomable. Con taninos incipientes y notas de frutas rojas y algo de especias. Un tinto moderno y prolijo, pensado para la servir en la mesa. Beber entre 2016 y 2018. Puntos: 89

Las Perdices Ala Colorada Ancellotta 2013. Viña Las Perdices, Agrelo, Lujan de Cuyo. (Julio 2016 – $300)

Poco a poco esta variedad empieza a ser considerada por algunas bodegas que apuestan por su originalidad e intensa expresión. Acá, Juan Carlos Muñoz y Fernando Losilla, responsables de los vinos de la casa, mantuvieron el estilo de sus tintos a pesar de la originalidad que propone la cepa. Es un tinto redondo y (por ahora) protegido por el roble. Carácter de fruta madura, equilibrado pero no muy profundo. Paladar amable y taninos domados por la crianza y la estiba. Por su presentación puede ser un buen regalo para sorprender. Beber entre 2016 y 2018. Puntos: 89

Aniello Trousseau 2014. Bodega Aniello, Mainque, Alto Valle Río Negro.

Con sólo 2000 botellas han logrado poner el nombre de este varietales, novedoso por estas tierras, en boca de todos los profesionales del vino. Y no solo por la rareza y lo limitado del Trousseau en nuestro país, sino por el vino en sí mismo. De aromas limpios a pesar de su aspecto nublado. Buena frescura, tenso pero no exagerado, con volumen y taninos incipientes. Posee distintas texturas, y si bien no es muy profundo, se muestra equilibrado y con una sutil complejidad en el final de boca. Tiene potencial y un carácter propio, que hoy se muestra muy atractivo. Beber entre 2016 y 2018. Puntos: 91,5

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